viernes, 20 de mayo de 2011

XXI - Sudestada

Un buen amigo, Gabriel Payares, seguramente inspirado en la tercera entrada en este humilde blog, (febrero 2010 "El Desdémona") escribió un muy bonito cuento que con su permiso reproduzco aquí (Aunque no me pidió permiso para declararme muerto en el principio del cuento). Es el cuento con el cual este joven que considero parte de mi familia y que conocí originalmente como amigo de mi hijo Jonás, ganó la quinta edición del Premio de Cuentos Policlínica Metropolitana para Jóvenes Autores, fallado el pasado 9 de mayo en Caracas, Venezuela. El jurado destacó "la trabajada sencillez de su desarrollo accional, su tono reposado y su escritura impecable, a través de los cuales logra ofrecer sin embargo una mirada poética a la decadencia de la vida moderna".

SUDESTADA
Fuente: Prodavinci.com

para Sergio Chifflet
…y ya mis ojos son barro en la inundación
Bersuit Vergarabat

No recuerdo de qué manera me percaté de su presencia en la ventana, asomados hacia adentro con la curiosidad de un niño en la vidriera de una tienda. Era un miércoles, estoy seguro, pues cada miércoles del mes nos convocan, con cruel puntualidad, a mí y a mis dos o tres compañeros a una reunión con el departamento de publicidad en el piso de abajo; una asamblea incómoda y exigente en la que pretendemos estimular con vasitos de café negro los cerebros agotados de quienes llevamos demasiado tiempo trabajando en este periódico. Esas ocasiones constituyen para mí un verdadero horror, en el que confrontamos en vivo y directo el creciente abismo que nos separa de las generaciones venideras. Aunque a decir verdad me hacen también algo de gracia: reuniones en las que el silencio es nuestro aporte más sustancial al reciente modelo de propaganda, al atrevido diseño de nuestros logotipos o a todas esas cosas de las que se ocupa la gente que piensa en términos como urbano pero juvenil, dinámico, con garra, fresco y con punch. Nosotros, encargados de la parte más embrutecedora del negocio, escuchamos aquella alharaca como quien se duerme viendo una película en otro idioma, y al final asentimos antes de levantarnos, la mayoría de las veces sin haber entendido ni querer entender una sola palabra. A menudo tengo la impresión de que cada miércoles envejecemos un par de años, como muñecos de papel remojándose en café negro, y esa sola imagen gobierna mi cabeza durante la hora y media que compartimos con nuestros diseñadores y “creativos”: gente rápida, llena de aretes y tatuajes, que mi padre sin pensarlo mucho habría tildado de maricas y faloperos. Por eso, cuando todo termina, regreso a mi escritorio con una sonrisa tan tímida y contradictoria, casi una mueca, que pareciera más bien estar sufriendo un retortijón en los intestinos. A veces algún compañero me lo señala, y yo ignoro sus comentarios con amabilidad: no sabría explicarle lo que siento, pero si fuese posible, me reiría con ganas y a todo pulmón en el medio de la oficina.

En todo caso: un miércoles cualquiera, poco después de la reunión, aparecieron aquellas dos siluetas negras en la ventana. Hacían contraste sobre el fondo nublado del cielo de la tarde, y me produjeron una fascinación inmediata. Pájaros: parecían dos agujeros profundos e irregulares en el vidrio que separa el aire acondicionado de nuestra oficina del aire desacondicionado de nuestra ciudad. Los observé durante un rato, de pie junto a mi escritorio y con mi taza de café en la mano, mientras ellos parecían detallarlo todo alrededor del ventanal: primero se ubicaron a los lados del jefe y espiaron con desvergüenza las imágenes de su computadora; de espaldas a ellos e inverosímilmente concentrado, él ni siquiera notó la extraña visita; pero sí pareció teclear más frenéticamente mientras sostuvo sus miradas sobre los hombros. Los avechuchos se aburrieron de él bastante pronto –no puedo culparlos por ello– y se movieron con discreción a lo largo del vidrio, fijándose con interés en todos los que pasaban cerca. Exceptuándome, nadie pareció notarlos siquiera; y si alguien más lo hizo, no le resultaron merecedores de chiste o de comentario. Tal vez su tamaño discreto –casi de roedor pequeño– les haya servido de camuflaje, o tal vez todos en la oficina estaban demasiado ocupados para siquiera mirar. Eso ocurre a menudo. Seguí su trayectoria, hipnotizado, hasta verlos detenerse en un punto cualquiera del ventanal y luego cruzar con los míos sus ojos redondísimos y brillantes, pintados con una mezcla extraña de colores. Le di entonces un sorbo a mi café. En apenas unos segundos, la escena que hasta ese instante me había movido a una sonrisa cobró un cariz marcadamente siniestro. No hubo complicidad alguna en sus miradas, que se mantuvieron fijas sobre mí; graves y distantes, casi orgullosos, sus rostros de pájaro me recorrieron con paciencia, no sé si ofendidos por el peso de mi cuerpo, por mi enorme gravedad y por el hecho de que estuviese suspendido a la altura de un décimo piso.
No sé cuánto tiempo sostuvimos aquella exploración mutua, cuyo fin sentenció el chillido del teléfono sobre mi escritorio. Atendí con lentitud y distracción, intentando coger el auricular sin perderlos de vista. Ellos parecieron haber esperado ese momento, pues hacían brevísimos amagos de huida, preparándose para un vuelo sorpresivo que no lograban finalmente concretar. Atendí la llamada en silencio, con la creciente sensación de que la bocina me traería el sonido vivo de fuera de la ventana: el ronquido cariñoso del viento confundiéndose con el sonido íntimo y lejano a la vez de sus graznidos, o de algún breve silbido, quizás, con el que compartirían una revelación misteriosa, deseo inconcluso o relato olvidado en algún rincón de mi memoria, depositándolo con un leve entreabrir de sus picos diligentes en mi oído y en mi cerebro para siempre.
– ¿Jonás? –dijo la voz del otro lado. Sus picos permanecían cerrados.
– ¿Sí? –contesté, inmóvil, apenas un susurro.
– ¿Jonás? ¿Por qué no me contestas? ¡¿Hola?!
Gritó por teléfono la voz de mi mujer.
El hechizo se hizo pedazos contra el piso, bañándome los zapatos de café caliente y obligándome a dar un ridículo saltito sobre mi escritorio; un poco más y habría ido a parar al suelo. Sobre la alfombra, los trozos blancos de la taza parecían dientes arrancados en una pelea; una pelea que estaba por venir.
– ¿Qué coño estás haciendo? ¡¿Jonás?!
– Sí, sí, ya estoy –contesté con aire resignado. –Tuve un pequeño accidente acá. ¿Qué pasa?
– ¿Qué va a pasar? Es tu hijo, que acaba de llegar del colegio. Hoy salían temprano y tenías que haberlo buscado hace horas, Jonás. Suerte que unos compañeros viven a unas cuadras y pudieron dejarlo cerca, que si no…
– ¿Ah, era hoy? –me llevé las manos a la frente. Esto iba a ser desagradable. Mi mujer era un ser normalmente razonable: alguien con quien se puede vivir en relativa paz, sin mucha efusividad pero sin grandes altercados; pero eso sí, cuando el tema en discusión era nuestro único hijo, aquello podía tornarse una verdadera tormenta. Para ella no existían puntos medios en la educación de lo que, a todas luces, era ya un joven capaz de valerse por sí mismo: era a su manera, o a la carretera.
– ¡Claro que era hoy, Jonás! ¡No se puede contar contigo para nada, todo se te olvida!
– Bueno, bueno, lo lamento, de verdad. Igual ya él es un chico grande. Yo a su edad ya trabajaba, vamos.
– ¿Y qué? ¿Entonces tiene él que pasar por las mismas penurias que tú? ¡Pero qué buen padre!
– ¿Cuáles penurias? –la interrumpí, casi suplicante. Si algo detesto de las discusiones telefónicas es que, haga lo que haga, uno siempre luce como peleando consigo mismo. – ¡Si todos los adolescentes se van solos a casa! ¡Seguro que sus otros amigos se van solos a casa!
– Ya, déjalo. Eres imposible. Ya verás qué le dices cuando llegues a casa.
– Vale, vale, ya veré qué le digo.
– Adiós.
Colgué con un gesto de fastidio, y mis ojos buscaron de inmediato a los intrusos de la ventana: no estaba ninguno. Solté un chasquido de fastidio y recogí pieza a pieza mi taza de la alfombra. Me gustaba aquella taza, solía tener un paisaje marítimo impreso: palmeras, mar, atardecer, un barquito. Ahora no tenía nada. Y la mancha de café en la alfombra semejaba un charco de sangre. Decidí irme a casa temprano.

Llegué al hogar a hora usual, casi de noche, después de dejar ir un par de trenes en la estación. No sé si por miedo, fastidio o alguna razón secreta, deambulé por los recodos del enorme edificio ferroviario, leyendo una y otra vez las carteleras de información, viendo aquí y allá a la gente llegar y despedirse. La estación es un lugar misterioso, en donde miles de vidas se cruzan sin saberlo y sin que les importe lo más mínimo, en su frenética carrera hacia el final de cada día. ¿Los esperaría a cada uno una mujer furiosa y un hijo indiferente? ¿Cuántos de ellos tendrían un trabajo monótono y sin perspectivas? ¿Cuántos leerían el periódico que yo corregía desde hacía años, y después lo echarían sin remordimientos a la basura o lo pondrían en el suelo para que el perro lo orine? Ninguno disponía del tiempo para contestar a mis preguntas, y claro que a ninguno me atreví a formulárselas. Los cuarenta son una década incierta, límite entre el ánimo confiado de la juventud y el inicio de esa antesala al retiro que llamamos “la edad madura”; y a mí, en el fondo, no me interesaba demasiado preservarme joven, ni convencerme de que los mejores tiempos estaban aún por venir. Muchos años viviendo junto a las vías del ferrocarril enseñan a tener presente el sentido de la oportunidad, y uno termina acostumbrándose a tomar siempre el tren que viene después; las oportunidades están siempre repletas y nunca hay lugar para sentarse. 


