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lunes, 27 de octubre de 2014

XLIX - Freya

Freya se fue. A quién puede importarle? Miles de perros mueren cada día, miles nacen.

No sé por qué escribo esto. A quién podría interesarle la suerte de mi perra? En estos tiempos tan difíciles, quién puede dedicar un momento para lamentar su partida? Solo nosotros, que convivimos con ella durante nueve años...
Freya
Simplemente se quedó dormida, sin una sola queja. Solo lamenté no haber estado con ella cuando sucedió, me hubiera gustado acompañarla, acariciarla, hablarle para que no pensara que la habíamos dejado sola.

Ahora no está con nosotros como siempre, pero no por ello dejaremos de recordarla con el cariño que le tuvimos. La enterramos delante de casa y plantamos un arbolito justo encima de su tumbita, frente a la ventana de mi habitación. 

Adios, Freya! Te vamos a extrañar por siempre. En el cielo de los perros seguro encontrarás a Sayuk y a Merlín… Ellos te van a cuidar…

martes, 29 de abril de 2014

XLV - Debo preocuparme?

Ha sucedido algo horrible. María José, la novia de mi hijo, ha sido convertida. No sé qué clase de gente le ha metido en la cabecita estas ideas extrañas, pero eso no es importante. De todas maneras, cada uno tiene derecho a pensar cómo quiera. Algunos amigos me han dicho que no debo preocuparme, que seguramente sea solo una moda, algo pasajero; pero tal vez solo ocultan su espanto y me lo dicen para tranquilizarme. Tal vez mis temores son infundados, producto de mi desconocimiento, ya que jamás conocí a alguien así.


A pesar de todo, me preocupa la clase de vida que puede esperarle a mi hijo junto a alguien así. En fin… él sabrá lo que hace… Tal vez con el tiempo yo aprenda a convivir con la idea de que ella sea… hasta me cuesta escribir esa palabra… ¡VEGETARIANA!


Ahora, hablando en serio... respeto mucho su postura y me encantaría acompañarla, aunque sé que no conseguiría cambiar mis hábitos. Al menos, ahora siento culpa cada vez que como una hamburguesa.

sábado, 5 de octubre de 2013

XLI - Dasha: Azote de la Naturaleza

Desde el comienzo, nuestro planeta ha conocido toda clase de calamidades naturales. Volcanes, inundaciones, terremotos, tsunamis, tornados, huracanes, tifones, caída de meteoritos de todos los tamaños, incendios forestales, sequías, etcétera.

El mundo fue testigo el pasado 30 de marzo de un nuevo cataclismo. Recibió el nombre "Dasha" y ha dejado una estela de destrucción a su paso. A fines de mayo llegó al área donde se encuentra mi casa y ha sido declarada zona de desastre. Actualmente seguimos soportando sus efectos. Se presentó en la forma de una deliciosa cachorra mestiza y nada hacía suponer lo que vendría luego.

Dos billeteras destruidas y una tercera dañada con sus respectivos contenidos de documentos, tarjetas de crédito y dinero en efectivo; un par de auriculares, un libro y varias revistas reducidos a papel picado, varios paquetes de cigarrillos, un par de lentes de mi señora, dos o tres cajas de medicamentos, algunos DVD's, mis tres arbolitos bonsai favoritos, algunos adornos de la casa, un teléfono celular, calzados y ropas varias y alguna otra cosa que en este momento escapa a mi memoria, son parte de la lista de daños irreversibles provocados por este desastre natural viviente; sin mencionar los padecimientos sufridos por el pobre Ramsés, el gato de la casa (aunque, en honor a la verdad, debo reconocer que él muchas veces la provoca), ni el esfuerzo titánico que debe realizar Lucrecia, mi otra perra, para mantener su famosa calma...  

Dicho esto, debo reconocer que es toda dulzura. Cariñosa al extremo, la mejor compañía que alguien pudiera desear. En un momento en que hace tanta falta, llena la casa de alegría y risas con sus locuras y por ello todos le estamos agradecidos.

El gobierno local (es decir: mi señora) afirma que, con el correr del tiempo, este huracán de cuatro patas irá convirtiéndose en una suave brisa... ojala tenga razón... 

Dasha: "Yo no fui!"
Dasha y Lucrecia, en un raro momento de paz
Dasha y Ramsés resolviendo conflictos pendientes


martes, 21 de mayo de 2013

XXXVII - Googleando


Una búsqueda en Google ingresando su nombre me informó que había cerca de 48.700.000 resultados, hallados en 28 segundos.  Como tal número era inmanejable, agregué a continuación la palabra “maestro”. Eso redujo mucho la cantidad, pero la cantidad de 1.200.000 resultados seguía siendo abrumadora.  Agregué entonces la palabra “Coronado”, tratando de que esto limitara la búsqueda a la localidad de Martín Coronado donde cursé mis estudios primarios, pero 791.000 resultados siguen siendo muchos. Modifiqué entonces “Coronado” para convertirlo en “Martín Coronado” y ahí sí… “Eduardo  Heiss”+ maestro + “Martin Coronado” me devolvió un número perfectamente manejable de resultados: CERO.

Fue mi maestro de séptimo grado en la Escuela Nº21 "Ejército de los Andes" de Martín Coronado en 1972. Ojala todos los maestros de la escuela primaria se parecieran un poco a él. Un poco maestro, un poco papá, un poco consejero sentimental, orientador vocacional, árbitro de futbol, juez en cada disputa de cada uno de nosotros. Recuerdo que al terminar el año, al acabar las clases con él, a todos nos invadió una desazón muy grande… ¿Qué haríamos con nuestras vidas sin su guía? Muchos de nosotros continuamos visitándolo en su casa hasta mucho tiempo después, pero con el tiempo los caminos fueron alejándose hacia distintos horizontes.

