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jueves, 21 de agosto de 2014

XLVIII - Te conozco?

Nadie conoce a nadie realmente… 

No  conozco a mi hijo en realidad. Mi mujer no me conoce luego de más de treinta años de casado… No me creen? Hagan un pequeño experimento:

Pregúntense ustedes mismos algunas cosas como
  • Qué es lo que más me gusta?
  • Qué cosa es la que más odio?
  • Cuál es mi sueño más íntimo?
  • A qué le temo más que a nada?
  • Qué cosas me importan en la vida?
  • Qué cosas me parecen insignificantes?
Háganse ustedes mismos estas preguntas y tal vez dos o tres más que se les ocurran. Si consiguen responderlas con honestidad, imaginen qué responderían otras personas. Estoy seguro de que difícilmente dieran las mismas respuestas. 

Tal vez solo es una impresión mía, pero estoy casi seguro de que nadie podría contestar mis preguntas acertadamente… porque nadie me conoce lo suficiente como para imaginar las verdaderas respuestas.


viernes, 21 de marzo de 2014

XLIV - Lamentaciones del último dinosaurio

Alguien conoció alguna vez a un deshollinador? No, verdad?  Las escasas imágenes de los trabajadores de esa profesión apenas nos ha llegado a través de algún relato o de alguna película… Como creen que se sintió el último de ellos? Bueno… yo sí lo sé. Yo también soy obsoleto. Alguna vez fui radiotelegrafista naval, antes de nuestra extinción masiva. Corrimos la misma suerte que los dinosaurios, solo que el evento catastrófico que nos hizo desparecer no fue un asteroide estrellándose contra la tierra. No… fue el avance imparable de la tecnología.  Las comunicaciones satelitales nos han desplazado. Quién necesita un radiotelegrafista a bordo o quién va a querer hacer una llamada telefónica por radio, cuando con un teléfono satelital se puede hacer todo lo que hacíamos y mucho más? Quién va a querer enviar un telegrama pudiendo enviar un e-mail? Quién va a necesitarnos para estar conectados al mundo cuando a través de internet  está todo al alcance de un click?



Triste destino el nuestro… ser testigos de nuestra desaparición, ser atropellados por el tren del progreso que no se detuvo para esperarnos……

domingo, 16 de septiembre de 2012

XXXIII - Mi viejo Winco


La música es para el alma lo que la gimnasia para el cuerpo. (Platón) 

Mi primer y definitivo contacto con la música lo tuve a través de mi viejo tocadiscos Winco allá en mi infancia en los años ’60. Creo que todavía no aprendía a leer, pero reconocía los discos ya sea por las tapas o el color de sus etiquetas. Era un enorme y pesadísimo aparato, aunque se suponía que fuera portátil.

Era una colección realmente muy variada. Creo que la mayoría eran anteriores a mi nacimiento. No sé cuál era el origen de los discos. No imagino a mi papá comparándolos, no era especialmente amante de la música y mi mamá no habría comprado una selección tan variada. Recuerdo especialmente una colección de discos de música clásica, “Gran Festival Ligero de los Clásicos”. Allí conocí a Beethoven, Tchaikovsky, Chopin bach, Verdi y tantos otros; pero esto no era todo. No faltaba el tango, el folklore, boleros, brasileña, rock, jazz (en discos de pasta de 78 RPM extremadamente delicados) y la música más popular de la época, especialmente en discos simples de 45 RPM, generalmente con cuatro temas como máximo. Pasaba muchas más horas con la música que con la televisión, cosa que no era habitual en chicos de mi edad.


Unos años después traté de estudiar piano, pero no tenía mucho talento, la verdad sea dicha. De todas formas, es de aquella época que proviene mi amor por la buena música. La disfruto hoy con el mismo placer que entonces. No importa de qué género se trate. Puede ser Carlitos Gardel, Astor Piazzolla, Los Beatles, Luciano Pavarotti, Louis Armstrong, J. M. Serrat, Pink Floyd, Leon Gieco, Frank Sinatra, Paco de Lucia, Kiss, Santana, Edith Piaf, Andrea Bocelli, Arthur Rubinstein o cualquier otro…

Todo gracias a mi viejo Winco “portátil”.  Después vendrían los grabadores con cinta abierta, los magazines, los cassettes, los CD's, los mp3 y la lista sigue, pero eso es otra historia.


martes, 22 de mayo de 2012

XXXI - Perdido!