La cena me esperaba solitaria en la mesa, como luciría una fiesta sorpresa a la que el cumpleañero no se presente. Le di algunos bocados fríos antes de devolverla a la nevera y calentar el agua para un té. Madre e hijo se habían puesto de acuerdo en mi ausencia, internados cada uno en la pantalla del televisor de sus cuartos. Seguramente habrían comido así, cada uno en un canal diferente. El de ella fue un saludo gélido, que interrumpí con la excusa de “ir a hablar con el chico”, sin darle oportunidad de añadir una sola palabra. Peón toma reina, jaque al rey.
El cuarto de mi primogénito es constante en su estado de desorden. El volumen del televisor estaba altísimo, y la pantalla exhibía un programa de humor bastante popular entre los chicos, con el que yo jamás había podido pactar más allá de alguna breve sonrisa. El divertimento consistía en un show de concursos chino o japonés, en el que los participantes caían en pozos de barro, de crema pastelera o de tomates molidos y emergían con una sonrisa avergonzada. Las voces originales habían sido dobladas con chistes y frases crueles, a menudo aludiendo al arroz, al color amarillo o a los ojos rasgados de los concursantes, y el resultado final era un frankenstein de cuarenta minutos con risas grabadas. No era gracioso. Nunca me han gustado los chinos, ni me han parecido gente graciosa, ni mucho menos amable, ni particular en nada, incluso si están cayendo de cabeza en un pozo de crema pastelera. Además, nadie le ofrecía al espectador una mínima explicación sobre qué premio esperaba a los concursantes al final del trayecto, ni en qué imaginario específico se ambientaba el show original, y esa intriga me acompañaba, las pocas veces que había intentado verlo, durante los cuarenta minutos de programa.

Escuchaba a mi hijo reír sin parar, echado sin zapatos sobre su cama y absorto en la contemplación del show; lo hacía obedientemente cada vez que el televisor así se lo indicaba. Él no necesitaba explicaciones. Entonces me apoderé en silencio de una esquina del cuarto y esperé; estoy seguro de que tardó varios instantes en advertir mi presencia. Su mirada inicial fue de desconcierto, como si esperase algún tipo de reprimenda que no lograse siquiera imaginar. Yo permanecí en silencio por un rato, estrategia para captar su atención que empleaba a menudo. Era casi cruel dejarlo que aguardase lo inesperado, como una gallina enfrentando un crucigrama, pero era un método preferible, dijera lo que dijera su madre, a las brutalidades con las que ella y yo habíamos sido criados. Finalmente, el muchacho rompió el embrujo y asumió sin tapujos la derrota.
– ¿Qué pasa, viejo?
– Nada, nada. –Respondí, intentando sonreír. Odiaba que me llamara “viejo”, porque así le decía yo a mi propio padre cuando estábamos disgustados. Su atención sobre mí no duró más de algunos minutos: los de la pausa comercial. – Tu madre quería que viniera a hablar contigo.
– Ah, ya. ¿Sobre qué?
– Sobre lo de hoy y el colegio, ya sabes.
– Ah, ya… ¿Qué cosa del colegio? –Estaba tan sumergido en la pantalla como uno de los chinos en una piscina de lodo. Suspiré. Combatir el televisor era una empresa titánica. Pero a fin de cuentas, no había nada nuevo e importante que decirle.
– No, nada, nada. Lo de siempre.
– Ah, ya… ¿Qué cosa?
– Nada, nada. Te dejo que sigas viendo la tele.
 Una carcajada vino a confirmarme que él estaba de acuerdo. Demoré unos segundos más del lado de afuera de la puerta y me dirigí a la cocina: había una olla de agua a punto de hervir y dos bolsitas del té que más me gusta a su lado. Estiré el cuello hacia el cuarto: la luz se encontraba apagada. Me habían perdonado. Bebí dos o tres tazas del té en la sala, mientras esperaba que el sueño sumergiera la casa en el silencio. Sólo entonces me fui a dormir, casi a la medianoche, sintiéndome una especie de vencedor insomne que le hubiese arrebatado un tiempo extra a las horas del día. En la mañana, paradójicamente, saldría tarde al trabajo, quién sabe si incluso perdería el tren; mi mujer me lo reprocharía durante el desayuno y me diría que no duermo lo suficiente. Y dormir para qué, pensaría yo en el camino, si igual no es mucho con lo que puedo ya soñar.
El resto de la semana transcurrió por debajo de la mesa, como los ratones, pues así se le escapan a uno los días después de alcanzar una cierta edad: huyendo en silencio después de haberse comido las migas del pan o algún pedazo de queso abandonado. Andando así por la semana, a tontas y a ciegas, tropecé de nuevo con un miércoles y con una convocatoria a la consabida reunión. Puntos a discutir: “Estrategia de respaldo comunicacional de nuestros aliados financieros”. Ajá. ¿No era esa la minuta de la semana pasada? Debí haber hecho la pregunta en voz alta, ya que al instante una voz me ofreció la respuesta:
– Quedaron dos puntos por discutir en la reunión anterior, ¿recuerdas? –yo, la verdad, no recordaba siquiera los puntos sí discutidos.
– No demasiado, pero qué importa.
La voz pertenecía a Laura, la más cercana de mis compañeras de oficina, quien visitaba a menudo mi escritorio con ese aire gatuno que tuvo desde que entró a trabajar con nosotros. Venía de otro periódico, y en ese entonces era más joven, más guapa y no se había casado con el troglodita que hoy en día le amarga la existencia. Es gracioso: al principio, Laura solía darme consejos sentimentales, ideas para mejorar mi matrimonio, ese tipo de cosas; hasta que un romance furtivo comenzó a insinuarse entre nosotros y yo, francamente entusiasmado por la perspectiva de vivir una aventura, lo arruiné todo sin querer y sin entender todavía cómo. No sabría explicar de qué manera ocurrió todo aquello, que no llegó siquiera a concretarse en un insignificante beso, pero sé que mis intentos posteriores por acercarme terminaron siempre en el más absoluto rechazo. Finalmente la dejé ir, en silencio, y aprendí a conformarme con sus esporádicas apariciones, con verla hurgar entre las cosas de mi escritorio y abrir con falsa curiosidad mi carpeta siempre obesa de asuntos pendientes. Después de tanto tiempo, Laura era algo similar a una amiga cercana, o algo así. No estoy muy seguro.
– ¿Y cómo te ha ido? –pregunté al notar lo insistente de su presencia.
– Nada, en lo mismo –esquivó con un ronroneo. Creo que aplicaba conmigo las mismas estrategias que yo con mi único hijo. –¿Terminaste de corregir los anuncios que te pasó el jefe?
– Ya casi, necesitaban mucho trabajo.
– ¿Muchas vocales fuera de sitio?
– Esa es una manera de ponerlo.
– La semana pasada lo escuché quejarse de que sobrecorregías.
Levanté la cabeza y la abordé de reojo, escondido tras la pantalla del computador.
– ¿Quién?
– El jefe, tonto.
– ¿Yo sobrecorrijo?
– Eso dijo él.
– Qué hijo de puta.
– Ah, no sé. En eso no me meto –se irguió como un ave que da una voltereta antes de volar y me tendió con amabilidad un recorte de papel periódico. – Vine a traerte esto. Sé que te gustan los barcos, ¿no?
Asentí.
– Papá era marinero.
– Bueno, ahí tienes, querido. A lo mejor puedes irlo a visitar.

El artículo pertenecía, curiosamente, al diario de la competencia; algo que no me sorprendió demasiado. Podía imaginar a Laura comprando perfectamente varios periódicos a la vez y leyéndolos tranquilamente en nuestra sala de redacción. Las letras negras del encabezado anunciaban la muerte mecánica de uno de los barcos más antiguos de la flota mercante nacional, justo debajo de una enorme fotografía en blanco y negro: “El Desdémona descansará en paz en la ribera”. La nota era breve y llena de generalidades, escrita seguramente a último minuto. La fotografía, en cambio, era más que impresionante: las gigantescas aspas de una hélice se ofrecían a la mirada como huesos expuestos en una fractura, mientras la panza del barco formaba un cielo tosco y oxidado dentro del recuadro de la foto, y hacía pensar en que estuviese a punto de caer una lluvia de tornillos. El periodista afirmaba que el futuro de la nave era incierto: las autoridades se debatían entre el museo y el desguazadero. El Desdémona había sido construido a principios de siglo, pero estaba tan pobremente conservado que lucía incluso más viejo que eso, todo un dinosaurio mercante. Recién terminaba de leer la descripción, cuando ya mi padre se me venía a la cabeza. ¿Qué habría dicho al respecto de estar vivo? Seguro le habría reprochado al mundo, con ese tono adolorido con el que hablan los argentinos, su empeño por sentenciar el pasado a las fauces del orín, como un soldado herido en plena batalla contra el tiempo. Estuve incluso tentado a imitar su voz, para escucharlo vivo de nuevo a través de mi garganta, pero me habría expuesto a las miradas de todos en la oficina y sobre todo a la de Laura, que se mantenía aún de pie frente a mi escritorio, registrando mis reacciones como lo hacen las madres de hijos únicos al momento de abrir los regalos de navidad.
– Gracias, Laura –respondí, más para que se marchara que por un genuino agradecimiento. – Lo leeré bien en un rato.
– No, de nada. Lo vi y me acordé de ti.
Le obsequié una sonrisa mientras ella volvía a su puesto, y mis ojos se zambullían de nuevo en la fotografía. Se me ocurrió que mi padre tendría más o menos mi edad –quizás un poco más joven, no lo sé– cuando abandonó la marina mercante para dedicarse a su familia y a su único hijo, quien apenas si conocía. El cambio fue tan radical como doloroso: del cuarto de máquinas pasó al escritorio, de los sextantes y la brújula a los sellos de caucho y las fotocopias. Y tras ser un padre ausente, un héroe lejano con bolsillos repletos de objetos maravillosos, devino un acostumbrado garabato de sí mismo. En un par de años nada más, su nueva ocupación le había domesticado el espíritu, y como las aves en cautiverio, comenzó entonces a envejecer. Su bigote endureció y perdió el color, su pulso se hizo errático e inconstante, y sus ideas enlentecieron hasta anquilosarse. Supongo que mi padre era como El Desdémona: una vez anclado en la ribera, su cuerpo empezó rápidamente a oxidarse.

