domingo, 9 de mayo de 2010

IX - Unas cuantas flores

“Yo no voy a vivir lo suficiente para verlo… pero vos tenés que seguir adelante, terminar la escuela primaria, después la secundaria…”  
Nunca voy a olvidar estas palabras de mi mamá. En su momento, me impresionaron mucho… Por supuesto, vivió lo suficiente para verme terminar la escuela primaria.
“Yo no voy a vivir lo suficiente para verlo… pero vos tenés que seguir adelante, terminar la escuela secundaria, luego seguir alguna carrera…”
Esta frase, aparte de cierta sensación de déjà vu, ya no me impresionó tanto. Mamá era una verdadera experta en eso de estar siempre a punto de morirse. Desde que tengo memoria, vivía tomando todo tipo de medicamentos. Tenía todas las enfermedades conocidas y varias más. Me sorprende que ninguna llegara a llevar su nombre. De todas maneras, siguió acompañándome varios años más. Acabé mi secundaria, entré a la Escuela de Náutica, me convertí en un oficial de la Marina Mercante
“Lastima que yo no vaya a vivir lo suficiente para verte casado y conocer a mis nietos…”
Otra vez falló en su pronóstico. Me vio casado y conoció su nieto. Tuvo la oportunidad incluso de verlo crecer durante varios años. Sin embargo, el día tantas veces vaticinado llegó finalmente durante el año 1997 a los 73 años.

Es en ese día que quiero enfocarme

Llegamos con mi hermano y mi papá al sanatorio en el que ella estaba internada en terapia intensiva. Esperamos pacientemente en la sala de espera que llegara el horario de visita. Justo antes de eso, un médico informaba el estado de cada paciente a los familiares. Cuando nos tocó el turno, nos informaron que había fallecido, que había sufrido un paro cardiorrespiratorio del que no pudieron rescatarla a pesar de los esfuerzos realizados. Luego de darnos la noticia con menos emoción que la que pone el encargado de informes del ferrocarril cuando le preguntan por los horarios de los trenes, lo único que dijo fue “quién sigue?” Mi viejo dijo tranquilamente “muchas gracias” se dio vuelta y se dirigió a la oficinita para reclamar el cuerpo. Esa tranquilidad me pareció muy fuera de lugar, tanto que me preocupó más que cualquier otra reacción posible.

Pocas horas después, estábamos velando a mi mamá en una empresa fúnebre que estaba a la vuelta de la esquina del sanatorio. Pasó un largo rato sin que nadie viniera. Comencé a sentirme algo molesto. “No va a venir nadie!?” pero más tarde comenzaron a llegar… Llegaron los dueños de la empresa donde trabajábamos mi hermano y yo, pero no socializaron. Se limitaron a quedarse en un rincón y los escuché hablando entre ellos de cosas de la empresa. Me sentí un poco incómodo, pero se fueron al poco rato. Llegaron algunos familiares, algunos amigos, e incluso alguna gente que ni conocía. Mi tía Mercedes llegó acompañada por su hijo (mi primo Gustavo) y otro primo, Aníbal, hijo de otra hermana de mi mamá. Ellos dos luego de dejarla, fueron hasta una florería cercana y encargaron una corona de flores que trajeron poco rato después con una banda que tenía escrito con letras doradas “Tu hermana y tus sobrinos” Cuando mi tía Mercedes vio la corona, se acercó y leyó la inscripción en voz alta, para agregar luego de pensarlo un momento “Debe ser alguien de la familia…” Yo alcancé a decir “Pero… tía…” pero no dije nada más. No valía la pena. Mi prima Beba, que estaba llorando junto al ataúd, tuvo que suspender su pena por un rato para poder reírse. Se dirigió entonces a mi mamá para contarle lo que había pasado. Comencé a dudar del estado mental de mis familiares.

Como a la una de la mañana, entraron asaltantes a la sala que estaba junto a la nuestra, donde había otro velatorio. Había mucha más gente allí. Le robaron todo a todos, y se fueron tan silenciosamente como habían llegado. Nosotros nos enteramos cuando vino la policía. No puedo entender cómo no escuchamos nada, ni la razón por la que no nos robaron a nosotros. Eso le puso algo de interés a la cosa. Trajo tema de conversación e hizo más amena la reunión, que para esa hora se limitaba a estar todos sentados mirándonos sin decir nada excepto un “alguien quiere un café?” que se escuchaba cada tanto.

Como a las ocho de la mañana llegó un señor que entró casi corriendo, se dirigió directamente al ataúd de mi mamá y se quedó parado allí en silencio. Todos los que allí estábamos con miramos entre nosotros haciendo gestos que significaban “lo conocés?” y todos negaban con la cabeza. Después de unos cuantos minutos, alguien (no recuerdo quien) finalmente fue hasta donde él estaba. Dijo entonces, sin dejar nunca de mirar a mi mamá, en voz muy baja “No es Roberto…” Obviamente, se había equivocado de sala, pero vaya uno a saber por qué, se había quedado parado allí durante cerca de diez minutos. Lo acompañamos hasta la puerta y se fue sin decir ni una palabra más.

Mas tarde llevamos la llevamos al cementerio donde fue sepultada sin mucha ceremonia. No creo que hallamos estado más de 15 minutos. Pobre viejita… tuvo un final gris, triste, intrascendente… tal como vivió. Tuvo una vida triste, enfermiza, sin cumplir jamás ninguno de sus sueños… Un día tenía a mi mamá y al siguiente sólo eran unas cuantas flores sobre la tierra… En fin… al menos pude darle un nieto y traté de devolverle todo el cariño que ella me dio siempre.

Será suficiente?

1 comentario:

  1. Ya publicaré algo que te hará recordar momentos alegres de tu madre. Gracias por el relato, me hizo pensar en el 11 de julio de 2002 y 8 de marzo de este año.

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