No sé cuántas personas pueden presumir de haberse perdido en tantos lugares como yo lo hice. No hablo de extraviarme en un sentido accidental, algo que carece por completo de encanto y elegancia, sino hacerlo casi deliberadamente, de una manera calculada y sistemática.

Tantos años en la marina mercante me llevó a mil lugares alrededor del mundo, muchos de ellos increíbles, a los que recorrí visitando los sitios de interés más obvio –por ejemplo, uno no va a París y se vuelve sin haber visto la torre Eiffel– pero también, siempre que el tiempo me lo permitiera, recorrí los lugares completamente al azar, lo que hizo que más de una vez terminara perdido a pesar del mapa de la ciudad que siempre llevaba conmigo..

Eso casi nunca fue problema, estaba dentro de los cálculos. Después de todo, todo lo que necesitaba era llevar anotado en un papelito el lugar en el que estaba mi barco para eventualmente mostrárselo a un conductor de taxi.

A pesar de lo antedicho, hubo ciertas ocasiones en que la aventura se complicó un poco, como aquella vez que por seguirle el juego a mi compañero que quería ir a nosedónde para visitar una planta de Sony, abordamos un tren equivocado en Osaka (Japón) para acabar perdidos en otra ciudad. Cuando, con algo de espanto, comprendimos la situación, tratamos de obtener ayuda de los nativos. Ninguno parecía entender nada de lo que decíamos en nuestro espantoso inglés. Uno de ellos alcanzó a comprender que veníamos de Argentina y empezó a decir “Maradona, Maradona” lo que no resultó de gran ayuda. De alguna manera encontramos luego de algunas horas la estación de ferrocarril y nos subimos al primer tren que iba en dirección contraria. Conseguimos volver a Osaka, el resto fue más o menos fácil. Nunca llegamos a saber siquiera en cuál ciudad habíamos estado extraviados. En otras ocasiones, al menos podía leer los nombres de las calles y cosas así, pero en los países donde no se utiliza el alfabeto latino, era todo un problema. Como en Japón, otros lugares con inconvenientes similares fueron China, Korea y Rusia por ejemplo.

Ajá.... Creo que es para allá...
Una noche, tarde, comprendí que mi sentido de la orientación me había abandonado en Miami. Preocupado por mi seguridad en unas calles insólitamente desiertas, donde los taxis parecían no existir, encontré un auto de la policía estacionado. Me acerqué a él y traté de explicarle a uno de los policías mi problema. Estuve un largo rato revolcándome en mi espantoso inglés mientras me miraban en silencio. Luego de varios minutos, cuando ya estaba completamente resignado a continuar vagando esperando encontrar un taxi, dejé de hablar y algo en mi mirada provocó un brote de piedad en uno de los hombres de azul, porque comenzó a hablar en un perfecto español dándome todas las indicaciones que yo necesitaba. Quería matarlo…

La ocasión que más recuerdo la viví en Amberes, Bélgica. Allí me perdí completamente, incluso había extraviado el dinero que llevaba y el famoso papelito con las anotaciones del lugar donde estaba el barco para poder regresar. Parece que nadie habla inglés en ese bendito país, o tal vez era yo el que no lo hablaba… no sé… Luego de caminar en soledad durante horas, cuando ya la noche me caía encima junto con la lluvia y un frío increíble, cuando mi cansancio era absoluto, pasé por el frente de un café de cuarta categoría… miré hacia adentro y vi a unos hombres sentados alrededor de una pequeña mesa. Uno de ellos, el que estaba de espaldas hacia mí, levantó con aire triunfal un tres de espadas y lo puso sobre la mesa provocando cierta expresión de horror en sus contrincantes. La vista de ese naipe fue la visión más gloriosa que pudiera haber deseado. Entré al café y me dirigí a la mesa hablando español. En ella, dos españoles, un uruguayo y un argentino residentes allí fueron mi salvación.