El correo electrónico me recordó, con un gemido alegre y una alarma anaranjada, que ya era hora de acudir a la reunión. Arrancado de mis pensamientos, acuñé el artículo de prensa bajo el teclado del computador, justo a tiempo de pescar por el rabillo del ojo a una silueta agazapada en la ventana. Y ahí estaban de nuevo: dos pájaros negros intrigados por la oficina, espías furtivos del reino animal. Uno primero y el otro después se asomaron contemplándome con reservas, con cierta desgana, a lo mejor resentidos conmigo por haberlos sorprendido de nuevo. Pude entonces detallarlos mejor: los recordaba mucho más pequeños, aunque en realidad eran de buen tamaño y de formas familiares, que pronto bauticé como alcatraces. Tenía años sin ver un alcatraz, veinte o veinticinco tal vez, desde la última vez que acompañé a mi viejo a la playa; aquellas eran aves de mi propia prehistoria. “¿Y ustedes?”, les pregunté en voz alta, sobresaltado por mi propio tono, que pareció brotar enmudecido, surgiendo debajo del agua o desde el interior de un barril de madera. “¿Nosotros qué?” respondieron sus graznidos en mi cabeza, “¿es que no piensas ir a la reunión?”.


Pero esa era la voz de Laura, de nuevo, que se atravesaba en el camino de mi mirada y me extraía de mis delirios. Me incorporé, asintiendo como un resorte y tomando un lapicero y una libreta, antes de echar un vistazo hacia la ventana de fondo. Ya no había nada que ver, más allá de la ciudad sucia y aburrida. Nada digno de comentario. Como tampoco lo hubo en la reunión. Mis hojas regresaron en blanco.


Esa noche cenamos tan sólo mi mujer y yo, porque el chico se quedaba en casa de algunas amigas. Su madre parecía realmente creer que aquello tendría el aire de una inocente pijamada; yo, sin saber cómo disimular un súbito arrebato de envidia, me lo imaginé en un tipo muy distinto de reunión. No supe si sentirme orgulloso de que no se repitieran en él las mismas torpezas de su padre, o si resentir el hecho de que jamás me hubiese pedido un consejo amoroso. Movido por las sensaciones, se me ocurrió insinuar en voz alta que la presencia de nuestro retoño, de no ser por su televisor eternamente encendido, apenas si se habría hecho sentir entre nosotros. Me gané una mirada de advertencia: Careful with that axe, Eugene. Pisé entonces el freno a toda velocidad y previendo el inminente estallido, alabé la comida y agradecí la oportunidad poco frecuente de estar a solas y de compartir. Ella ablandó la mirada, pues me conocía lo suficiente para valorar aquel gesto en su justa dimensión; a veces no está tan mal eso de acostumbrarse al otro por completo. Esa noche hicimos el amor despacio y con gusto, aunque ya no duráramos tanto como antes. Sabíamos en dónde tocar, y el resto era cortejo por compromiso. Terminamos, ella primero y yo poco después, y nos dormimos casi de inmediato.
Durante la madrugada estuve soñando conmigo mismo. Me veía en mi puesto de trabajo, sentado sobre el escritorio porque el suelo había empezado a inundarse. En el más absoluto silencio, la oficina se convirtió en una pecera tranquila y apacible, en la que todo flotaba en su lugar. Y aunque tuve todo el rato la respiración contenida, en ningún momento sentí el apremio de huir desesperado. Por el contrario, caminé –¿por qué no nadaba?– hasta el enorme ventanal frente a mi escritorio y abrí con calma el cerrojo. En ese momento la gigantesca presión del agua hizo estallar en pedazos la ventana y arrojó la oficina entera hacia el vacío: mobiliario, papeles húmedos, sillas reclinables, teclados ergonómicos de computadora e incluso yo mismo, todo salía despedido por los aires, y mi única preocupación, a medida que me precipitaba hacia la nada, era haber dejado adentro el recorte de periódico que Laura me había dado en la mañana.
– ¿Y estas ventanas se abren? –me descubrí preguntándole a un compañero días después, en plena pausa para el café, inspeccionando el mismo ventanal de mis sueños.
– Creo que no –fue la respuesta. –¿Para qué las quieres abrir? Se va a salir todo el aire acondicionado.
– No, no, para nada –dije, sintiéndome un extraterrestre. –Curiosidades de uno, ya sabes.

Esas mismas curiosidades mantuvieron el sueño vivo en mi cabeza durante los días siguientes, en los que dediqué preciosos minutos de trabajo a la contemplación del recorte de prensa. Me sorprendí pensando que si aquel edificio fuese un poco más alto, y si la ventana diese hacia el lado contrario, probablemente podría ver al Desdémona, esperando por sus verdugos como una gran ballena comatosa. Quizá, de tener más tiempo libre, habría incluso subido a la azotea a comprobar mi teoría. Pero por otro lado confiaba en que, dado el interés que había demostrado por la noticia, Laura me informaría si llegaba a anunciarse el destino del pobre barco. De todas formas, y por si acaso, decidí invertir algunas monedas diarias, durante mi viaje de regreso a casa, en comprar el periódico competidor, leerlo de cabo a rabo y dejarlo abandonado en el asiento del tren cual flagrante prueba del delito. Esa pequeña traición se repitió y repitió hasta hacerse costumbre, durante cada día que pasaba de mi angustiosa espera.


Confieso no saber cómo llegó a ocupar El Desdémona un porcentaje tan amplio de mis pensamientos, pero antes del miércoles siguiente ya había pensado en dos o tres rutas posibles para ir a visitarlo en la ribera: quizás pudiese organizar un viaje familiar –aunque a mi querido retoño costaría un mundo convencerlo–, o tal vez pudiese fugarme de la oficina un par de horas antes y visitarlo a toda prisa; esto último requería algo más de tiempo y planificación, pues llegaría a mi hogar mucho después de lo acostumbrado, y no tenía ganas de lidiar con sospechas de infidelidad. Pero no era ese el principal inconveniente: el viaje, por encima de todos los contratiempos, precisaba de algún tipo de propósito, algún punto cardinal que lo orientara dentro de las acciones de mi vida. A partir de cierta edad uno no desaparece así nomás, sin tener una excusa creíble –o increíble– preparada, pues ciertos imperativos rutinarios, morales, familiares o no sé de qué tipo terminan imponiéndose a la libertad y convirtiéndola, en el mejor de los casos, en recuerdo de una antigua sensación. Al final estamos más atrapados en nosotros mismos que en cualquier cárcel o prisión del universo. Anclado a mis propios razonamientos, me convencí de seguir esperando un poco más.


Y así lo hice, al menos hasta la noche. Después de la cena, en esos brevísimos minutos antes de que el chico abandonara la mesa y se escabullera sagazmente hacia su cuarto, asomé la noticia del Desdémona, fingiendo haberme enterado de ello esa misma mañana. Con una sonrisa ilusionada, le conté a madre e hijo el dolor que aquella escena hubiera desencadenado en mi padre de estar vivo, y repetí un par de frases suyas para acompañar mi performance, momentáneamente poseído por su espíritu de marinero sureño. Podría jurar que durante un segundo, tal vez dos, hubo un chispazo de entusiasmo en la mirada de mi familia: una llamita débil, quizá, pero suficiente para hacerme sentir lo que el primer cavernícola en lograr encender una fogata. Pero siempre hay vientos más fuertes, y a medida que el hilillo de atención de mi primogénito era absorbido por los chillidos de su teléfono móvil, mi mujer me propinaba una mirada amorosa, cargada de piedades. Al final, dejé morir mi anécdota sobre la mesa con asqueada resignación.
– ¿Quieres un té? –me ofreció mi señora a modo de consuelo, llenando de agua la ollita acostumbrada. Yo asentí en silencio, oyendo el eco de una sonrisa desvanecerse. Y entonces añadió:
– No te pongas así. Algún día recordará tus historias.
– …Si apenas las escucha, mujer.
– Es un chico, Jonás. Tú también tuviste su edad.
– Yo a su edad amaba las historias de mi padre.
– Porque apenas si lo conocías.
– ¿Y él sí me conoce a mí?
– Ay, Jonás, no empecemos.
– No, dime. ¿Me conoce?
– ¡Como si hubiera mucho de ti que conocer!
– Joder, mira lo que dices. A veces actúas como una bruja.
– Mira, Jonás, no fastidies, ¿sí?
– ¿Yo?
–  Sí, tú.
– Buf, ya comenzaste.
–Lo digo en serio, Jonás: no me fastidies. ¿Está claro?

