Pocas cosas me resultan tan fastidiosas como las fiestas de fin de año. Son una fuente inagotable de problemas. Veamos:
Un par de familiares que por una razón u otra están peleados y no quieren verse a menos que sea en el funeral del otro, pero si haces una reunión en tu casa debes invitarlos a ambos, de lo contrario parecerá que estás tomando partido por uno de ellos. Claro, siempre queda la opción de invitar a uno de ellos en navidad y al otro en año nuevo, pero eso solo funciona si ambas reuniones las organiza uno mismo. La otra posibilidad, no invitarlos a ninguno, traerá aparejado el resentimiento de ambos. Al final, la culpa termina siendo de uno…
Si las reuniones no se hacen en casa, probablemente recibiremos más de una invitación. Esto suele ser catastrófico. “El año pasado lo pasamos en lo de tu papá, así que este año tenemos que ir a lo de mi mamá” o algo por el estilo. Este tipo de situaciones suelen ser objeto de arduas negociaciones que suelen durar semanas, pudiendo incluso ser necesario todo el mes de diciembre. La solución suele girar alrededor de vagas promesas de compensaciones para la siguiente ocasión.
Recibir a los parientes, amigos y demás en casa, implica un enorme esfuerzo, no sólo económicamente hablando, sino un gran despliegue de mano de obra. Hay que preparar toda clase de comidas que dicho sea de paso, no se nos ocurriría comer en ninguna otra ocasión. Una fortuna transformada en vitel toné, todo tipo de ensaladas, huevos rellenos, ensaladas de frutas, pollo y/o asado y/o lechón, pan dulce, garrapiñada y turrones de maní Georgalos… la lista es inagotable ¡y todo en la misma noche! Lógicamente, tener todo listo demandará incontables horas de trabajo en la cocina .Por supuesto, no hay que olvidar los preparativos de la casa. Hay que limpiar todo para que quede inmaculado, aun sabiendo que antes de las nueve de la noche la casa tendrá el aspecto de haber sufrido algún tipo de desastre. Finalmente, veremos que todo el mundo parece pasarla de maravillas mientras nosotros corremos de la cocina a la mesa llevando y trayendo… más ensaladas, más vinos, más pollo, el hielo que nunca alcanza, más de esto, más de aquello. Luego llegarán las doce de la noche y estaremos absolutamente exhaustos. No pudimos participar de ninguna conversación. Los pies nos duelen porque hemos estado parados todo el tiempo porque las sillas no alcanzaron, y solo queremos sentarnos a comer algo ya que únicamente pudimos atacar en un descuido de la horda invasora un poquito de ensalada rusa… pero no… ya son casi las doce, hay que traer las copas, la sidra, el pan dulce y que sé yo qué más, no sea que por alguna causa no se haga el brindis con absoluta precisión. Para estos casos, lo mejor es tener la radio o el televisor encendidos para que nos indiquen el momento exacto en que debemos brindar. El salvaje despliegue de pirotecnia podría servir con el mismo propósito, pero como las detonaciones suelen comenzar mucho antes, uno podría llegar a confundirse y brindar un minuto antes… Recuerdo especialmente el tapón asesino de una botella de sidra que, luego de salir como un misil de la botella, golpeó en un mueble, luego en una pared, posteriormente en el techo y acabó impactando en mi ojo con gran precisión.
Ya que hablamos de pirotecnia, quiero hacer notar el sufrimiento que provocan los petardos en todas sus variantes en la mayoría de nuestras mascotas. Casi todos los perros, gatos y demás se enloquecen con esta particular forma de diversión. Nadie que tenga un poco de amor por los animales debería someterlos a esta tortura.
En todas las reuniones con cierta cantidad de asistentes, hay uno o más niños absolutamente insoportables, que por alguna razón inimaginable son el orgullo de sus padres. Verdaderos salvajes que, si uno no les tiene puesto un ojo encima todo el tiempo, son capaces son capaces de atarle una cañita voladora a la cola del gato de la casa. Si hay más de un monstruo, invariablemente acabarán peleando por cualquier razón y no hablemos de lo que puede pasar cuando uno de ellos quiera jugar con el regalo del otro…
No olvidemos el día después… Nos despertaremos más cansados que cuando nos acostamos, tendremos que limpiar el desastre, cuidando de no despertar a alguno que está durmiendo en algún colchón en el piso del living.
Debo reconocer en este punto que todas las observaciones realizadas no aplicaban en absoluto en los años de mi niñez. Adoraba esas reuniones. Recuerdo la emoción de abrir los obsequios junto al árbol que armaban mis viejos y que decoraban con esmero. Recuerdo especialmente que usaban algodón para simular la nieve en sus ramas. En realidad era feísimo, pero eso no importaba. Cuando se reunía toda la familia era una verdadera fiesta. Pero todo eso quedó atrás… mis viejos ya no están, mis primos ya no vienen a jugar conmigo, nadie me deja juguetes en el árbol…
En fin… Debo terminar aquí esta crónica. Debo ir a hacer la lista de las compras navideñas… Feliz navidad a todos y mis mejores deseos para este nuevo año.

Has descripto con total precisión el apocalipsis de diciembre,el mes al que uno, ahora, le gustaría pasarlo por alto. Me gustó lo del algodón...En Tigre, la primera vez que yo participé en el armado. puse mis dos muñecas, mellizas, vestidas de fiesta, a cada lado del arbolito, que estaba en el hogar del comedor, de ladrillos, en forma de pirámide. Entonces encendieron las velitas (no luces), y todo se convirtió en fuego....Imaginate, mi llanto, mis padres, diciéndome...." pedile a Santa Claus dos muñecas iguales". Menos mal que fue antes del 24, mi padre las llevó el 23 a San Isidro, y el 25 al despertar, ansiosa por ver si Papá Noel me había traído las mismas, el asombro y alegría se reflejaban en mis ojos. Me quedé muda y tiesa. Desde ese día, no me acuerdo por cuánto tiempo más, Papá Noel para mí fue real....No pierdas la ilusión, él siempre trae algo bueno a tu casa.....
ResponderEliminar