Por supuesto, que seguí perdiéndome en cada puerto durante todos los años que estuve en los barcos. Conocí lugares que de otra forma jamás habría visitado. Si volviera a viajar, con toda seguridad que saldría con un papelito en el bolsillo de mi camisa para mostrárselo a algún conductor de taxi y saldría a vagar al azar, decidido a perderme, como antes…

martes, 27 de marzo de 2012

XXX - A cuarenta años de mi retiro del fútbol

  • El año: 1972 
  • El lugar: El predio conocido con el ingenioso nombre de “El Campito”, cerca de mi escuela primaria 
  • La ocasión: El gran desafío de 7º grado “A” frente al 7º grado “B” de esa misma escuela. 
  • El momento: El encuentro llegando a su fin. El empate en cero parecía definitivo.

En ningún momento ninguno de los equipos había prevalecido sobre el otro. Ambas defensas habían sido muy cerradas. Fue entonces que aquel chico que corría como una liebre pegado al costado llevaba la pelota. Adiviné su intención de patear al área, así que una fracción de segundo antes de que hiciera su disparo, yo salté en el salto más espectacular que haya hecho en mi vida. Eso me permitió darle un soberbio cabezazo a la pelota… Fue así que cambió su dirección, tomando un efecto bastante extraño, para acabar clavándose en el ángulo ubicado más lejos de nuestro arco, haciendo inútil el esfuerzo de nuestro arquero. Fue lo que se dice “un verdadero golazo” desde más de 15 metros de distancia.

El 1 a 0 fue definitivo. ELLOS ganaron por MI gol. De todas maneras, no era necesario que lo reconocieran tan explícitamente. Todos me felicitaron, me aplaudieron y me sacaron en andas de la cancha, ante las miradas cargadas de odio de mis compañeros. Nunca sentí como ese día el deseo de que la tierra me tragara…

Nunca, después de esa fatídica tarde, volví a jugar. Ese día decidí mi retiro definitivo de los estadios. Estaba absolutamente decidido, sin importar lo que pudieran decirme, nadie podría convencerme de lo contrario. Curiosamente, nadie trató de hacerlo... Me fui en silencio. Ni siquiera un partido homenaje me hicieron... Por otra parte, las glorias de Pelé, Maradona, Messi y otros grandes nunca estuvieron realmente en peligro.  Objetivamente hablando, yo estaba muy lejos de ser lo que llamaríamos un jugador habilidoso, así que el mundo no se perdió nada.


sábado, 26 de noviembre de 2011

XXVI - Cuando yo tenía tu edad...


Puedes creer, Jonás, hijo mío, que cuando yo tenía tu edad no existían los videojuegos? En aquellos tiempos nos divertíamos remontando barriletes que nosotros mismos hacíamos, o jugábamos al futbol, o corríamos carreras de bicicletas, o cosas así… Nosotros, igual que tú ahora, mirábamos televisión, pero no tenía color y desde luego no existían tantos canales como ahora… Por supuesto, nada se comparaba a un buen libro de aventuras!

Recuerdo haberle dicho cosas más o menos como estas muchas veces, cuando Jonás rondaba los diez años. 

Él me esperaba cada día al regreso de mi trabajo porque cumplíamos con un pequeño rito: Jugar Mortal Kombat conmigo en la PC o tal vez Street Fighter. Yo disfrutaba dejándole ganar por escaso margen las peleas, (no siempre, no fuera a resultar que lo notara). El caso es que escuchaba lo que yo le decía y me miraba con esa mirada que decía “Me estará hablando seriamente?” A esta altura del relato, debo aclarar que yo ya jugaba con computadoras antes de que él naciera. 

Compré mi primera Texas Instruments Ti99 en 1983 y tuve un par de MSX antes de comprar mi primera PC, una 386 en el año 1994, aproximadamente. 

El caso es que lentamente fui dejando de permitirle ganar, pero cada vez perdía más fácilmente. Los años fueron pasando, fuimos incorporando más juegos y continuamos compartiendo horas juntos llenos de risas y diversión en una relación inmejorable. Llegaba de mi trabajo y ¡a jugar! A veces yo ganaba, pero siempre sospeché que se debía a que él me lo permitía de vez en cuando, no fuera a resultar que yo lo notara. A veces, trataba de distraerlo con mis relatos prehistóricos y en ocasiones hasta lo conseguía.