Un amargo silencio da por terminado mi intento de aventura familiar. Añadir una palabra más a aquel duelo de espadas habría equivalido a hacer malabares con granadas. Así que enterré el hocico en la taza de té durante los minutos que tardé en quedarme a solas, y hallé de pronto en mí la determinación de los que han sido totalmente derrotados. Hurgué en el enorme revistero de periódicos viejos y folletines de propaganda hasta dar con la guía telefónica en el fondo; tendría un par de años de vencida, pero era perfecta para mis fines. Abrí sus últimas páginas y di con el plano sectorizado de la ciudad, en el que luego tracé con el dedo mi ruta de huída hacia la ribera, considerando diversos posibles escenarios. Con apenas tomar el subterráneo, o en su lugar un par de autobuses, podría llegar en más o menos cuarenta minutos al extremo este de la ciudad, en donde nacía el río que la atraviesa, hijo debilucho de uno más amplio y caudaloso. Allí, justo en ese cruce de intensidades, El Desdémona aguardaba impaciente mi visita. Viajaría solo, pues incluso así estaría más acompañado que en mi propia cocina, y cuando volviese de mi aventura personal, de esa ruta trazada por mis dedos sobre la guía, demostraría finalmente la enorme riqueza del mundo que sólo yo era capaz de contemplar y que ninguno de mis seres queridos se dignaba a compartir. Al contrario de mi padre, que escogió el camino del encallamiento, yo regresaría liberado de mí y de todos, aunque nadie más en el mundo lo supiera. Esta vez no estropearía la aventura, no dudaría en el momento preciso de tomar a la vida por las mejillas –esas mejillas siempre rubicundas de Laura– y estamparle un beso, para después darle la espalda y continuar como si nada, porque así son los valientes: inexplicables, incomprendidos, silenciosos. Afiebrado por el ritmo de mis propios pensamientos, desprendí las páginas de la guía con sigilo y las inserté en un bolsillo de mi billetera. Ya tenemos un plan, amigo mío. Pase lo que pase, ya tenemos un plan.
Esa noche apenas si pude dormir. Una vieja angustia me revoloteaba entre el pecho y la barriga, y ni siquiera el lento aguacero de la madrugada logró arrullarme por completo. Finalmente el cansancio pudo más: cerré los ojos un instante y al siguiente ya era de día. La claridad insinuada entre las persianas me dijo que aún era temprano, y que el despertador estaba aún por sonar: podía sentirlo tomar aire antes de dar el campanazo. Mi mujer también dormía, y de pronto esos minutos se me antojaron de una calma pasmosa e inmortal, como si estuviésemos posando sin saberlo para alguna fotografía: esa idea fue de algún modo reconfortante. Giré hacia ella con calma, minimizando el roce sobre las sábanas y le pasé un brazo por la cintura, como solía hacer de novios, cuando dormíamos juntos en la estrechísima cama individual de un cuarto en el centro de la ciudad, con sus padres fingiendo dormir del otro lado de la pared. Ella recibió la caricia sin despertar, con ese ademán dulce que aún conservaba, a pesar de que la vida nos hubiera agriado poco a poco el carácter. Tal vez en sus sueños aún estuviésemos allí, en ese cuarto abarrotado de sus cosas, soñando juntos el tramposo porvenir. Me pareció criminal arrebatarle esos instantes despertándola a una realidad desgastada de tanto uso; más bien intenté dormir de nuevo y acompañarla en aquella fuga maravillosa. Alguien debería enseñarnos al nacer, reflexioné, a escoger con mucho cuidado los eventos que vayamos a vivir: estaremos soñando con ellos durante el resto de nuestra existencia. No pude volver a dormir, pero permanecí inmóvil hasta que el despertador inició su odiosa cantaleta. Entonces cerré los ojos, mientras un temblor parecía sacudir a mi mujer, incorporándola por partes, y ella se libraba de mi abrazo sin apenas notarlo; me pareció que despertaba y a la vez se quedaba dormida. Esperé a solas un tiempo prudencial, como un niño retrasando el momento de ir a la escuela, antes de levantarme y marchar a paso lento hacia el cuarto de baño.

Esa vez no perdí el tren de la mañana: mi plan exigía puntualidad y destreza. Opté por el tren, luego subterráneo y finalmente un autobús, estrategia que me permitiría fugarme y volver al trabajo justo en la hora de almuerzo. Llamé a la oficina desde un teléfono público en la estación, para decirle a Laura que había amanecido indispuesto y me reincorporaría en la tarde. Alegué dolencias intestinales: vómitos y mareos. Nada grave, algo me habrá caído mal. Menos mal, hombre. Sí, menos mal. ¿Llegarás a la reunión de publicidad? Seguro, en la tarde estaré en mi puesto. Perfecto, yo le aviso al jefe, que te mejores. Gracias, Laura. La ventaja de no faltar nunca al trabajo es que cuando por fin lo haces, nadie duda de la veracidad de tus excusas. Colgué el teléfono público y me apresuré hacia el andén, con el periódico de la competencia ya bajo el brazo; me sentí el protagonista de alguna vieja película de espías, sentado en el tren con un periódico ensombreciendo mis facciones, atento a la remota posibilidad de ser descubierto. Una genuina emoción de aventura me condujo de pronto a una sonrisa.

La enorme caverna del subterráneo me arrojó al aire denso cercano a la ribera, cargado del olor del diesel sobre las aguas. Me sorprendió orientarme con celeridad en un sector de la ciudad que hacía años no visitaba. Esperé el autobús durante minutos interminables, antes de ceder a la impaciencia y decidirme a caminar: según mis cálculos pocas cuadras me separaban del río mismo, y una vez en el muelle, no sería difícil acercarme al coloso de metal lo más que me fuera permitido. De cualquier manera, me dije con cierta tristeza, el mejor de los casos me otorgaría una visión lejana y aburrida del barco; una crueldad semejante a obsequiarle una postal a quien anhela viajar por el mundo. Tras minutos de caminata, la cúpula enorme del carguero apareció ante mis ojos. Al principio el marrón oxidado de su casco se confundió con las aguas pardas del río, como si en vez de una nave anclada a pocos metros de la costa, se tratase de una ola enorme y sucia que pretendiese la orilla. Pero a medida que me aproximaba al amplio malecón turístico, sus letras blancas y lucidas lo recortaron del paisaje: El Desdémona me mostraba finalmente su inmensidad, sus múltiples tonos de arcoiris ferroso, fraguados unos por el hombre y otros por el paso del tiempo. El espectáculo era enternecedor y lastimero, y desde la barandilla que finalmente sostuvo mi peso, muchos transeúntes lo escudriñaban con binoculares, lo fotografiaban o hablaban de él señalándolo a lo lejos. De todos los que nos hallábamos recostados de la baranda, pensé empapado de sudor, solamente yo veía en el Desdémona algo que me perteneciese. Mientras todos observaban fascinados su aliento de barco fantasma, yo le ofrecía una mirada tierna, de juguete recuperado; un gesto dulce que había visto años atrás en la cara recién nacida de mi único hijo, heredero temprano y atolondrado de mis pocos relatos. Un hijo es un extraño desdoblamiento: un espejo diminuto en el que empezamos a mirar la propia vejez, como un catalejo dirigido hacia las estrellas; y esa es una visión que pocos soportan sin derramar al menos una lágrima por sí mismos, y por sus sueños que ya nunca se cumplirán. En realidad empezamos a morir en cuanto nace nuestro primer descendiente.

La brisa me trajo unas primeras gotitas de lluvia y pensé en volver. Estuve a punto de dar la espalda a la ribera, al barco abandonado y a la aventura sin sentido en que me había metido de cabeza, esta cabeza aburrida de sí misma y aburrida de su propio aburrimiento. Me dispuse a volver a la oficina, a dormitar despierto las reuniones los miércoles por la tarde, a decirme frente al espejo del baño que aún queda tiempo, que no debo pensar en la muerte, a constatar el abismo entre las cosas y yo, a las tibias caricias de mi mujer, a recordar con ironía mis planes de vida a los veinte y a los treinta; pensé en volver, sí, pensé incluso en el viaje de regreso, a sabiendas de que no había ya retorno posible, de que todo regreso es la parte visible de un espiral. Pero en lugar de retroceder, agucé la vista: dos figuras sombrías me distrajeron de mis propios pensamientos. Dos pelícanos, enormes como niños pequeños, parecían hacerme señales con su aleteo marrón desde la cubierta del Desdémona. Casi lucían como parte del barco, gárgolas oxidadas en vida, abanicando el aire con sus alas densas; pero también parecían satisfechos, o esa fue la impresión me dieron en la distancia. Pelícanos: hacía décadas que no veía uno de cerca, ni siquiera suele haberlos por estos lares.

La lluvia cobró densidad en cuanto di el primer paso hacia la playa. Una pequeña escalera de concreto me alejó del barullo de los turistas, conduciéndome poco a poco hacia la arena negruzca del río. Sobre ella abandoné el maletín, y me dejé la chaqueta puesta y los zapatos; cuando sentí el agua chapotear a mi alrededor, cerré los ojos y respiré muy hondo: podía oler al Desdémona a lo lejos, con su invitación abierta a lo desconocido, a lo absurdo. Entonces sentí el primer manotazo de las olas, y su violencia me hizo entender que no había sentido en el viaje sin en el extravío propio de la aventura; así que cogiendo el máximo de aire, di las primeras brazadas en medio del rugido venidero de la tormenta.
En la orilla, sacudiéndose bajo el peso de cuero del maletín, el diario de la competencia me aleteaba una despedida.

