martes, 11 de mayo de 2010

XI - Como el viejo álamo

El otoño llega y el viejo álamo pierde sus hojas una a una. Sin embargo, le ha quedado una hojita que se mantiene verde, que se niega a morir… parece que esta hojita rebelde es la que mantiene con vida al cansado árbol, con su fea corteza llena de cicatrices… montones de hojas que se han ido marchitando una a una hasta morir y caer silenciosamente como mis sueños. Todas caen dejando al otrora orgulloso árbol convertido en un fantasma de lo que fue. Todas, menos esa pequeñita, que soporta la furia de los fríos vientos y la lluvia helada. Contra toda lógica, se mantiene verde. Le recuerda al árbol que a pesar de lo triste y gris que parece todo ahora, la primavera llegará y mil nuevas esperanzas brotarán y con ellas todo su esplendor regresará. El viejo árbol ama a esta única hojita, querría abrazarla, pero por más que lo desee no puede hacerlo. Sólo le queda esperar que algún día algo maravilloso suceda.

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Como el viejo álamo, así me siento hoy…

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Tuve montones de sueños que se han ido marchitando uno a uno hasta morir y caer silenciosamente como sus hojas… sin embargo, hay uno que insólitamente permanece verde y que me mantiene con vida, que me sostiene en la esperanza de que una nueva primavera pueda ser posible. No es fácil. El frío, los días interminables y grises, a veces hacen que esa primavera soñada parezca estar del otro lado del universo, pero esa hojita se mantiene aferrada a su ramita… Amo a este sueño… quisiera abrazarlo y hacerlo realidad, pero por más que lo desee no puedo hacerlo. Sólo me queda esperar que algún día algo maravilloso suceda.

X - El nacimiento de Jonás


1. Donde no me dejan dormir (Parte 1ª)
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Aquel 30 de mayo de 1984 pasamos el día y la mayor parte de la noche en casa de mi prima Beba, jugando a las cartas o al TEG, no me acuerdo bien. Como de costumbre, llegamos muy tarde a casa. En esos días estaba yo sin trabajo, y teníamos bastante tiempo libre. La proximidad del nacimiento de mi primer hijo (el único, como se vería más adelante) era un asunto que, contrariamente a lo que se esperaba de un padre decente, no era un tema que realmente me preocupara. Estaba absolutamente convencido de que todo saldría bien, que no había de que preocuparse, así que no me preocupaba en absoluto. El caso es que llegamos a casa como a la una de la mañana del 31 de mayo, el día en que nada pasó como se suponía que debía pasar.
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Hacía mucho –pero mucho– frío... amenazaba llover, así que esa fue una excelente excusa para irnos a la cama y tomarnos una –o dos– copas de licor de café antes de dormir. Por aquellos años, me gustaba beber algo de alcohol... Nos quedamos conversando tranquilamente hasta cerca de las dos. Finalmente, decidimos que era buena hora para iniciar el sueño reparador después de una jornada agotadora.
Según me contó Patricia luego, alrededor de las tres comenzó a sentir que la madrugada no iba a ser tan tranquila como teníamos planeado. Intentó despertarme, fracasando estrepitosamente en la tarea. Una vez que se hubo convencido de lo inútil del esfuerzo, optó por hacer algo más práctico: Preparó su bolsito, se bañó, se vistió, y cuando estuvo todo listo, intentó nuevamente despertarme. Recuerdo vagamente haberle pedido un café... Fue entonces que gritó como si estuviera poseída “¡SEEEERGIOOOOO! ¡NO PUEEEDO MÁAAAAS!” Seguida por una invocación a mi madre que me pareció de muy mal gusto, seguida de varias expresiones más, todas impropias en una madre pronta a dar a luz.
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Tengo que reconocer que funcionó... Salté de la cama y caí de pie junto a la mesita de luz, ya vestido. Completamente despierto, la vi recostada en el marco de la puerta, con expresión de un dolor intenso (o de un odio intenso, no estoy seguro) Todavía pensando en eso, la oigo decir muy despacito, probándome que sufría de un dolor insoportable (o de un odio asesino) “Vamos al Hospital...”