Cómo es posible que su búsqueda en Google no arrojara ningún resultado positivo? Más de 48 millones de “Eduardo Heiss” y ni una sola palabra acerca del mejor maestro que un niño pudiera tener?  Quiero remediar esto.  Al menos, la próxima persona que busque su nombre encontrará estas palabras de cariño y agradecimiento.

viernes, 20 de julio de 2012

XXXII - Amistad


Amistad: 
del latín amicĭtas, por amicitĭa, de amicus, amigo, que deriva de amare, amar

Mucho se ha dicho sobre la amistad. Toneladas de papel y mares de tinta se han utilizado para reflexionar sobre este sentimiento. Qué podría agregar yo? No es mi intención descubrir nada en este aspecto.  Sólo quería contarles acerca de un par de amigos que he conocido. Merlín, un enorme y peludo viejo pastor inglés: El perro más fiel que uno pueda desear. Casi 45 kilos de puro amor. Tuve muchos antes que él y muchos después. Pero era único. Dicen que el perro es el mejor amigo del hombre. Todavía lo recuerdo recibiéndome a mi regreso del trabajo trayéndome mis pantuflas y tratando de colocarlas en mis pies sin antes quitarme los zapatos... pero tampoco es de eso de lo que quiero hablar…


Merlin y mi hijo Jonás - 1999

Milky era un gran gato gris. Algo excedido de peso y muy matón. No se asustaba con los perros. De hecho, los enfrentaba de igual a igual. Los perros callejeros del barrio, quienes evidentemente lo conocían bien, se apartaban de su paso respetuosamente cuando lo veían venir. Al enorme ovejero alemán de mi cuñado lo mandó al hospital, luego de darle una paliza fenomenal... Era un gatito mimoso en casa.  Nos demostraba su afecto acicalándonos el pelo. Nos dejaba la cabeza hecha un desastre, pero lo hacía con su mejor intención. Nos hacía compañía por las noches mirando la tele con nosotros, excepto durante esos dos o tres días en los que desaparecía para luego volver a casa en un estado lamentable producto de su vida social.  Era un buen amigo, pero no es de esa amistad de la que quiero contarles.

Milky - 1999

Milky y Merlín se conocieron cuando el cachorro llegó a casa. Por entonces, el gato era bastante más grande que él. El pobre minino soportó estoicamente que esa cosa peluda lo utilizara como juguete. Le encantaba morderle la cola y arrastrarlo y cosas así, lo que provocaba que maullara pidiendo nuestro auxilio, pero –tal vez por reconocerlo casi como a un bebé– jamás sacó sus uñas

Durante toda su etapa de cachorro Merlín tuvo a Milky como compañero de juegos. Era normal verlos corriéndose el uno al otro. Era especialmente gracioso ver a Merlín, ya con un tamaño importante, correr perseguido por un gato. Cuando este lo alcanzaba, se invertía la situación y perseguido se convertía en perseguidor. Para mi asombro, Llegué a la conclusión de que tenían noción del sentido del humor, ya que solían hacerse bromas el uno al otro. Uno de los chistes favoritos de Milky, era hacerse el dormido junto al perro cuando este dormía alguna siesta. Cuando estaba seguro de que estaba profundamente dormido y con una velocidad asombrosa, le daba una serie de varios golpecitos en la cabeza para inmediatamente volver a la misma posición en la que estaba. El perro se despertaba, veía al gato “dormido” y quedaba completamente desconcertado. Una vez incluso, llegó a la conclusión de que era yo el autor de la broma pesada y hasta me dedicó un gruñido algo malhumorado. Cuando comprendía quien era el verdadero responsable, metía la cabeza del gato dentro de su enorme boca un rato, sin morderlo, pero dejando claramente expresada su opinión sobre el asunto. Por otro lado, Merlín solía sentarse sobre el pobre felino únicamente para fastidiarlo. Simulaba no haberlo visto y no se daba por enterado de que estaba aplastando al gato. Comían juntos del mismo plato y cada noche dormían abrazados o directamente uno encima del otro (por suerte para el gato, a él le tocaba arriba)

Con los años, mi viejo gato, arruinado por la edad y por la vida licenciosa que llevó, que hizo que tuviera más cicatrices de las que podíamos contar, enfermó. Preparamos una camita para él tratando de que pasara sus últimas horas lo más confortablemente posible. El amable gigante peludo no se apartó de su lado hasta que murió. No sé si me creerán, pero les juro que lloró desconsoladamente cuando falleció. Durante días recorrió la casa llamándolo y llorando. Nos hizo llorar a todos…

Hoy, en el Día del Amigo quise recordarlos porque tenían perfecta noción del concepto de Amistad. Quiero también utilizar esta humilde historia como excusa para enviarle un gran abrazo a todos aquéllos a los que considero mis amigos y decirles que los quiero aunque no siempre se los diga…

viernes, 23 de diciembre de 2011

XXVII - Encuentro en Montevideo

1. “Pongo el GPS?” (viernes)

Después de los preparativos de rigor, iniciamos nuestro viaje a Montevideo en nuestro auto. Afortunadamente, nuestro buen humor era perfecto. Por ello reímos bastante cuando descubrimos que a poco de salir de casa y debido a que a la pregunta de Jonás le contesté que el GPS era innecesario, equivocamos la ruta y por ello, cuando apenas llevábamos un par de horas de viaje, ya nos habíamos desviado unos cuarenta kilómetros viajando equivocadamente por la ruta 8 rumbo a Chile... Una vez corregido el error, llegamos sin mayores problemas al paso fronterizo de la ruta 136 (Puerto Unzué – Fray Bentos)

Pasamos el control aduanero sin mayores problemas, aunque casi nos incautaron dos sanguchitos de salame y queso sobrantes del almuerzo. Estábamos allí cuando comenzó a llover con intensidad del lado uruguayo, mientras que del lado argentino no caía ni una gota, lo que se convirtió en un espectáculo bastante curioso.