Sus páginas advertían la inminente y brutal sudestada.

domingo, 1 de mayo de 2011

XX - El "Revolución Productiva"

Entre 1981 y 1992 estuve embarcado en 19 barcos, Cada uno de ellos fue diferente. Algunos buenos, otros malos, otros interesante, otros aburridos… hubo de todo. Sin embargo, quiero dedicar un recuerdo al que fuera mi último barco.  El “Revolución Productiva

Proletarskaya Revolutsiya
 ПРОЛЕТАРСКАЯ РЕВОЛЮЦИЯ
En realidad se trataba de un barco ruso, pero para cumplir ciertos aspectos legales y comerciales, debió ser incorporado a la marina mercante nacional en 1991. Como barco argentino que era según su bandera, perdió su nombre ruso, el "Proletarskaya Revolutsiya" (Revolución del Proletariado) por este otro, tan menemista. La legislación vigente lo obligaba además a llevar una tripulación mínima de argentinos, así fue que otras trece personas y yo nos incorporamos a su tripulación de ochenta y cuatro de origen ruso. Así resultó que teníamos dos capitanes… el Capitán Bongiovanni como capitán argentino y el Capitán Vladimir Savenkov, un ruso enorme y barbado que figuraba en los listados como Capitán de Pesca. En realidad, a los fines prácticos el tenía el control.

Estar con esta gente fue una experiencia interesante. Me hice amigo de un ingeniero, Sergei Tatarenko, de 30 años, ex profesor universitario que estaba a cargo de la fábrica de harinas, aceite y enlatados (de pescado, claro) Ni siquiera estaba allí con jerarquía de oficial. Ganaba un sueldo ridículo para nuestros niveles y así y todo me explicaba que había dejado su carrera universitaria porque allí había mucho mejor salario. Llevaba como casi todos sus compañeros, casi un año embarcado y lejos de sus familias. Tenía la idea de quedarse en Argentina y traer a su esposa e hija. Para ello, su primera meta era aprender el castellano tan bien como fuera posible. Con ese fin, todas las noches alrededor de la medianoche venía a mi camarote armado con un cuaderno y su equipo de mate (se había convertido en un adicto) así, entre mate y mate, conversábamos de temas diferentes. Cuando encontraba alguna palabra o expresión que le resultaba de interés la anotaba inmediatamente en su cuaderno. Hizo unos cuantos intentos de enseñarme algo de ruso, pero cuando comprendió que yo era absolutamente incapaz de aprender, abandonó su empeño.

El resto de la tripulación estaba compuesta por unos cuantos oficiales que estaban profundamente ofendidos con nosotros. No toleraban que le hubieran cambiado el nombre y la bandera al Proletarskaya Revolutsiya. De hecho, cuando Savenkov llamaba por radio a la compañía utilizaba el antiguo nombre del barco. Mejor no mencionemos el tema de los sueldos: El cocinero argentino ganaba más que el capitán ruso... Por cierto, nuestro cocinero preparaba la cena y el ruso perpetraba el almuerzo. En realidad, el bueno de Ivan no era cocinero. Era tornero, pero cuando debieron desembarcar al cocinero ruso por razones de salud le asignaron esa tarea, sin preguntarle siquiera si sabía preparar una taza de té. Pobre... era tan malo que entre sus compañeros circulaba la broma de decir que cuando Ivan ponía a calentar agua, en lugar de hervir se le quemaba... Nosotros no nos preocupábamos. Nuestro cocinerito era capaz de hacer verdaderas maravillas. Los rusos veían con envidia como cada noche cenábamos como príncipes toda clase de platos. El hielo se rompió un domingo, cuando no se nos ocurrió mejor idea que preparar un gran asado. No sé si fue el olorcito lo que los atrajo uno por uno o si estaban preocupados por la amenaza de incendio de su precioso barco.

Además de los oficiales, había unos setenta miembros rusos en la tripulación. En su mayoría eran personas aparentemente muy simples. Muchos de ellos no habían hecho otra cosa en su vida. Trabajaban incansablemente. Eso era comprensible, ya que nuestros contratos estipulaban que nuestros sueldos se calculaban como un porcentaje de las ganancias, el que variaba según la posición de cada uno. Como los argentinos, cuando no estábamos realizando las tareas que nos correspondían de acuerdo a nuestro rol (yo era el oficial argentino a cargo de las comunicaciones) bajábamos a la fábrica a ofrecer nuestras manos para realizar las tareas en las que pudiéramos colaborar, lentamente fuimos ganando la simpatía de la mayoría de ellos. A mí me apreciaban particularmente, supongo que debido a que jamás les hice notar mi jerarquía de oficial. Muchas veces bajé a comer con ellos, lejos del comedor con manteles blancos que estaba reservado para los oficiales. Me gustaba estar con ellos a pesar de mi absoluta ignorancia del idioma, por suerte siempre andaba cerca mi buen amigo Sergey, mi intérprete personal. Eran divertidos, siempre alegres...  



Tal vez por estar lejos de sus familias, o tal vez porque eran rusos nomás, nunca estaban del todo sobrios (con excepción de Sergei, que no soltaba el mate) Sin embargo, nunca estaban completamente ebrios. El capitán Savenkov jamás pisó el puente sin tener un vaso en la mano. Se decía que de estar sobrio no sería capaz de maniobrar el barco de algo más de cien metros con la facilidad que lo hacía. Una infortunada tarde de domingo se me ocurrió pasar por el salón de la tripulación para saludar... Cuando me vieron, prácticamente me obligaron a sentarme con ellos para beber ese brebaje que ni siquiera tenía nombre y que ellos mismo preparaban en la destilería que estaba en el último rincón de la sala de máquinas. "¡Sergio! ¡Rusia tradición!" me repitieron una y otra vez hasta que tuve que aceptar. Utilizaban unos jarros de acero tipo militar de aproximadamente medio litro al que llenaban completamente y que bebían de a uno por vez mientras los demás lo animaban con un coro de "¡hey! ¡hey! ¡hey!" aumentando la velocidad a medida que el contenido del jarrito iba desapareciendo. Pretendían que yo hiciera lo mismo. Me habían sentado entre los dos rusos más grandes que estaban allí. Tuve que hacerlo para que mis secuestradores me dejaran ir. No sé por qué no recuerdo qué pasó después, pero nunca más me acerqué a ese lugar los domingos por la tarde


Tuve oportunidad de compartir con ellos el 31 de diciembre de 1991. Hubo fiesta ese día. Es un hecho sabido que si juntas a unos cuantos rusos, algo de vodka decente y una ocasión festiva, aparecerá un acordeón y habrá risas y baile. Nunca me había divertido tanto en un fin de año. Bailaban sobre las mesas y cantaban... Claro, ese no era un fin de año cualquiera... Esa noche había dejado de existir la Unión Soviética. Excepto unos pocos que miraban el futuro con preocupación, la mayoría estaba llena de esperanza. Nuestro barco estaba casi lleno, en pocos días más estaríamos en puerto... Sin embargo, los problemas pronto comenzaron. Finalmente, en abril de 1992 desembarqué en Ushuaia. Me llevó meses cobrar mi sueldo. Los rusos no tuvieron tanta suerte. Según me enteré luego, trajeron el barco a Buenos Aires, donde quedaron abandonados a su suerte al desaparecer la compañía propietaria. Aquéllos que mostraron preocupación ante la caída de la URSS tuvieron buenas razones. No sólo no les pagaron, sino que ni siquiera los enviaron a casa. Pasaron toda clase de penurias. Ignoro como fue que consiguieron retornar a casa finalmente, aunque recuerdo haberlos visto en la televisión contando su problema. Ojala que algo bueno haya resultado de eso.



jueves, 21 de abril de 2011

XIX - El Efecto Mariposa

"El aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo"
(proverbio chino)

Hay días en los que todo sale mal. Tal parece ser el caso de cierta mariposa que visitó mi patio hace un par de días. No sé cómo habrá comenzado todo, pero ciertamente su vuelo la llevó a quedar atrapada en la tela de una araña.

Mi hijo Jonás y su novia María José la rescataron y la dejaron en libertad, pero inmediatamente acabó dentro de la enorme boca de mi perro Argos que vaya uno a saber por qué no se la tragó. Rescatada por segunda vez milagrosamente con vida y aparentemente completa, ya no volvió a volar. La trajeron entonces a casa. Dentro de un frasco se improvisó una sala de cuidados intensivos para el pobre lepidóptero, fundamentalmente para impedir que el gato pusiera fin al problema en cualquier descuido de nuestra parte. Con la mala suerte que parecía perseguir a nuestro insecto, no hubiera sido sorprendente tal desenlace.

Cómo cuidar a una mariposa herida? Con qué la alimentaríamos? Estaría sufriendo? El padecimiento de tan delicada criatura nos conmovió. La única idea que se nos ocurrió fue darle un poco de agua azucarada, cosa que al principio pareció funcionar. Con alegría festejamos cuando vimos la increíble lengua de nuestra amiguita buscando las gotitas de agua y nos esperanzamos en su recuperación.