2. Donde se demuestra lo difícil que es conseguir un taxi cuando se está apurado.

Vivíamos en un lindo departamentito en la calle Gurruchaga, a una cuadra y media de la Avenida Santa Fe. Sin embargo, a esa hora era un desierto. Para tener alguna posibilidad de conseguir un taxi, caminamos hasta Serrano y Santa Fe, frente a Plaza Italia... donde esperamos fácilmente una media hora –al menos a mi me pareció media hora- Como estaba lloviendo un poco, y había un viento que te arrancaba la piel, a Patricia la dejé refugiada en la entrada de un edificio, mientras yo, en el cordón de la vereda, hacía señas a cuanto auto veía. El primero en parar fue un taxi grandote, un Falcon, creo. Lo recuerdo porque me alegró que fuera un auto grande, así ella podría recostarse en el asiento y yo me subiría adelante. Había abierto la puerta de atrás, cuando el taxista la ve venir a Patricia con su enorme panza y el gesto de dolor. Entonces hizo lo que cualquier amante de su lustroso auto hubiera hecho: arrancó de golpe, con la puerta abierta y todo. Paró media cuadra más adelante, solo para cerrar la puerta y huir después en la oscuridad. Allí quedamos... varios minutos más.
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Eventualmente, un taxi finalmente paró y aceptó llevarnos al hospital. Al fin y al cabo, eran unas pocas cuadras ¿Qué podría salir mal? Para sacarse el problema lo más rápido posible, o para que la futura madre recibiera atención lo antes posible, convirtió al modesto Renault 12 en un Fórmula Uno, y no se detuvo hasta habernos dejado dentro del hospital. Ingresó por la entrada de las ambulancias y casi nos lleva hasta la habitación. Nos deseó mucha suerte, y no recuerdo si le pagué. Me parece recordar que no quiso cobrarme. Me reconcilié con el gremio de choferes de taxis, y le retiré la maldición eterna que había arrojado sobre ellos por culpa del primer conductor unos minutos antes.

3. Donde recupero transitoriamente mi soltería.

Ya dije que entonces estaba sin trabajo, lo que equivale a decir que no tenía obra social. Como el padre no había denunciado todavía el matrimonio de su hija, seguía disfrutando de la obra social del Ejército, que mi suegro usaba por ser militar retirado. El único problema, era que Patricia solo tenía derecho a los beneficios mientras fuera soltera, y hacía veintisiete días que estábamos casados (El Mayor Jiménez, o sea mi suegro, por aquellos días me miraba bastante feo. Creo que albergaba la sospecha de que la hija se había casado embarazada). La solución, fue no decir nada del casamiento, decir que era soltera y que yo no era nadie... un amigo, si acaso. Lamentablemente, el truco salió tan bien que no se me permitió asistir al parto. Constantemente alguien me preguntaba quien era, me echaban de todas partes. En el Hospital Militar no son muy hospitalarios... Tengo la firme convicción de que mi querido suegro hubiera estado feliz si me hubiera ido a casa.

4. Donde además de solteros, estamos separados.

Cuando ya estaba instalada en su habitación privada del décimo piso, con una hermosa vista de la avenida Luis M. Campos, y ya que yo estaba sin saber que hacer, molestando en donde nada tenía que ver conmigo, Patricia me pide que fuera a llamar a su hermana Marcela y a su papá. Contento por tener algo que hacer, fui hasta la calle buscando un teléfono. Hice las llamadas y aproveché para comprar el “Clarín”.
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Con los años lamentaría no haber guardado ese ejemplar, como recuerdo del día en que nació mi hijo, pero eso no viene al caso ahora. El caso es que recordé mi café, así que fui a la cafetería a desayunar mientras hojeaba algo aburrido los titulares del diario. No veía motivos para ayunar ni para correr, así que disfruté de mi merecido café con leche y tres medialunas. Un rato después recordé a Patricia y volví a la habitación, para comunicarle que sus familiares venían corriendo, aunque no sabía bien para qué...
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Cuando entré en la habitación, la encontré vacía. “Estará en el baño”, pensé, pero la puerta estaba abierta y dentro del baño no había nadie. “Bueno... la habrán venido a buscar para hacerle algún exámen” Entonces ví las pantuflas de ella, prolijamente acomodadas junto a la cama. “Uh. Eso quiere decir que no se fue caminando de acá... tal vez la llevaron a la sala de partos... ¡Qué guacha...! ¿Por qué no me esperaría?“ No habiendo nada mejor que hacer, quise seguir leyendo el diario, por lo que me acomodé en la cama que ahora estaba vacía y me concentré en las noticias. Habré leído unas cien palabras y me quedé profundamente dormido.