Con la experiencia de unas horas antes y teniendo en cuenta que nunca habíamos hecho el viaje, uno pensaría que pusimos el GPS, pero no… Estábamos firmemente decididos a perdernos en cuanta oportunidad tuviéramos. De lo contrario, habríamos hecho el viaje por la ruta correcta y buena parte por autopista. Habríamos llegado mucho antes, pero no hubiera sido tan divertido.

En lugar de viajar por la ruta 2 hasta empalmar con la autopista que es la ruta 1, lo hicimos por rutas interiores que atravesaron montones de pueblitos rurales minúsculos. Visto en retrospectiva, fue una buena idea; hizo realmente interesante el viaje. Esa ruta estaba llena de curvas, de subidas, de bajadas… realmente un paisaje muy bonito. La lluvia que nos acompañó todo el viaje no molestaba, de hecho resultaba agradable, aunque no era muy buena para tomar fotos. La sensación de viajar por esa ruta tan bonita, con poco o nada de tráfico, escuchando a Andrea Bocelli era relajante.

De todas maneras, terminamos por encontrar la autopista y llegamos a Montevideo. Nos dedicamos entonces a buscar un alojamiento. Luego de buscar y buscar, lo más económico para nuestro flaco presupuesto fue un hostel donde querían cobrarnos 36 dólares por los dos, en una habitación con otras cuatro personas, con baño compartido. Ya estábamos resignados, cuando por pura casualidad encontramos un hotelito con dos estrellas en su puerta. Pregunté y la oferta era tan aceptable que me preocupó. Menos de U$S 50 para los dos, en una amplia habitación privada con aire acondicionado, televisión por cable, un baño privado muy cómodo y estacionamiento para nuestro cansado auto.

Luego de instalarnos, salimos a caminar un poco por la 18 de Julio, visitar un poco la Ciudad Vieja (Era la noche de los museos y estaba lleno de espectáculos al aire libre, un poco malogrados por culpa de la lluvia) y comer algo. Acabamos en un McDonald’s. Era cerca de las once de la noche y entró al lugar un matrimonio con un enorme mate y el termo bajo el brazo. “Ahora sí estoy seguro de que llegamos a Montevideo” le dije a Jonás que no se animó a tomarle una foto. Alrededor de la medianoche nos fuimos a descansar. Sólo cuando estuvimos en el hotel nos dimos cuenta de lo cansados que estábamos.


2. El encuentro (sábado)

Entre Argentina y Uruguay hay una hora de diferencia. Quise corregir la diferencia, pero por error, en lugar de adelantar la hora, la atrasé. Por ello, en lugar de sonar la alarma de mi teléfono celular a las ocho de la mañana, lo hizo a las seis. Aprovechamos el error para tener más tiempo para pasear. Seguía lloviendo, pero no por ello íbamos a dejar de recorrer la rambla. Para colmo, el pronóstico meteorológico que habíamos consultado antes de iniciar el viaje nos había asegurado una temperatura de 32 grados. Lluvia, frío y viento y yo con ropa de verano excepto por un saquito que guardé a último momento… en fin…

Cuando la lluvia se hizo más intensa, a Jonás se le ocurrió ir a visitar a un amigo que le había dicho que vive en Canelones. Fuimos para allá por la autopista 5. Era poco más de 40 kilómetros hacia el norte, ningún problema. Llegamos allá y recorrimos media ciudad antes de encontrar un teléfono que funcionara. Lo llamó entonces para pedirle la dirección exacta… El ataque de risa de Jonás cuando su amigo le explicó que su casa estaba en el departamento de Canelones pero no en la ciudad, fue de antología. Le explicó que estaba en Lagomar, cerca de Atlántida… Nos habíamos desviado poco más de 70 kilómetros. Lo más gracioso es que estaba a poco más de 20 kilómetros de Montevideo, sobre la costa. Habíamos iniciado el viaje a las diez de la mañana y llegamos cerca de las dos de la tarde. Cuatro horas para ir a un lugar que estaba a veinte kilómetros. Una vez allí almorzamos y luego volvimos a Montevideo con este amigo de Jonás para visitar a otros amigos en común. A la hora apropiada (o sea, tarde) corrimos hasta el hotel para cambiarnos e ir al club náutico de Punta Carretas donde se realizaría la esperada reunión familiar.

En algún momento pensé llevar un cuaderno para tomar notas. Debí hacerlo. Había alrededor de unas 70 personas, demasiadas presentaciones para recordar correctamente luego quién es quién. De todas maneras, fue una experiencia que no me decepcionó.

 Me encantó conocer a tantas personas que llevan mi apellido. Me sentía en casa. Luego de una presentación audiovisual que preparó el primo (de alguna forma debo llamarlo) Gustavo y otros miembros de la familia acerca de la historia de la familia y de cómo llegaron al Río de la Plata y alrededores, atacamos sin piedad a unas pizzas deliciosas, unos chivitos aun mejores y una variedad de postres, entre amenas charlas que solían empezar por preguntar a qué rama de la familia pertenecía cada uno. Entre todos los presentes, no pude dejar de asombrarme con el parecido de Néstor con mi papá… era mi viejo con bigotes. Asombroso.

Finalizado el encuentro, tarde ya, volvimos al hotel. Mencioné que seguía lloviendo? Ahora que lo pienso, debería presentar una queja al respecto. Fue el único fallo en la organización del evento.

3. Volviendo a casa (domingo)

Abandonamos el hotel alrededor de las nueve de la mañana y dedicamos algunas horas a hacer algo de turismo.



No fue hasta que empezamos a regresar que apareció el sol. Eso fue cruel. Regresamos por el camino que deberíamos haber empleado para llegar, por lo que el viaje fue mucho más rápido.

Hicimos una parada en la ciudad de Rosario (Uruguay) junto a un pequeño río, para almorzar los últimos restos de nuestras provisiones (unas galletitas y un par de latas de paté) y luego hicimos el resto del recorrido de un tirón, a pesar del calor espantoso, para llegar a casa al final de la tarde.