Tantas cosas y personajes se perdió de conocer! La leche que cada mañana encontrábamos en la puerta de casa… el vendedor ambulante con su carro tirado por un apacible caballito que venía imposiblemente cargado con toda clase de cosas, el policía que se conocía los nombres de todos los chicos, los paseos en trolebús, los carritos de rulemanes, los juegos de escondidas que abarcaban medio barrio, las expediciones -inexorablemente condenadas al fracaso- al bosquecito para cazar pajaritos, los grandes juegos de canicas (o “bolitas” como las llamábamos por estas tierras), las intrincadas negociaciones de intercambio de figuritas para poder llenar el álbum, las tardes de domingo reunidos alrededor de una radio escuchando el partido más importante…

Si usted sabe de lo que estoy hablando, entonces es un viejo como yo. Al menos, eso es lo que hubiera dicho mi hijo por aquellos días… me ofendía un poco esa clase de comentarios pero la Justicia, aunque a veces se demore bastante, llega… Alguna vez mi hijo le comentará a su hijo de diez años que, cuando él tenía esa edad, no existía la Internet, por consiguiente no existían los juegos on line, el correo electrónico, el MSN ni nada parecido, tampoco (por absolutamente increíble que pueda sonar) existían los celulares, las cámaras digitales, los reproductores de mp3 (o mp4, 5, 6 o lo que sea que se use entonces) los televisores de LCD de 50”, las laptops… la lista es interminable. Espero poder ver ese día, para poder reír como no lo hice en mi vida. Mi venganza estará consumada.

O no… tal vez, sólo para fastidiarme, mi hijo le cuente a mi nieto cómo era su abuelo a los diez años a medidados del siglo pasado… 


domingo, 30 de octubre de 2011

XXV - Una vieja foto


Revolviendo papeles viejos encontré esta foto de 1969. Cuántos recuerdos vinieron a mi mente con ella!  Yo soy el tercero desde la izquierda en la fila de abajo. Recuerdo los nombres de casi todos los que están en ella, mis compañeros de cuarto grado!  


No quiero iniciar una polémica al respecto, pero qué diferente era todo entonces… íbamos a la escuela con camisa y corbata. No era nada especial, era una escuelita pública en las afueras de la ciudad de Buenos Aires. En aquéllos tiempos, habían otros conceptos acerca de la autoridad. Respetábamos a los mayores, nos respetábamos entre nosotros mismos… Recuerdo que nos horrorizaba que pudieran enviarnos a ver a la directora, aunque sólo fuéramos a llevar algún recado de nuestra maestra! No sé si era mejor o peor… pero si he de guiarme por las cosas que veo hoy, prefiero aquéllos años.

No pierdo de vista que mis viejos decían más o menos lo mismo. Para ellos, ya no teníamos respeto por nada, los valores se habían perdido… Sin embargo, fueron estas geneneraciones anteriores las que convirtieron a este mundo en un infierno... tan educaditos que eran... 

No sé… Tal vez mi hijo, dentro de veinte o treinta años llegue a pensar lo mismo.