5. Donde no me dejan dormir (Parte 2ª)

Serían las nueve de la mañana cuando una serie de insultos me sobresaltaron. Me había quedado dormido con el diario tapándome la cara. Me senté en la cama y una enfermera enorme me miraba como si estuviera a punto de masticarme un ojo, mientras me increpaba preguntándome “¿Qué clase de padre es usted?... ¿Cómo puede dormir con su mujer en la sala de partos? ¿Sabe ella la clase de monstruo que es usted?” Todo esto a los gritos, con su cara a menos de treinta centímetros de la mía y su dedo índice casi tocándome la punta de la nariz... “Por si llegara a interesarle, aunque no creo, su esposa ya tuvo familia” Yo, que me sentía muy avergonzado, agradecí la oportunidad de poder decir algo y le pregunté que había sido “Un varón.” Me dijo y pegó un portazo. Me quedé pensando como era posible que supiera que era mi esposa, y llegué a la conclusión de que no sabía que ella era soltera, por lo que supuso que yo debía ser el esposo, acertando sin querer. Me levanté, estiré las sábanas lo mejor que pude y me ubiqué en un silloncito que había en un rincón a esperar... Pasó un rato largo, por lo que terminé la lectura del diario, y ya estaba a punto de ir a preguntar si había alguna novedad cuando Patricia volvió a la habitación, escoltada por varios médicos, lo que en otras palabras equivale a decir que me echaron una vez más de la habitación. No pude entrar hasta pasado un buen rato, cuando se hubieron ido todos.

6. Donde nadie parece entenderme. 

Cuando entré, encontré a Patricia muy dolorida. Algo había salido mal, me explicó que lo que había comenzado como un parto normal, terminó siendo una cesárea de emergencia, sin anestesia ni nada. Estaba muy enojada conmigo, preguntándome como era posible que yo no estuviera en la salida de la sala de partos con los otros papás nerviosos que caminan en círculos frente a la puerta de la sala, preguntando a todos los que entran o salen por esas puertas qué novedades hay... Traté de explicarle que no estaba allí, porque estaba muy tranquilo, absolutamente convencido de que no había ninguna posibilidad de que hubiera ningún problema, que no era desinterés mío, solo tranquilidad... en eso cae Marcela y me parece que mi suegro también. Tomar conocimiento de lo ocurrido no ayudó a hacernos amigos... Mi cuñadita también me dijo una o dos barbaridades que no vale la pena citar aquí. Mi esposa (aunque el matrimonio estuviera momentáneamente suspendido, seguía siendo mi esposa) mi cuñada, mi suegro y hasta una enfermera me habían insultado en menos de media hora... estaba confundido. ¿Qué hice mal? Me preguntaba sin poder dejar de bostezar.

7. Donde descubro que mi hijo es el más lindo... aunque no sé cuál es

Mi amiga, la enfermera volvió a la habitación para informar que el bebé ya estaba en la nursery, y que podíamos ir a verlo. Me mira y me dice “hasta usted” con una expresión que me recordaba a la de Patricia en la mañana temprano, en casa; y no creo que la enfermera estuviera dolorida. Todos salieron corriendo a ver al recién llegado, yo alcancé a decir “Pero... ¿No lo van a traer acá para que lo amamante?” Me dijeron que sí, en un rato, tal vez una media hora, así que si quería conocerlo debía ir a la nursery. Patricia me miró con esa mirada que no admite argumentos en contra y me dijo “Andá a verlo” por lo que, logicamente, fui a conocer a mi hijo. Cuando llegué, Estaban mi suegro, mi cuñada y China, la señora de mi suegro, los tres apretujados en la puerta mirando las cunitas. “¡Qué tontos son...! Apretujados ahí, tan lejos de las cunitas, en lugar de entrar por acá...” Entusiasmado por mi superioridad intelectual, quise entrar orgullosamente a la nursery, para descubrir una pared invisible... el vidrio más limpio que vi (o mejor dicho, que no ví) en toda mi vida. Por suerte era muy grueso, así que no lo rompí, aunque me di un golpe tremendo en la cara. Encima, desperté a todos los bebés, que empezaron a llorar... Aunque no las escuché, creo que tendría que agregar a las tres enfermeras que estaban allí a la lista de las personas que me insultaron aquella mañana. Una vez superado el inconveniente, vi que mi bebé era el más lindo de todos... fuera cual fuere el mío entre los aproximadamente veinte bebés que allí se encontraban, ubicados en sus cunitas como para un desfile militar.
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Algún ser malvado de perversas entrañas le contó a Patricia lo sucedido, pero lo perdoné cuando trajeron a Jonás (aunque todavía no tenía ese nombre. Estuvo dos o tres días sin uno, estábamos convencidos de que sería una niña. Tanto, que no se nos había ocurrido pensar un nombre de varón. Pero esa es otra historia) Cuando comenzó a mamar olvidé todos los problemas que me habían parecido importantes hasta ese día y comenzó una nueva etapa en mi vida, con grandes satisfacciones y problemas nuevos, pero llena de maravillas todos los días.