Y esa es la historia de nuestra excursión al otro lado del charco. Nada extraordinaria, en realidad, pero sé que no la olvidaremos. Ya al día siguiente estaba Jonás hablando acerca de repetirla… Dejamos allá amigos y parientes que queremos volver a ver en esa ciudad que tan bien nos trató. Es absolutamente imposible sentirse extranjero en ese lugar, más bien nos sentimos como si fuéramos del barrio.

jueves, 11 de agosto de 2011

XXIII - Sayuk

Eran 20 kilos de pura alegría. No tenía mucho cerebro, pero lo compensaba con un corazón enorme. Todo cariño, inocente, un poco atolondrado, siempre con ganas de jugar, de correr, de recibir afecto... Nada podrá reemplazar los "enojos" que nos provocaba cuando saltaba a toda carrera sobre nosotros estando en la cama y nos llenaba de lengüetazos que eran sus besos.... 

Sayuk se fue, pero no muy lejos. 
Siempre estará en nuestro corazón y en nuestra memoria, Nos seguirá provocando sonrisas cada vez que recordemos sus travesuras y su mirada llena de luz. Si tuviera que describir su expresión, juro que parecía lucir una eterna sonrisa.

Sayuk se fue, pero no muy lejos. 
Se llevó con él todo el cariño que recibió mientras estuvo con nosotros. Estoy seguro que fue un perro feliz.  Ahora debe estar corriendo en el verde campo destinado a los perros que supieron ganarse un lugar en el Cielo de los Perros, porque no me queda ninguna duda de que se lo merece. 

Sayuk se fue, pero no muy lejos. 
Estará siempre con nosotros, cerca de nuestros corazones.

viernes, 24 de junio de 2011

XXII -73!

Cuenta la leyenda que hace mucho, a fines del siglo XIX, En Estados Unidos hubo un operador de telégrafos del ferrocarril que seguía trabajando el día en que cumplía 73 años. Los demás operadores de la red, quienes lo respetaban muchísimo, querían saludarlo, pero eso en la práctica no era posible, porque eran tantos que hubiera llevado mucho tiempo hacerlo y eso hubiera entorpecido mucho el tráfico telegráfico. Solucionaron el problema transmitiendo solo el número 73. El saludo y el respeto quedaba implícito. Desde aquel día, el “73” se fue imponiendo entre todos los telegrafistas del mundo como saludo respetuoso, no solo en los ferrocarriles, sino en todos los servicios. No sé si la historia será cierta, pero el hecho es que hasta el día de hoy se sigue utilizando, especialmente entre los radioaficionados que parecen ser los últimos en negarse a abandonar completamente este tradicional sistema de comunicarse.


Mi viejo empezó a trabajar en el Ferrocarril Urquiza de joven. Sin instrucción formal, sin haber hecho más que la escuela primaria, empezó como peon, tendiendo los cables del telégrafo. Perfecto autodidacta, les juro que se compró un libro para aprender a nadar, lo leyó, se tiró al agua y salió nadando… Llegó a jubilarse siendo el jefe del departamento comunicaciones del ferrocarril, con un ejército de ingenieros bajo su mando. Como radioaficionado, construía sus propios equipos, sabía más que nadie sobre televisión allá por los años 60, cuando recién estaba en sus inicios…. En fin, él me enseño mucho de lo que llegué a saber, pero fundamentalmente fue el mejor amigo que tuve. Todavía recuerdo nuestras excursiones de pesca, que comenzaban mucho antes de salir de casa, cuando preparábamos el equipo con una gran dedicación. Dueño de un sentido del humor exquisito, que afloraba especialmente en los momentos más críticos, estoy seguro de que les habría agradado.

Siempre me alentó en todo, incluso me acompañaba cuando en realidad no estaba de acuerdo. Por ejemplo, cuando a los 22 años le dije que quería irme a vivir solo, al ver que era una decisión firme la mía, me acompañó a ver departamentos para alquilar y me aconsejaba sobre cuál era a su entender la mejor opción. Su idea de “educación” era muy simple: honradez, trabajo, respeto a los demás… defensor extremo del derecho de los demás a vivir diferente y pensar diferente, sin importar cuánto de diferente fuera de sus ideas.

Hasta el fin estuvo dispuesto a absorber cosas nuevas. Compró su primera PC a los 80 años, y luego de desarmarla completamente para entender como funcionaba, se dedicó a inventar cositas controladas por la PC, de las cuales no funcionó bien ninguna, pero eso no es importante. Enamorado de internet, nunca olvidó su primer amor: la radiotelegrafía. Alguien me dijo cuando falleció en el año 2000, que seguramente estaba armando gran alboroto en el cielo intentando hacer innovaciones en el sistema celestial.

Mi viejo… cómo saludarlo en este Día del Padre, como expresarle todo mi cariño y mi respeto de una manera que él la entienda? Ah… ya sé….

73, papá

martes, 14 de septiembre de 2010

XIV - Diez Segundos

Es increíble lo que puede pasar en diez segundos. En menos que eso, incluso. Eso lo aprendí hace unos cuantos días. La madrugada del 31 de agosto. La una de la mañana, Ruta 9, cerca de San Pedro. En ese momento, un viaje de placer se convirtió en una pesadilla. Jonás conducía. De alguna manera, lo que unos segundos antes era un viaje normal se convirtió en un desastre. El auto dando una... dos... tres vueltas y de repente… la oscuridad total, el silencio espantoso y para mí, el terror absoluto. Fueron sólo unos pocos segundos los que necesité para saber que estaban todos vivos, pero fueron los peores segundos que he vivido.