domingo, 16 de enero de 2011

XVIII - Pescando con papá

Algunos de los más lindos recuerdos de mi infancia giran alrededor de las excursiones de pesca con mis viejos, especialmente alrededor de 1968-1972. Fuimos a varios sitios como Zárate, San Pedro y otros, pero el gran favorito era Baradero. La actividad empezaba varios días antes, cuando empezábamos a preparar los equipos. Luego, llegaba el día y cargábamos todo en el viejo Hudson 1947 de mi papá (por entonces no era tan viejo…) o un poco después en el Falcon celeste que tuvo durante tantos años y salíamos a la ruta. 
Me encantaba ir a Baradero.  No solo porque siempre pescábamos algo: dorados, surubíes, patíes, bogas, sábalos, grandes bagres y mil cosas más, también amaba aquellas excursiones porque durante esos días estábamos todos juntos. En esos momentos, mis padres dejaban de serlo para convertirse en compañeros de juegos, por decirlo de alguna manera.
Tengo grabadas en la memoria aquéllas cosas que tanto placer me obsequiaban:  el asado preparado con las últimas luces del día en la orilla del río, que incluía algo de pescado cuando lográbamos pescar algo que mereciera ser comido... las oscuras noches sin dormir, alumbrado por un farolito de kerosene al que tanto cariño le tomé, que me acompañaba junto a una pequeña radio portátil para escuchar algo de música, generalmente algo de chamamé que sonaba tan apropiado en ese lugar... despacito para no asustar a aquel gran pez que alguna vez mordería mi anzuelo, mientras fracasaba una y otra vez en contar las estrellas hasta que el formidable espectáculo del amanecer en el río saludado por el canto de los pájaros me dejaba absolutamente extasiado, sin importar cuántas veces lo hubiera contemplado... 
La sensación de aventura cuando alguna tormenta atacaba nuestro pequeño campamento pero no conseguía acobardarnos... Aquél gran pez que arrancó la caña que teníamos clavada en la tierra, sin darnos la satisfacción de por lo menos dejarnos saber qué era.... La ceremonia del mate con bizcochitos que era nuestro desayuno habitual… Ver a mi papá sentado en su sillita plegable con el mate en una mano y el termo en la otra, vigilando las líneas a la espera del pique era una de las cosas que más disfrutaba.

Los años pasaron y esas excursiones quedaron atrás. No creo que hoy pudiera disfrutarlas como entonces. Las estrellas, el río, los amaneceres, los pájaros y los peces todavía deben estar, pero no podría encontrar a mi viejos en sus sillitas con el mate y los bizcochitos… 

 o tal vez sí? 


Mamá en su sillita, esperando el pique

Papá, junto a su nuevo Falcon

Papá, su mate y su sillita...



viernes, 10 de diciembre de 2010

XVII - Algunas observaciones sobre las fiestas de navidad y fin de año

Pocas cosas me resultan tan fastidiosas como las fiestas de fin de año. Son una fuente inagotable de problemas. Veamos:

Un par de familiares que por una razón u otra están peleados y no quieren verse a menos que sea en el funeral del otro, pero si haces una reunión en tu casa debes invitarlos a ambos, de lo contrario parecerá que estás tomando partido por uno de ellos. Claro, siempre queda la opción de invitar a uno de ellos en navidad y al otro en año nuevo, pero eso solo funciona si ambas reuniones las organiza uno mismo. La otra posibilidad, no invitarlos a ninguno, traerá aparejado el resentimiento de ambos. Al final, la culpa termina siendo de uno…

Si las reuniones no se hacen en casa, probablemente recibiremos más de una invitación. Esto suele ser catastrófico. “El año pasado lo pasamos en lo de tu papá, así que este año tenemos que ir a lo de mi mamá” o algo por el estilo. Este tipo de situaciones suelen ser objeto de arduas negociaciones que suelen durar semanas, pudiendo incluso ser necesario todo el mes de diciembre. La solución suele girar alrededor de vagas promesas de compensaciones para la siguiente ocasión.

Recibir a los parientes, amigos y demás en casa, implica un enorme esfuerzo, no sólo económicamente hablando, sino un gran despliegue de mano de obra. Hay que preparar toda clase de comidas que dicho sea de paso, no se nos ocurriría comer en ninguna otra ocasión.  Una fortuna transformada en vitel toné, todo tipo de ensaladas, huevos rellenos, ensaladas de frutas, pollo y/o asado y/o lechón, pan dulce, garrapiñada y turrones de maní Georgalos… la lista es inagotable ¡y todo en la misma noche! Lógicamente, tener todo listo demandará incontables horas de trabajo en la cocina .Por supuesto, no hay que olvidar los preparativos de la casa. Hay que limpiar todo para que quede inmaculado, aun sabiendo que antes de las nueve de la noche la casa tendrá el aspecto de haber sufrido algún tipo de desastre. Finalmente, veremos que todo el mundo parece pasarla de maravillas mientras nosotros corremos de la cocina a la mesa llevando y trayendo… más ensaladas, más vinos, más pollo, el hielo que nunca alcanza, más de esto, más de aquello. Luego llegarán las doce de la noche y estaremos absolutamente exhaustos. No pudimos participar de ninguna conversación. Los pies nos duelen porque hemos estado parados todo el tiempo porque las sillas no alcanzaron, y solo queremos sentarnos a comer algo ya que únicamente pudimos atacar en un descuido de la horda invasora un poquito de ensalada rusa… pero no… ya son casi las doce, hay que traer las copas, la sidra, el pan dulce y que sé yo qué más, no sea que por alguna causa no se haga el brindis con absoluta precisión. Para estos casos, lo mejor es tener la radio o el televisor encendidos para que nos indiquen el momento exacto en que debemos brindar. El salvaje despliegue de pirotecnia podría servir con el mismo propósito, pero como las detonaciones suelen comenzar mucho antes, uno podría llegar a confundirse y brindar un minuto antes… Recuerdo especialmente el tapón asesino de una botella de sidra que, luego de salir como un misil de la botella, golpeó en un mueble, luego en una pared, posteriormente en el techo y acabó impactando en mi ojo con gran precisión.