Lamentablemente, no hubo éxito. Nuestra mariposa murió a pesar de nuestros deseos. Sin embargo, este evento me hizo pensar en cosas que me hicieron sonreír. Una sonrisa originada en darme cuenta que a pesar de todos los problemas, de todos los enojos, de todas las preocupaciones reales o inventadas, hay en estos chicos un corazón enorme; uno tan grande como para que quepa en él la angustia por el sufrimiento de una mariposa. Si todos fueran así, no dudo de que el mundo sería distinto. Haber compartido con ellos este pequeñísimo acontecimiento lleno de amor me conmovió de una manera que no reconoceré públicamente jamás. Ojala todos encontráramos una mariposa en nuestra vida, todos seríamos un poco mejores personas. Sería este “el efecto mariposa” más bello que pudiera desearse.

domingo, 16 de enero de 2011

XVIII - Pescando con papá

Algunos de los más lindos recuerdos de mi infancia giran alrededor de las excursiones de pesca con mis viejos, especialmente alrededor de 1968-1972. Fuimos a varios sitios como Zárate, San Pedro y otros, pero el gran favorito era Baradero. La actividad empezaba varios días antes, cuando empezábamos a preparar los equipos. Luego, llegaba el día y cargábamos todo en el viejo Hudson 1947 de mi papá (por entonces no era tan viejo…) o un poco después en el Falcon celeste que tuvo durante tantos años y salíamos a la ruta. 
Me encantaba ir a Baradero.  No solo porque siempre pescábamos algo: dorados, surubíes, patíes, bogas, sábalos, grandes bagres y mil cosas más, también amaba aquellas excursiones porque durante esos días estábamos todos juntos. En esos momentos, mis padres dejaban de serlo para convertirse en compañeros de juegos, por decirlo de alguna manera.
Tengo grabadas en la memoria aquéllas cosas que tanto placer me obsequiaban:  el asado preparado con las últimas luces del día en la orilla del río, que incluía algo de pescado cuando lográbamos pescar algo que mereciera ser comido... las oscuras noches sin dormir, alumbrado por un farolito de kerosene al que tanto cariño le tomé, que me acompañaba junto a una pequeña radio portátil para escuchar algo de música, generalmente algo de chamamé que sonaba tan apropiado en ese lugar... despacito para no asustar a aquel gran pez que alguna vez mordería mi anzuelo, mientras fracasaba una y otra vez en contar las estrellas hasta que el formidable espectáculo del amanecer en el río saludado por el canto de los pájaros me dejaba absolutamente extasiado, sin importar cuántas veces lo hubiera contemplado... 
La sensación de aventura cuando alguna tormenta atacaba nuestro pequeño campamento pero no conseguía acobardarnos... Aquél gran pez que arrancó la caña que teníamos clavada en la tierra, sin darnos la satisfacción de por lo menos dejarnos saber qué era.... La ceremonia del mate con bizcochitos que era nuestro desayuno habitual… Ver a mi papá sentado en su sillita plegable con el mate en una mano y el termo en la otra, vigilando las líneas a la espera del pique era una de las cosas que más disfrutaba.

Los años pasaron y esas excursiones quedaron atrás. No creo que hoy pudiera disfrutarlas como entonces. Las estrellas, el río, los amaneceres, los pájaros y los peces todavía deben estar, pero no podría encontrar a mi viejos en sus sillitas con el mate y los bizcochitos… 

 o tal vez sí? 


Mamá en su sillita, esperando el pique

Papá, junto a su nuevo Falcon

Papá, su mate y su sillita...



viernes, 10 de diciembre de 2010

XVII - Algunas observaciones sobre las fiestas de navidad y fin de año

Pocas cosas me resultan tan fastidiosas como las fiestas de fin de año. Son una fuente inagotable de problemas. Veamos:

Un par de familiares que por una razón u otra están peleados y no quieren verse a menos que sea en el funeral del otro, pero si haces una reunión en tu casa debes invitarlos a ambos, de lo contrario parecerá que estás tomando partido por uno de ellos. Claro, siempre queda la opción de invitar a uno de ellos en navidad y al otro en año nuevo, pero eso solo funciona si ambas reuniones las organiza uno mismo. La otra posibilidad, no invitarlos a ninguno, traerá aparejado el resentimiento de ambos. Al final, la culpa termina siendo de uno…

Si las reuniones no se hacen en casa, probablemente recibiremos más de una invitación. Esto suele ser catastrófico. “El año pasado lo pasamos en lo de tu papá, así que este año tenemos que ir a lo de mi mamá” o algo por el estilo. Este tipo de situaciones suelen ser objeto de arduas negociaciones que suelen durar semanas, pudiendo incluso ser necesario todo el mes de diciembre. La solución suele girar alrededor de vagas promesas de compensaciones para la siguiente ocasión.

Recibir a los parientes, amigos y demás en casa, implica un enorme esfuerzo, no sólo económicamente hablando, sino un gran despliegue de mano de obra. Hay que preparar toda clase de comidas que dicho sea de paso, no se nos ocurriría comer en ninguna otra ocasión.  Una fortuna transformada en vitel toné, todo tipo de ensaladas, huevos rellenos, ensaladas de frutas, pollo y/o asado y/o lechón, pan dulce, garrapiñada y turrones de maní Georgalos… la lista es inagotable ¡y todo en la misma noche! Lógicamente, tener todo listo demandará incontables horas de trabajo en la cocina .Por supuesto, no hay que olvidar los preparativos de la casa. Hay que limpiar todo para que quede inmaculado, aun sabiendo que antes de las nueve de la noche la casa tendrá el aspecto de haber sufrido algún tipo de desastre. Finalmente, veremos que todo el mundo parece pasarla de maravillas mientras nosotros corremos de la cocina a la mesa llevando y trayendo… más ensaladas, más vinos, más pollo, el hielo que nunca alcanza, más de esto, más de aquello. Luego llegarán las doce de la noche y estaremos absolutamente exhaustos. No pudimos participar de ninguna conversación. Los pies nos duelen porque hemos estado parados todo el tiempo porque las sillas no alcanzaron, y solo queremos sentarnos a comer algo ya que únicamente pudimos atacar en un descuido de la horda invasora un poquito de ensalada rusa… pero no… ya son casi las doce, hay que traer las copas, la sidra, el pan dulce y que sé yo qué más, no sea que por alguna causa no se haga el brindis con absoluta precisión. Para estos casos, lo mejor es tener la radio o el televisor encendidos para que nos indiquen el momento exacto en que debemos brindar. El salvaje despliegue de pirotecnia podría servir con el mismo propósito, pero como las detonaciones suelen comenzar mucho antes, uno podría llegar a confundirse y brindar un minuto antes… Recuerdo especialmente el tapón asesino de una botella de sidra que, luego de salir como un misil de la botella, golpeó en un mueble, luego en una pared, posteriormente en el techo y acabó impactando en mi ojo con gran precisión.

Ya que hablamos de pirotecnia, quiero hacer notar el sufrimiento que provocan los petardos en todas sus variantes en la mayoría de nuestras mascotas. Casi todos los perros, gatos y demás se enloquecen con esta particular forma de diversión. Nadie que tenga un poco de amor por los animales debería someterlos a esta tortura.

En todas las reuniones con cierta cantidad de asistentes, hay uno o más niños absolutamente insoportables, que por alguna razón inimaginable son el orgullo de sus padres. Verdaderos salvajes que, si uno no les tiene puesto un ojo encima todo el tiempo, son capaces son capaces de atarle una cañita voladora a la cola del gato de la casa. Si hay más de un monstruo, invariablemente acabarán peleando por cualquier razón y no hablemos de lo que puede pasar cuando uno de ellos quiera jugar con el regalo del otro…

No olvidemos el día después… Nos despertaremos más cansados que cuando nos acostamos, tendremos que limpiar el desastre, cuidando de no despertar a alguno que está durmiendo en algún colchón en el piso del living.

Debo reconocer en este punto que todas las observaciones realizadas no aplicaban en absoluto en los años de mi niñez. Adoraba esas reuniones. Recuerdo la emoción de abrir los obsequios junto al árbol que armaban mis viejos y que decoraban con esmero. Recuerdo especialmente que usaban algodón para simular la nieve en sus ramas. En realidad era feísimo, pero eso no importaba. Cuando se reunía toda la familia era una verdadera fiesta.  Pero todo eso quedó atrás… mis viejos ya no están, mis primos ya no vienen a jugar conmigo, nadie me deja juguetes en el árbol…

En fin… Debo terminar aquí esta crónica. Debo ir a hacer la lista de las compras navideñas… Feliz navidad a todos y mis mejores deseos para este nuevo año.

lunes, 22 de noviembre de 2010

XVI - Mis favoritas

Les presento aquí el listado de mis cincuenta películas favoritas, Como corresponden a diversas épocas y géneros no es fácil compararlas, así que las he ordenado cronológicamente. No fue fácil hacer esta lista, tal vez he dejado afuera a algunas que deberían estar. No hago ningún juicio de valor sobre la calidad de los filmes. No soy crítico y de todas maneras, navegando por internet encontrarán montones de crítitas de estas películas. Simplemente se trata de que me han gustado.

Fantasía (1940)
Dir: Varios
Animación
No puedo evitar relacionar esta película con mi niñez. Un recuerdo imborrable... la vi en el cine "Helios" de El Palomar, aproximadamente cuando tenía 9 años. Salí del cine enamorado de la música.

El Viejo y el Mar (1958) The old man and the sea
Dir: John Sturges
Spencer Tracy
Otra película que vi siendo un niño y que me conmovio muchísimo. La obstinación del viejo para conseguir derrotar al pez que tanto respetaba me impresionó profundamente. 

2001: Odisea espacial (1968) 2001: A Space Odyssey
Dir: Stanley Kubrick
Keir Dullea, Gary Lockwood
La vi dos o tres veces hasta que tuve que aceptar que no entendía el final. No me quedó otra alternativa: Tuve que comprar el libro.