Buscando en la oscuridad y bajo la lluvia los muñequitos de peluche de María José, que estaban desparramados a lo largo de más de veinte metros contados desde donde quedó el auto, me preguntaba por qué lo estaba haciendo. Lastimado, golpeado, aturdido, habiendo extraviado cosas más urgentes como mis documentos, celulares, dinero, tarjeta de crédito… pero buscaba los perritos de peluche de María José. Jonás se me unió a la búsqueda hasta que los encontramos todos. Cuando encontré el primero, fui corriendo a llevárselo a ella, que estaba en una camilla que habían traído los del equipo de socorro. Cuando se lo puse en la mano, ella lo tomó con fuerza y se puso a llorar. Ahí me di cuenta de por qué los busqué.

Dicen que ante la inminencia de un acontecimiento potencialmente fatal, uno ve pasar la propia vida frente a sus ojos… para mí no fue así. Todavía estaba nuestro auto dando vueltas y vueltas, y en lo único en que pensaba era en los chicos que estaban conmigo en el auto. Cómo podría seguir viviendo si algo le pasaba a alguno de ellos? No tuve miedo por mí en ningún momento, sólo podía pensar en mi hijo y en los demás que estábamos allí. Tengo pesadillas que evocan esos segundos en los que no sabía si mi hijo, su novia o alguno de nuestros amigos que nos acompañaban estaban vivos. Supongo que probablemente, las tendré durante años.


Dicen también que ante un hecho así, uno se replantea las prioridades en la vida. Tampoco es mi caso. Siempre supe que lo único importante en la vida son los afectos. Sólo me convencí de que estaba en lo cierto. Como le dije a Jonás en el hospital, mi idea de felicidad completa en ese momento, era poder abrazarlos a todos. Sigo pensando lo mismo.

martes, 11 de mayo de 2010

X - El nacimiento de Jonás


1. Donde no me dejan dormir (Parte 1ª)
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Aquel 30 de mayo de 1984 pasamos el día y la mayor parte de la noche en casa de mi prima Beba, jugando a las cartas o al TEG, no me acuerdo bien. Como de costumbre, llegamos muy tarde a casa. En esos días estaba yo sin trabajo, y teníamos bastante tiempo libre. La proximidad del nacimiento de mi primer hijo (el único, como se vería más adelante) era un asunto que, contrariamente a lo que se esperaba de un padre decente, no era un tema que realmente me preocupara. Estaba absolutamente convencido de que todo saldría bien, que no había de que preocuparse, así que no me preocupaba en absoluto. El caso es que llegamos a casa como a la una de la mañana del 31 de mayo, el día en que nada pasó como se suponía que debía pasar.
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Hacía mucho –pero mucho– frío... amenazaba llover, así que esa fue una excelente excusa para irnos a la cama y tomarnos una –o dos– copas de licor de café antes de dormir. Por aquellos años, me gustaba beber algo de alcohol... Nos quedamos conversando tranquilamente hasta cerca de las dos. Finalmente, decidimos que era buena hora para iniciar el sueño reparador después de una jornada agotadora.
Según me contó Patricia luego, alrededor de las tres comenzó a sentir que la madrugada no iba a ser tan tranquila como teníamos planeado. Intentó despertarme, fracasando estrepitosamente en la tarea. Una vez que se hubo convencido de lo inútil del esfuerzo, optó por hacer algo más práctico: Preparó su bolsito, se bañó, se vistió, y cuando estuvo todo listo, intentó nuevamente despertarme. Recuerdo vagamente haberle pedido un café... Fue entonces que gritó como si estuviera poseída “¡SEEEERGIOOOOO! ¡NO PUEEEDO MÁAAAAS!” Seguida por una invocación a mi madre que me pareció de muy mal gusto, seguida de varias expresiones más, todas impropias en una madre pronta a dar a luz.
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Tengo que reconocer que funcionó... Salté de la cama y caí de pie junto a la mesita de luz, ya vestido. Completamente despierto, la vi recostada en el marco de la puerta, con expresión de un dolor intenso (o de un odio intenso, no estoy seguro) Todavía pensando en eso, la oigo decir muy despacito, probándome que sufría de un dolor insoportable (o de un odio asesino) “Vamos al Hospital...”

2. Donde se demuestra lo difícil que es conseguir un taxi cuando se está apurado.

Vivíamos en un lindo departamentito en la calle Gurruchaga, a una cuadra y media de la Avenida Santa Fe. Sin embargo, a esa hora era un desierto. Para tener alguna posibilidad de conseguir un taxi, caminamos hasta Serrano y Santa Fe, frente a Plaza Italia... donde esperamos fácilmente una media hora –al menos a mi me pareció media hora- Como estaba lloviendo un poco, y había un viento que te arrancaba la piel, a Patricia la dejé refugiada en la entrada de un edificio, mientras yo, en el cordón de la vereda, hacía señas a cuanto auto veía. El primero en parar fue un taxi grandote, un Falcon, creo. Lo recuerdo porque me alegró que fuera un auto grande, así ella podría recostarse en el asiento y yo me subiría adelante. Había abierto la puerta de atrás, cuando el taxista la ve venir a Patricia con su enorme panza y el gesto de dolor. Entonces hizo lo que cualquier amante de su lustroso auto hubiera hecho: arrancó de golpe, con la puerta abierta y todo. Paró media cuadra más adelante, solo para cerrar la puerta y huir después en la oscuridad. Allí quedamos... varios minutos más.
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Eventualmente, un taxi finalmente paró y aceptó llevarnos al hospital. Al fin y al cabo, eran unas pocas cuadras ¿Qué podría salir mal? Para sacarse el problema lo más rápido posible, o para que la futura madre recibiera atención lo antes posible, convirtió al modesto Renault 12 en un Fórmula Uno, y no se detuvo hasta habernos dejado dentro del hospital. Ingresó por la entrada de las ambulancias y casi nos lleva hasta la habitación. Nos deseó mucha suerte, y no recuerdo si le pagué. Me parece recordar que no quiso cobrarme. Me reconcilié con el gremio de choferes de taxis, y le retiré la maldición eterna que había arrojado sobre ellos por culpa del primer conductor unos minutos antes.