Ya que hablamos de pirotecnia, quiero hacer notar el sufrimiento que provocan los petardos en todas sus variantes en la mayoría de nuestras mascotas. Casi todos los perros, gatos y demás se enloquecen con esta particular forma de diversión. Nadie que tenga un poco de amor por los animales debería someterlos a esta tortura.

En todas las reuniones con cierta cantidad de asistentes, hay uno o más niños absolutamente insoportables, que por alguna razón inimaginable son el orgullo de sus padres. Verdaderos salvajes que, si uno no les tiene puesto un ojo encima todo el tiempo, son capaces son capaces de atarle una cañita voladora a la cola del gato de la casa. Si hay más de un monstruo, invariablemente acabarán peleando por cualquier razón y no hablemos de lo que puede pasar cuando uno de ellos quiera jugar con el regalo del otro…

No olvidemos el día después… Nos despertaremos más cansados que cuando nos acostamos, tendremos que limpiar el desastre, cuidando de no despertar a alguno que está durmiendo en algún colchón en el piso del living.

Debo reconocer en este punto que todas las observaciones realizadas no aplicaban en absoluto en los años de mi niñez. Adoraba esas reuniones. Recuerdo la emoción de abrir los obsequios junto al árbol que armaban mis viejos y que decoraban con esmero. Recuerdo especialmente que usaban algodón para simular la nieve en sus ramas. En realidad era feísimo, pero eso no importaba. Cuando se reunía toda la familia era una verdadera fiesta.  Pero todo eso quedó atrás… mis viejos ya no están, mis primos ya no vienen a jugar conmigo, nadie me deja juguetes en el árbol…

En fin… Debo terminar aquí esta crónica. Debo ir a hacer la lista de las compras navideñas… Feliz navidad a todos y mis mejores deseos para este nuevo año.

domingo, 14 de marzo de 2010

VII - El Reloj

Me enojé cuando supe que mi viejo lo había vendido. Siempre había supuesto que alguna vez lo heredaría. A lo largo de tantos años había acumulado tantos recuerdos que no concebía la idea de que lo vendiera como si se tratara de un simple reloj. Cierto que era simplemente eso, pero con él crecí. Con él aprendí la hora, sus campanadas regían la actividad en casa… Hasta mi gato había aprendido que al sonar la campana de la una de la tarde, debía aparecer en la cocina para que mi mamá le diera de comer… Con las campanas de las siete de la mañana, él venía a despertarme para levantarme. Jamás conseguí hacerle entender que no debía hacerlo los fines de semana, pero hubiera sido demasiado pedir para un simple gato. A las ocho de la noche, nos avisaba que en menos de cinco minutos estaría mi viejo en casa llegando del trabajo… Era un buen reloj. Él nos garantizaba que todo marchaba bien en el Universo. Se lo había entregado don Díaz, el relojero que le alquilaba el local a mi papá, como parte de pago. Años después, cuando ya vivíamos en la Capital, los vecinos se llegaron a quejar del sonido de nuestro querido reloj. En las calurosas noches de verano, cuando dormíamos con las ventanas abiertas, el sonido de sus asombrosamente puntuales campanadas horarias sonaban por todo el edificio. Llegaron a decir que era el sonido más tétrico que pudieran imaginar. Hasta hubo alguien que dijo que sonaba a Muerte. Vino espantado a la mañana a decirnos que a la medianoche había escuchado TRECE! campanadas. Mi papá, con su habitual actitud, le dijo que seguramente pudo tratarse de alguna clase de eco en los largos pasillos del edificio. Por suerte, nadie murió ese día, de lo contrario me habría preocupado un poco. De todas maneras, yo me reía… Cómo podía resultar lúgubre ese sonido? Ese reloj era mi amigo. Jamás se detuvo ni una sola vez en alrededor de cuarenta años. Cómo pudo venderlo? Siempre creí, desde niño, que seguiría funcionando perfectamente mientras yo viviera y que en mi último día se detendría y que ningún relojero encontraría la falla jamás. Todavía lo creo.