Infierno en el pacífico (1968) Hell in the Pacific
Dir: John Boorman
Lee Marvin, Toshiro Mifune
En mi modesta opinión, una verdadera joyita. El incómodo final de la película siempre me inquietó mucho. Un monumento a la estupidez humana

La Naranja Mecánica (1971) A Clockwork Orange
Dir: Stanley Kubrick
Malcolm McDowell, Warren Clarke, James Marcus, Michael Tarn
Película absolutamente inclasificable. La libertad del individuo contrapuesta al interés de la sociedad... tema espinoso.

Los Perros de Paja (1971) Straw Dogs
Sam Peckimpah
Dustin Hoffman, Susan George
Es que cualquiera de nosotros puede convertirse en una verdadera bestia si nos empujan lo suficiente?

El Día del Chacal (1973) The Day of the Jackal
Dir: Fred Zinneman
Edward Fox, Alan Badel, Michael Lonsdale
Una adaptación fiel del libro de Frederick Forsyth. Me encantó. Después Hollywood se encargaría (una vez más) de arruinar esta joyita con el filme interpretado por Bruce Willis

Jesucristo Superstar (1973)
Dir: Norman Jewison
Ted Neeley, Carl Anderson, Yvonne Elliman
Provocativa, muy bien realizada. Me gustó muchísimo, no sé cuántas veces la he visto.

La Patagonia Rebelde (1974)
Dir: Héctor Olivera
Luis Brandoni, Héctor Alterio, Pepe Soriano, Federico Luppi, Osvaldo Terranova.
Una de las mejores películas argentinas que he visto, en ella puede verse a los mejores actores del país en una historia que todos deberíamos conocer.

Primera Plana (1974) The Front Page
Dir: Billy Wilder
Jack Lemmon, Walter Matthau, Susan Sarandon
Entretenida historia ambientada alrededor de 1930, filmada en 1974 y que nos demuestra que nada ha cambiado

Maratón de la Muerte (1976) Marathon Man
Dir: John Schlesinger
Dustin Hoffman, Laurence Olivier, Roy Scheider
Una actuación memorable de L. Olivier que hace que se le hiele la sangre a uno.

La Cruz de Hierro (1977) Cross of iron
Dir: Sam Peckinpah
James Coburn, James Mason, Maximilian Schell, David Warner.
Una de las mejores películas de guerra que haya visto. Una vez más, la estupidez humana al descubierto. Genial Maximilian Schell.

El Socio del Silencio (1978) The Silent Partner
Dir: Daryl Duke
Elliott Gould, Christopher Plummer
Suspenso desde el principio hasta el final. De lo mejor del género.

Expreso de Medianoche (1978) Midnight Express
Dir: Alan Parker
Brad Davis, John Hurt
Un clásico de todos los tiempos, Uno podría creer que es una película más sobre cárceles, pero nada más alejado de eso. Alan Parker es un maestro.

La Jaula de las Locas (1978) La Cage aux Folles
Dir: Edouard Molinaro
Ugo Tognazzi, Michel Serrault
Pocas películas me han hecho reír tanto. Se filmó una versión americana con Robin Williams y Gene Hackman que no estuvo mal, pero sigo prefiriendo la vieja versión francesa.

Alien (1978)
Dir: Ridley Scott
Tom Skerritt, Sigourney Weaver
“En el espacio, nadie oirá tus gritos” decía la promoción de la película. En el cine, sí. Fue la única película que haya visto en el cine con mi papá. Solo eso sería suficiente para hacerla especial.

All That Jazz (1979)
Dir: Bob Fosse
Roy Scheider, Jessica Lange, Leland Palmer.
No soy muy amante de las películas musicales, pero esta es una excepción. La veo cada vez que aparece en la tele.

La Vida de Brian (1979) Life of Brian
Dir: Terry Jones
John Cleese, Michael Palin
Deliciosa. Ironia social, política y religiosa. Imperdible

Los Unos y los Otros (1981) Les uns et les autres
Dir: Claude Lelouch
Richard Bohringer, Jacques Villeret, Jean-Claude Brialy, Jean-Pierre Castaldi, Evelyne Bouix, Fanny Ardant, Nicole Garcia, Feodor Atkine, James Caan, Robert Hossein, Geraldine Chaplin, Daniel Olbrychski
Qué importa si es larga... Muestra tanta belleza…

Submarino (1981) Das Boot
Dir: Wolfgang Petersen
Jürgen Prochnow, Herbert Grönemeyer
Soberbia película, con una no menos soberbia puesta en escena magníficamente documentada. Claustrofóbica y angustiante

Gandhi (1982)
Dir: Richard Attenborough
Ben Kingsley, Candice Bergen
Gran clásico del cine, aunque no reconocido por todos. Ganó 9 oscar y eso no es poco. Todo en esta película me parece magnífico, respira grandeza por todos sus lados, vestuario, diálogo, fotografía... y en la cumbre de todo estos factores se encuentra Ben Kingsley, impresionante

La cosa de otro mundo (1982) The Thing
Dir: John Carpenter
Kurt Russell, Wilford Brimley, David Clennon
Gran película que desarrolla el ABC de toda buena peli de terror: a) escenario inhóspito y aislado b) una criatura terrible y desconocida, c) no puedes fiarte de nada ni de nadie.

Tootsie (1982)
Dir: Sydney Pollack
Dustin Hoffman, Jessica Lange, Teri Garr
Película para disfrutar, pasando un rato de lo más agradable. Magnífica interpretación de Dustin Hoffman

Christine (1983)
Dir: John Carpenter
Keith Gordon, John Stockwell, Alexandra Paul
Basada en un libro de Stephen King, Christine es un Plymouth Fury de 1958, rojo y blanco, pero no es un auto cualquiera. En su interior se aloja el mismísimo diablo.

Amadeus (1984)
Dir: Milos Forman
F. Murray Abraham, Tom Hulce
Mediocres del mundo... yo os absuelvo! Para decirlo en una palabra: Impecable.

La Historia sin Fin (1984) The NeverEnding Story
Dir: Wolfgang Petersen
Barret Oliver, Gerald McRaney, Deep Roy
A pesar de ser una película infantil, cualquier adulto que la vea prestando atención, podrá darse cuenta que no sólo es para niños. Conmovedora.

Esperando la Carroza (1985)
Dir: Alejandro Doria
Luis Brandoni, China Zorrilla, Antonio Gasalla
El mejor humor negro que haya visto. De lo mejor que ha dado el cine nacional.

Cocoon(1985)
Dir: Ron Howard
Don Ameche, Wilford Brimley, Hume Cronyn, Jessica Tandy
Ciencia ficción, sí… pero eso es lo menos importante. La historia es muy tierna e invita a reflexionar.

El nombre  de la rosa (1986) Der Name der Rose
Dir: Jean-Jacques Annaud
Sean Connery, Christian Slater, F. Murray Abraham
Thriller medieval que le hubiera encantado a Sherlock Holmes. Sean Connery, grandioso.


Los Intocables (1987) The Untouchables
Dir: Brian de Palma
Kevin Costner, Sean Connery, Charles Martin Smith, Andy García, Robert de Niro,
Muy buena pelicula,con un reparto de lujo donde Sean Connery y Rober de Niro destacan por encima del resto.

Un Príncipe en N.York (1988) Coming to America
Dir: John Landis 
Arsenio Hall  Eddie Murphy  Samuel L. Jackson, James Earl Jones
Es ideal para reír un buen rato. No pretende nada más, pero igual ocupa un lugar en mi listado de favoritas.

Conduciendo a Miss Daisy (1989) Driving Miss Daisy
Dir: Bruce Beresford
Jessica Tandy, Morgan Freeman
De algunas películas se puede decir simplemente que son mágicas, sin saber muy bien que razones dar. Esta es una de ellas.

Los Sueños de Akira Kurosawa (1990) Dreams
Dir: Akira Kurosawa
Martin Scorsese, Akira Terao, Mitsuko Baishô
Inclasificable, surrealista, llena de belleza. Excelente película digna del maestro Akira Kurosawa

El Silencio de los inocentes (1991) The Silence of the Lambs
Dir: Jonathan Demme
Jodie Foster, Anthony Hopkins
Esta película es un clásico de la cinematografía contemporánea. Varios premios Oscar incluyendo mejor película, director, actriz y actor hacen superfluo cualquier comentario mío.

Perfume de mujer (1992) Scent of a woman
Dir: Martín Brest
Al Pacino, Cris O'Donnell
Cátedra de actuación a cargo del profesor Al Pacino. Impecable por donde se la mire.

Philadelfia (1993)
Dir: Jonathan Demme
Tom Hanks, Denzel Washington
Tal vez sea porque me enferma toda clase de discriminación, esta película me impresionó mucho.

Forrest Gump (1994)
Dir: Robert Zemeckis
Tom Hanks, Robin Wright Penn, Gary Sinise
Otra de Tom Hanks… una pelicula que gano el Oscar a mejor filme y otro a Tom Hanks como mejor actor. 

La verdad Desnuda (1996) Primal Fear
Dir: Gregory Hoblit
Richard Gere, Edward Norton, Laura Linney
La verdad? El final me tomó completamente por sorpresa. Grande, Edward Norton… una de mis favoritas sin ninguna duda.

Horizonte Galáctico (1997) Event Horizon
Dir: Paul W.S. Anderson
Laurence Fishburne, Sam Neill
Ciencia ficción? Terror? Sin recurrir a monstruos babeantes, ni a asesinos con motosierra, es capaz de provocarte un escalofrío de puro terror. De lo mejor que ha dado el género.