3. Donde recupero transitoriamente mi soltería.

Ya dije que entonces estaba sin trabajo, lo que equivale a decir que no tenía obra social. Como el padre no había denunciado todavía el matrimonio de su hija, seguía disfrutando de la obra social del Ejército, que mi suegro usaba por ser militar retirado. El único problema, era que Patricia solo tenía derecho a los beneficios mientras fuera soltera, y hacía veintisiete días que estábamos casados (El Mayor Jiménez, o sea mi suegro, por aquellos días me miraba bastante feo. Creo que albergaba la sospecha de que la hija se había casado embarazada). La solución, fue no decir nada del casamiento, decir que era soltera y que yo no era nadie... un amigo, si acaso. Lamentablemente, el truco salió tan bien que no se me permitió asistir al parto. Constantemente alguien me preguntaba quien era, me echaban de todas partes. En el Hospital Militar no son muy hospitalarios... Tengo la firme convicción de que mi querido suegro hubiera estado feliz si me hubiera ido a casa.

4. Donde además de solteros, estamos separados.

Cuando ya estaba instalada en su habitación privada del décimo piso, con una hermosa vista de la avenida Luis M. Campos, y ya que yo estaba sin saber que hacer, molestando en donde nada tenía que ver conmigo, Patricia me pide que fuera a llamar a su hermana Marcela y a su papá. Contento por tener algo que hacer, fui hasta la calle buscando un teléfono. Hice las llamadas y aproveché para comprar el “Clarín”.
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Con los años lamentaría no haber guardado ese ejemplar, como recuerdo del día en que nació mi hijo, pero eso no viene al caso ahora. El caso es que recordé mi café, así que fui a la cafetería a desayunar mientras hojeaba algo aburrido los titulares del diario. No veía motivos para ayunar ni para correr, así que disfruté de mi merecido café con leche y tres medialunas. Un rato después recordé a Patricia y volví a la habitación, para comunicarle que sus familiares venían corriendo, aunque no sabía bien para qué...
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Cuando entré en la habitación, la encontré vacía. “Estará en el baño”, pensé, pero la puerta estaba abierta y dentro del baño no había nadie. “Bueno... la habrán venido a buscar para hacerle algún exámen” Entonces ví las pantuflas de ella, prolijamente acomodadas junto a la cama. “Uh. Eso quiere decir que no se fue caminando de acá... tal vez la llevaron a la sala de partos... ¡Qué guacha...! ¿Por qué no me esperaría?“ No habiendo nada mejor que hacer, quise seguir leyendo el diario, por lo que me acomodé en la cama que ahora estaba vacía y me concentré en las noticias. Habré leído unas cien palabras y me quedé profundamente dormido.

5. Donde no me dejan dormir (Parte 2ª)

Serían las nueve de la mañana cuando una serie de insultos me sobresaltaron. Me había quedado dormido con el diario tapándome la cara. Me senté en la cama y una enfermera enorme me miraba como si estuviera a punto de masticarme un ojo, mientras me increpaba preguntándome “¿Qué clase de padre es usted?... ¿Cómo puede dormir con su mujer en la sala de partos? ¿Sabe ella la clase de monstruo que es usted?” Todo esto a los gritos, con su cara a menos de treinta centímetros de la mía y su dedo índice casi tocándome la punta de la nariz... “Por si llegara a interesarle, aunque no creo, su esposa ya tuvo familia” Yo, que me sentía muy avergonzado, agradecí la oportunidad de poder decir algo y le pregunté que había sido “Un varón.” Me dijo y pegó un portazo. Me quedé pensando como era posible que supiera que era mi esposa, y llegué a la conclusión de que no sabía que ella era soltera, por lo que supuso que yo debía ser el esposo, acertando sin querer. Me levanté, estiré las sábanas lo mejor que pude y me ubiqué en un silloncito que había en un rincón a esperar... Pasó un rato largo, por lo que terminé la lectura del diario, y ya estaba a punto de ir a preguntar si había alguna novedad cuando Patricia volvió a la habitación, escoltada por varios médicos, lo que en otras palabras equivale a decir que me echaron una vez más de la habitación. No pude entrar hasta pasado un buen rato, cuando se hubieron ido todos.

6. Donde nadie parece entenderme. 

Cuando entré, encontré a Patricia muy dolorida. Algo había salido mal, me explicó que lo que había comenzado como un parto normal, terminó siendo una cesárea de emergencia, sin anestesia ni nada. Estaba muy enojada conmigo, preguntándome como era posible que yo no estuviera en la salida de la sala de partos con los otros papás nerviosos que caminan en círculos frente a la puerta de la sala, preguntando a todos los que entran o salen por esas puertas qué novedades hay... Traté de explicarle que no estaba allí, porque estaba muy tranquilo, absolutamente convencido de que no había ninguna posibilidad de que hubiera ningún problema, que no era desinterés mío, solo tranquilidad... en eso cae Marcela y me parece que mi suegro también. Tomar conocimiento de lo ocurrido no ayudó a hacernos amigos... Mi cuñadita también me dijo una o dos barbaridades que no vale la pena citar aquí. Mi esposa (aunque el matrimonio estuviera momentáneamente suspendido, seguía siendo mi esposa) mi cuñada, mi suegro y hasta una enfermera me habían insultado en menos de media hora... estaba confundido. ¿Qué hice mal? Me preguntaba sin poder dejar de bostezar.