domingo, 28 de febrero de 2010

V - En blanco y negro

Tuvimos en casa uno de los primeros televisores de la cuadra. Allí yo veía al volver de la escuela y mientras tomaba la leche algunos programas inolvidables, aunque a los chicos de hoy les parecerían ridículos. De todas maneras, me acompañaron en mi infancia.


Lo primero que viene a mi memoria es Rin Tin Tin, una serie que giraba en torno de un perro pastor alemán que siempre terminaba por salvar a los protagonistas. En la misma línea estaba Lassie, Creo que de aquélla época amo a los perros. Si tenía ganas de reir, nada mejor que Mr. Ed, el caballo parlante. Creo que los creadores de Alf deben haberse inspirado en este animal, especialmente en los enredos que provocaba usando el teléfono. Los Locos Addams, Los tres Chiflados, El Gordo y el Flaco, Abbott y Costello también formaban parte del abanico de posibilidades para reír con ganas. Había varios más, pero vayan solo estos a modo de ejemplo.



Alrededor de 1970 comencé a tomarle el gustito a la aventura. Por suerte no faltaban opciones. Meteoro y Astroboy primero y luego Viaje a las Estrellas, Los Invasores, Combate, Los Vengadores, Los Intocables. El fugitivo. El Santo, Tarzán, Daktari, El Túnel del tiempo y (cómo olvidarlo) el Cine de Súper acción los sábados por la tarde en canal once. Por supuesto, no puedo dejar de mencionar a El Zorro, El llanero Solitario (Dicho sea de paso... siempre me incomodó el título... Como podía ser "Solitario" si siempre estaba acompañado por su fiel amigo Toro?) También estaban los western y afines: Bonanza, El Gran Chaparral, El Hombre del Rifle, Bat Masterson, La Ley del Revólver... Mi menú de opciones era realmente extenso. La lista es mucho más larga, pero no es intención de esta crónica hacer un catálogo de programas de televisión de los años 60. Apenas es una mirada nostálgica. Mucho ha evolucionado la televisión en los años que siguieron, pero cómo extraño esas pobres imágenes en blanco y negro!

sábado, 20 de febrero de 2010

III - El Desdémona

Extraño el mar...

Muchos años le dediqué a navegarlo. Muchos barcos me contaron entre su tripulación. Barcos grandes, chicos, viejos, nuevos... Más de cien puertos visité en decenas de países... Esto me dejó mil recuerdos, malos algunos, buenos la mayoría. 

Todo esto quedó atrás hace mucho ya, sin embargo, muchas veces sueño que estoy todavía en el océano yendo a algún exótico destino.



Entre todos esos barcos, recuerdo más que a ningún otro al "Desdémona". Era bastante pequeño, especialmente feo, muy ruidoso, lleno de problemas, lento, incómodo, completamente obsoleto, pero por alguna razón lo amaba. Navegar en él era verdaderamente una aventura, nunca se sabía que podía pasar en cualquier momento.

Me llenó de pena enterarme de su triste final en una fría mañana del invierno de 1985. No porque el anciano buque llegara al final de sus días... esto se veía venir, pero creo que él hubiera deseado un fin más digno


Aburrido de tanta soledad el Desdémona duerme su sueño de navegante frustrado. En su cuna de arena, la lluvia, el sol y el viento le van corroyendo sin pena ni prisa sus entrañas de hierro rojizo. Perpetuamente varado en la playa del Cabo San Pablo, En Tierra del Fuego, verá pasar las horas lentamente hasta que ya nadie recuerde su nombre. Pero eso no ocurrirá mientras yo viva.