El Aprendiz (1998) Apt Pupil
Dir: Bryan Singer 
Joshua Jackson  David Schwimmer  Ian McKellen 
Un filme oscuro, morboso y complejo, me pareció una joya del cine

El Violín Rojo (1998) The Red Violin
Dir: François Girard
Samuel L. Jackson, Jason Flemyng
Una de las mejores películas que haya visto. Casi desconocida, no he sabido de nadie más que la haya visto a excepción de mi hijo Jonás. Con un maravilloso poder de síntesis, luego de haberla evaluado luego de verla dos o tres veces, la describió como "Una jodida obra de arte"

Ronin (1998)
Dir: John Frankenheimer
Robert De Niro, Jean Reno, Natascha McElhone
Muy buena. Producto de juntar una buena historia con mucha accion. Imperdible la persecución en el centro de la ciudad.

Sexto sentido (1999) The Sixth Sense
Dir: M. Night Shyamalan
Bruce Willis y Haley Joel Osment
Una joyita. Para mi una de las mejores películas de suspenso que vi en mucho tiempo.

The Matrix (1999)
Dir: Andy y Lana Wachowski
Keanu Reeves, Laurence Fishburne
Esta magnífica pieza de cinematografía filosófica creará escuela y seguidores de veneración y culto por las décadas de las décadas. Ya me darán la razón.

Buscando a Forrester (2000) Finding Forrester
Dir: Gus Van Sant
Sean Connery, Rob Brown, F. Murray Abraham
Una más que interesante película que nos habla sobre la amistad, la lealtad, el éxito, el fracaso, los miedos, sobre la experiencia y el talento innato.

Hombres de Honor (2000) Men of Honor
Dir: George Tillman, Jr.
Robert de Niro, Cuba Gooding
Me encanto la película la interpretación de Robert de Niro es fantástica

Nueve Reinas (2000)
Dir: Fabián Bielinsky
Ricardo Darín, Gastón Pauls
Otra joyita del cine nacional. Ya llegará el día que la filmen en Hollywood una versión yanqui y la echen a perder.

El Hijo de la Novia (2001)
Dir: Juan José Campanella
Ricardo Darín, Héctor Alterio, Norma Aleandro
Cómo no terminó ganando un Oscar esta película? Es una injusticia!

Los Otros (2001) The Others
Dir: Alejandro Amenábar
Nicole Kidman, Alakina Mann, James Bentley
Si toda la película es una obra de arte, qué decir entonces del final? Es el broche de oro a un gran trabajo y uno de esos desenlaces con un giro de los acontecimientos inesperado. Muy buena

Elsa y Fred (2005)
Dir: Marcos Carnevale
China Zorrilla, Manuel Alexandre, Federico Luppi
Una clase magistral del arte de la interpretación, Para aplaudir de pie.

martes, 16 de noviembre de 2010

XV - Para qué sirve el Universo?

En el Principio, todo era oscuridad y silencio. Fue en ese momento, más o menos a las tres de la mañana, cuando apareció el primer mosquito. Su picadura me despertó y su zumbido impertinente no me dejó volver a dormir. Finalmente no me quedó otra opción que levantarme para ir a buscar el insecticida a la cocina. Cuando acabé con ese grupito de pequeños monstruos en mi habitación y a pesar de que apagué la luz ya no fue posible volver a conciliar el sueño. Mientras trataba de rascarme en la espalda donde me había picado (justo ahí, donde no hay manera de hacerlo), me puse a pensar que ese insoportable díptero nematócero tenía su lugar entre los seres vivos, ya sea porque así lo había dispuesto Dios o porque se había ganado el derecho a existir a través de millones de años de evolución.

Yo he leído bastante, he visto cuanto programa he encontrado en Discovery Channel o en National Geographic Channel y he visto las sagas completas de La Guerra de las Galaxias y de Viaje a las Estrellas entre otras cosas, y si algo tengo claro, es que el universo es muy grande. Soy consciente de que soy un minúsculo punto en un mundo que es poco más que un grano de arena girando alrededor del sol, que no es más que una estrella corriente como unas cien mil millones de otras estrellas con sus miles de millones de planetas que forman nuestra galaxia, la que es una galaxia corriente entre miles de millones de otras galaxias…

Debo señalar en este punto que nunca creí en la Creación tal como se describe en la Biblia. Es ilógica. Entre otros puntos tenemos, por ejemplo, que podemos ver galaxias distantes a miles de millones de años luz de distancia, por lo tanto, estamos viéndolas como eran hace miles de millones de años, lo que choca de frente con la enseñanza de que el mundo tiene unos cuantos miles de años y nada más. Luego tenemos la presencia de fósiles de seres que vivieron millones de años antes que el primer hombre, lo que demostraría que la vida comenzó a experimentar múltiples variaciones antes de llegar a nosotros. Puedo también señalar decenas de argumentos en un sentido similar. Además… Para qué se tomaría el Hacedor el trabajo de crear un universo con una cantidad inimaginable de galaxias, estrellas y planetas para hacer Su Obra en un planetita en un rincón olvidado de la Vía Láctea? Y si sólo fuéramos su taller de pruebas? el laboratorio donde hace sus ensayos?

Por otra parte, sabemos que nuestro planeta tiene aproximadamente 5.000 millones de años y que el universo tiene unos 14.000 millones de años, días más o menos. Sin embargo, hay una o dos cosas que no entiendo… El Big Bang, la gran explosión que originó todo… por qué se produjo? Si antes de eso no existía nada, ni siquiera el tiempo, ¿de dónde salió toda esa materia, toda esa energía? Han tratado de explicármelo, pero si tengo que decir la verdad, nunca entendí absolutamente nada. Francamente, en este punto se acaban mis argumentos.

También pensé que toda mi vida no será más que un parpadeo en el tiempo. Por qué nací en este momento del tiempo, en este lugar? Pude haber sido rico o pobre, o pude haber sido un perro o tal vez un insoportable mosquito. Hace algunos años vi una lámina con la foto de un ratoncito mirando a la cámara y se preguntaba “Por qué justo a mí me tenía que tocar ser yo?” Me resultó gracioso en el momento, pero nunca pude sacarme esa pregunta de mi cabeza. También podría haber ocurrido que simplemente, no hubiera nacido jamás. El caso es que aquí estoy. A veces tengo la sensación de que los miles de millones de años anteriores no existieron, de que todo comenzó con mi llegada, como si fuera todo una escenografía preparada para mí, en el mismo sentido, me pregunto que sucederá cuando no esté. Se desvanecerá todo como un sueño? Por supuesto, todo esto es solo una sensación. El Universo existía antes que yo y continuará impertérrito cuando yo desaparezca. En realidad, no le importa que yo exista o no. En ese contexto, no solo yo soy un cero. La humanidad toda podría desaparecer mañana y los planetas seguirían su camino en el cosmos como si tal cosa. Nadie expresaría en ningún confín del universo ni una palabra de pesar. 

Y después… dentro de algunos miles de millones de años más, el universo se irá enfriando lentamente. Las estrellas se irán muriendo y la materia irá desapareciendo, la Nada se irá adueñando de todo, toda la vida en cada rincón del cosmos llegará a su término y finalmente hasta el tiempo llegará a su fin... Y todo esto, para qué habrá sido? Porque seguramente existe un plan, un objetivo, una razón de ser, no?? Alguien puede decirme para qué sirve el Universo? 

Cómo odio los mosquitos!!

martes, 14 de septiembre de 2010

XIV - Diez Segundos

Es increíble lo que puede pasar en diez segundos. En menos que eso, incluso. Eso lo aprendí hace unos cuantos días. La madrugada del 31 de agosto. La una de la mañana, Ruta 9, cerca de San Pedro. En ese momento, un viaje de placer se convirtió en una pesadilla. Jonás conducía. De alguna manera, lo que unos segundos antes era un viaje normal se convirtió en un desastre. El auto dando una... dos... tres vueltas y de repente… la oscuridad total, el silencio espantoso y para mí, el terror absoluto. Fueron sólo unos pocos segundos los que necesité para saber que estaban todos vivos, pero fueron los peores segundos que he vivido.

Buscando en la oscuridad y bajo la lluvia los muñequitos de peluche de María José, que estaban desparramados a lo largo de más de veinte metros contados desde donde quedó el auto, me preguntaba por qué lo estaba haciendo. Lastimado, golpeado, aturdido, habiendo extraviado cosas más urgentes como mis documentos, celulares, dinero, tarjeta de crédito… pero buscaba los perritos de peluche de María José. Jonás se me unió a la búsqueda hasta que los encontramos todos. Cuando encontré el primero, fui corriendo a llevárselo a ella, que estaba en una camilla que habían traído los del equipo de socorro. Cuando se lo puse en la mano, ella lo tomó con fuerza y se puso a llorar. Ahí me di cuenta de por qué los busqué.

Dicen que ante la inminencia de un acontecimiento potencialmente fatal, uno ve pasar la propia vida frente a sus ojos… para mí no fue así. Todavía estaba nuestro auto dando vueltas y vueltas, y en lo único en que pensaba era en los chicos que estaban conmigo en el auto. Cómo podría seguir viviendo si algo le pasaba a alguno de ellos? No tuve miedo por mí en ningún momento, sólo podía pensar en mi hijo y en los demás que estábamos allí. Tengo pesadillas que evocan esos segundos en los que no sabía si mi hijo, su novia o alguno de nuestros amigos que nos acompañaban estaban vivos. Supongo que probablemente, las tendré durante años.


Dicen también que ante un hecho así, uno se replantea las prioridades en la vida. Tampoco es mi caso. Siempre supe que lo único importante en la vida son los afectos. Sólo me convencí de que estaba en lo cierto. Como le dije a Jonás en el hospital, mi idea de felicidad completa en ese momento, era poder abrazarlos a todos. Sigo pensando lo mismo.