7. Donde descubro que mi hijo es el más lindo... aunque no sé cuál es

Mi amiga, la enfermera volvió a la habitación para informar que el bebé ya estaba en la nursery, y que podíamos ir a verlo. Me mira y me dice “hasta usted” con una expresión que me recordaba a la de Patricia en la mañana temprano, en casa; y no creo que la enfermera estuviera dolorida. Todos salieron corriendo a ver al recién llegado, yo alcancé a decir “Pero... ¿No lo van a traer acá para que lo amamante?” Me dijeron que sí, en un rato, tal vez una media hora, así que si quería conocerlo debía ir a la nursery. Patricia me miró con esa mirada que no admite argumentos en contra y me dijo “Andá a verlo” por lo que, logicamente, fui a conocer a mi hijo. Cuando llegué, Estaban mi suegro, mi cuñada y China, la señora de mi suegro, los tres apretujados en la puerta mirando las cunitas. “¡Qué tontos son...! Apretujados ahí, tan lejos de las cunitas, en lugar de entrar por acá...” Entusiasmado por mi superioridad intelectual, quise entrar orgullosamente a la nursery, para descubrir una pared invisible... el vidrio más limpio que vi (o mejor dicho, que no ví) en toda mi vida. Por suerte era muy grueso, así que no lo rompí, aunque me di un golpe tremendo en la cara. Encima, desperté a todos los bebés, que empezaron a llorar... Aunque no las escuché, creo que tendría que agregar a las tres enfermeras que estaban allí a la lista de las personas que me insultaron aquella mañana. Una vez superado el inconveniente, vi que mi bebé era el más lindo de todos... fuera cual fuere el mío entre los aproximadamente veinte bebés que allí se encontraban, ubicados en sus cunitas como para un desfile militar.
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Algún ser malvado de perversas entrañas le contó a Patricia lo sucedido, pero lo perdoné cuando trajeron a Jonás (aunque todavía no tenía ese nombre. Estuvo dos o tres días sin uno, estábamos convencidos de que sería una niña. Tanto, que no se nos había ocurrido pensar un nombre de varón. Pero esa es otra historia) Cuando comenzó a mamar olvidé todos los problemas que me habían parecido importantes hasta ese día y comenzó una nueva etapa en mi vida, con grandes satisfacciones y problemas nuevos, pero llena de maravillas todos los días.

8. Donde huimos del hospital

En la mañana del 2 de junio le dieron el alta a quien se llamaría Jonás (sin nombre todavía entonces) Pero a Patricia, que estaba muy lastimada, le dijeron que tendría que esperar por lo menos hasta el lunes 4. Después de la una de la tarde de ese sábado, cuando solo quedaba en el hospital solo gente de guardia, ella se vistió como pudo, yo iba delante de ella unos metros para asegurarme de que no había nadie que pudiera vernos, y nos ingeniamos para llegar hasta la calle y buscar un taxi, esta vez sin mayores dificultades para volver a nuestra casa. Yo estaba feliz por el bebé, pero en ese momento solo quería acostarme y dormir... hacía ya casi tres días que no sabía lo que era dormir realmente... lejos de imaginar que las noches de sueño tranquilo habían pasado a ser historia. Mamaderas, pañales, acunar a mi hijo y muchas otras cosas me aguardaban para que no volviera a ver una almohada de cerca por mucho tiempo.


Pero valió la pena.
31 de mayo de 2004

domingo, 9 de mayo de 2010

IX - Unas cuantas flores

“Yo no voy a vivir lo suficiente para verlo… pero vos tenés que seguir adelante, terminar la escuela primaria, después la secundaria…”  
Nunca voy a olvidar estas palabras de mi mamá. En su momento, me impresionaron mucho… Por supuesto, vivió lo suficiente para verme terminar la escuela primaria.
“Yo no voy a vivir lo suficiente para verlo… pero vos tenés que seguir adelante, terminar la escuela secundaria, luego seguir alguna carrera…”
Esta frase, aparte de cierta sensación de déjà vu, ya no me impresionó tanto. Mamá era una verdadera experta en eso de estar siempre a punto de morirse. Desde que tengo memoria, vivía tomando todo tipo de medicamentos. Tenía todas las enfermedades conocidas y varias más. Me sorprende que ninguna llegara a llevar su nombre. De todas maneras, siguió acompañándome varios años más. Acabé mi secundaria, entré a la Escuela de Náutica, me convertí en un oficial de la Marina Mercante
“Lastima que yo no vaya a vivir lo suficiente para verte casado y conocer a mis nietos…”
Otra vez falló en su pronóstico. Me vio casado y conoció su nieto. Tuvo la oportunidad incluso de verlo crecer durante varios años. Sin embargo, el día tantas veces vaticinado llegó finalmente durante el año 1997 a los 73 años.

Es en ese día que quiero enfocarme

Llegamos con mi hermano y mi papá al sanatorio en el que ella estaba internada en terapia intensiva. Esperamos pacientemente en la sala de espera que llegara el horario de visita. Justo antes de eso, un médico informaba el estado de cada paciente a los familiares. Cuando nos tocó el turno, nos informaron que había fallecido, que había sufrido un paro cardiorrespiratorio del que no pudieron rescatarla a pesar de los esfuerzos realizados. Luego de darnos la noticia con menos emoción que la que pone el encargado de informes del ferrocarril cuando le preguntan por los horarios de los trenes, lo único que dijo fue “quién sigue?” Mi viejo dijo tranquilamente “muchas gracias” se dio vuelta y se dirigió a la oficinita para reclamar el cuerpo. Esa tranquilidad me pareció muy fuera de lugar, tanto que me preocupó más que cualquier otra reacción posible.

Pocas horas después, estábamos velando a mi mamá en una empresa fúnebre que estaba a la vuelta de la esquina del sanatorio. Pasó un largo rato sin que nadie viniera. Comencé a sentirme algo molesto. “No va a venir nadie!?” pero más tarde comenzaron a llegar… Llegaron los dueños de la empresa donde trabajábamos mi hermano y yo, pero no socializaron. Se limitaron a quedarse en un rincón y los escuché hablando entre ellos de cosas de la empresa. Me sentí un poco incómodo, pero se fueron al poco rato. Llegaron algunos familiares, algunos amigos, e incluso alguna gente que ni conocía. Mi tía Mercedes llegó acompañada por su hijo (mi primo Gustavo) y otro primo, Aníbal, hijo de otra hermana de mi mamá. Ellos dos luego de dejarla, fueron hasta una florería cercana y encargaron una corona de flores que trajeron poco rato después con una banda que tenía escrito con letras doradas “Tu hermana y tus sobrinos” Cuando mi tía Mercedes vio la corona, se acercó y leyó la inscripción en voz alta, para agregar luego de pensarlo un momento “Debe ser alguien de la familia…” Yo alcancé a decir “Pero… tía…” pero no dije nada más. No valía la pena. Mi prima Beba, que estaba llorando junto al ataúd, tuvo que suspender su pena por un rato para poder reírse. Se dirigió entonces a mi mamá para contarle lo que había pasado. Comencé a dudar del estado mental de mis familiares.

Como a la una de la mañana, entraron asaltantes a la sala que estaba junto a la nuestra, donde había otro velatorio. Había mucha más gente allí. Le robaron todo a todos, y se fueron tan silenciosamente como habían llegado. Nosotros nos enteramos cuando vino la policía. No puedo entender cómo no escuchamos nada, ni la razón por la que no nos robaron a nosotros. Eso le puso algo de interés a la cosa. Trajo tema de conversación e hizo más amena la reunión, que para esa hora se limitaba a estar todos sentados mirándonos sin decir nada excepto un “alguien quiere un café?” que se escuchaba cada tanto.

Como a las ocho de la mañana llegó un señor que entró casi corriendo, se dirigió directamente al ataúd de mi mamá y se quedó parado allí en silencio. Todos los que allí estábamos con miramos entre nosotros haciendo gestos que significaban “lo conocés?” y todos negaban con la cabeza. Después de unos cuantos minutos, alguien (no recuerdo quien) finalmente fue hasta donde él estaba. Dijo entonces, sin dejar nunca de mirar a mi mamá, en voz muy baja “No es Roberto…” Obviamente, se había equivocado de sala, pero vaya uno a saber por qué, se había quedado parado allí durante cerca de diez minutos. Lo acompañamos hasta la puerta y se fue sin decir ni una palabra más.

Mas tarde llevamos la llevamos al cementerio donde fue sepultada sin mucha ceremonia. No creo que hallamos estado más de 15 minutos. Pobre viejita… tuvo un final gris, triste, intrascendente… tal como vivió. Tuvo una vida triste, enfermiza, sin cumplir jamás ninguno de sus sueños… Un día tenía a mi mamá y al siguiente sólo eran unas cuantas flores sobre la tierra… En fin… al menos pude darle un nieto y traté de devolverle todo el cariño que ella me dio siempre.

Será suficiente?

lunes, 22 de febrero de 2010

IV - A mis amigos

Oraldo: Mi gran compañero en la niñez. Qué habrá sido de él?

Juan Antonio: Más que un amigo, treinta y siete años de amistad incondicional. Aunque nos vemos poco, los dos sabemos que el otro está ahí nomás, para lo que haga falta. Juntos en la buenas y en las malas, como suele decirse.

Italo: Tano querido! Cuánto tiempo ha pasado! Cuantas ganas de verlo y qué lejos está!

Mary: Siempre la admiré por su valentía (o inconciencia) en una época en la que no era recomendable ser tan idealista… siempre enojada con todas las injusticias. Todo un honor tenerla como amiga.

Gabriel: A pesar de la diferencia de edad y de entorno, tal vez el que mejor me conoce. Él fue uno de los que me animó a escribir este blog, por lo que se lo dedico especialmente. Tal vez los kilómetros alguna vez desaparezcan y pueda darle un abrazo. Veremos si ese día se atreve a llamarme “anciano”...

y a todos aquellos que me soportan día a día, con su paciencia, con sus consejos, su alegría, sus oraciones y fundamentalmente con su cariño, que aunque no los nombre saben que hablo de ellos…

A todos, gracias por haberse cruzado en mi camino. La vida no sería lo mismo sin ellos.

miércoles, 17 de febrero de 2010

I - Frente al espejo

El conocimiento de la verdad me llegó de pronto, mientras me afeitaba. Estaba mirándome desde el otro lado del espejo, justo frente a mis ojos. Cincuenta años, ¡todos juntos! Estaba afeitándome con los anteojos puestos ya que de no hacerlo no veo nada. Yo, que siempre presumí de mi vista perfecta... allí estaba mi imagen, con mi escaso cabello, unas cuantas canas desparramadas, varios kilos de más, varios dientes de menos y algunas arrugas en mi rostro.
Qué pasó? Cómo llegué hasta aquí? Por alguna razón Se me presentó la imagen de mi viejo afeitándose, lo vi claramente pasando su brocha con la crema de afeitar Gillette. Yo me preguntaba como era posible que, siendo la crema de un color verde claro, hiciera una espuma tan blanca... Lo veía armando su maquinita con esas hojas de afeitar con filo en ambos lados y luego afeitarse con una velocidad asombrosa. Yo me maravillaba con la destreza con la que deslizaba esos filos por su rostro sin herirse. Mi viejo era lo más grande que pudiera existir. Superman no le llegaba a los talones... Un rato más tarde lo veia irse a su trabajo impecablemente vestido, siempre con camisa blanca y traje oscuro. Me quedaba entonces esperando su retorno a la noche. Yo lo esperaba con ansiedad, ya que sabía que lo primero que haría al llegar sería alzarme y me cantaría una canción. Pobre viejo... qué mal cantaba! y siempre la misma canción! No podía aprender otra? Por suerte, solo duraba un par de minutos. Luego jugábamos... Ha pasado mucho tiempo desde aquellos días, ahora soy yo quien se está afeitando antes de ir a trabajar, sin embargo, aquélla melodía en mi cabeza continúa acompañándome.