8. Donde huimos del hospital

En la mañana del 2 de junio le dieron el alta a quien se llamaría Jonás (sin nombre todavía entonces) Pero a Patricia, que estaba muy lastimada, le dijeron que tendría que esperar por lo menos hasta el lunes 4. Después de la una de la tarde de ese sábado, cuando solo quedaba en el hospital solo gente de guardia, ella se vistió como pudo, yo iba delante de ella unos metros para asegurarme de que no había nadie que pudiera vernos, y nos ingeniamos para llegar hasta la calle y buscar un taxi, esta vez sin mayores dificultades para volver a nuestra casa. Yo estaba feliz por el bebé, pero en ese momento solo quería acostarme y dormir... hacía ya casi tres días que no sabía lo que era dormir realmente... lejos de imaginar que las noches de sueño tranquilo habían pasado a ser historia. Mamaderas, pañales, acunar a mi hijo y muchas otras cosas me aguardaban para que no volviera a ver una almohada de cerca por mucho tiempo.


Pero valió la pena.
31 de mayo de 2004

domingo, 9 de mayo de 2010

IX - Unas cuantas flores

“Yo no voy a vivir lo suficiente para verlo… pero vos tenés que seguir adelante, terminar la escuela primaria, después la secundaria…”  
Nunca voy a olvidar estas palabras de mi mamá. En su momento, me impresionaron mucho… Por supuesto, vivió lo suficiente para verme terminar la escuela primaria.
“Yo no voy a vivir lo suficiente para verlo… pero vos tenés que seguir adelante, terminar la escuela secundaria, luego seguir alguna carrera…”
Esta frase, aparte de cierta sensación de déjà vu, ya no me impresionó tanto. Mamá era una verdadera experta en eso de estar siempre a punto de morirse. Desde que tengo memoria, vivía tomando todo tipo de medicamentos. Tenía todas las enfermedades conocidas y varias más. Me sorprende que ninguna llegara a llevar su nombre. De todas maneras, siguió acompañándome varios años más. Acabé mi secundaria, entré a la Escuela de Náutica, me convertí en un oficial de la Marina Mercante
“Lastima que yo no vaya a vivir lo suficiente para verte casado y conocer a mis nietos…”
Otra vez falló en su pronóstico. Me vio casado y conoció su nieto. Tuvo la oportunidad incluso de verlo crecer durante varios años. Sin embargo, el día tantas veces vaticinado llegó finalmente durante el año 1997 a los 73 años.

Es en ese día que quiero enfocarme

Llegamos con mi hermano y mi papá al sanatorio en el que ella estaba internada en terapia intensiva. Esperamos pacientemente en la sala de espera que llegara el horario de visita. Justo antes de eso, un médico informaba el estado de cada paciente a los familiares. Cuando nos tocó el turno, nos informaron que había fallecido, que había sufrido un paro cardiorrespiratorio del que no pudieron rescatarla a pesar de los esfuerzos realizados. Luego de darnos la noticia con menos emoción que la que pone el encargado de informes del ferrocarril cuando le preguntan por los horarios de los trenes, lo único que dijo fue “quién sigue?” Mi viejo dijo tranquilamente “muchas gracias” se dio vuelta y se dirigió a la oficinita para reclamar el cuerpo. Esa tranquilidad me pareció muy fuera de lugar, tanto que me preocupó más que cualquier otra reacción posible.

Pocas horas después, estábamos velando a mi mamá en una empresa fúnebre que estaba a la vuelta de la esquina del sanatorio. Pasó un largo rato sin que nadie viniera. Comencé a sentirme algo molesto. “No va a venir nadie!?” pero más tarde comenzaron a llegar… Llegaron los dueños de la empresa donde trabajábamos mi hermano y yo, pero no socializaron. Se limitaron a quedarse en un rincón y los escuché hablando entre ellos de cosas de la empresa. Me sentí un poco incómodo, pero se fueron al poco rato. Llegaron algunos familiares, algunos amigos, e incluso alguna gente que ni conocía. Mi tía Mercedes llegó acompañada por su hijo (mi primo Gustavo) y otro primo, Aníbal, hijo de otra hermana de mi mamá. Ellos dos luego de dejarla, fueron hasta una florería cercana y encargaron una corona de flores que trajeron poco rato después con una banda que tenía escrito con letras doradas “Tu hermana y tus sobrinos” Cuando mi tía Mercedes vio la corona, se acercó y leyó la inscripción en voz alta, para agregar luego de pensarlo un momento “Debe ser alguien de la familia…” Yo alcancé a decir “Pero… tía…” pero no dije nada más. No valía la pena. Mi prima Beba, que estaba llorando junto al ataúd, tuvo que suspender su pena por un rato para poder reírse. Se dirigió entonces a mi mamá para contarle lo que había pasado. Comencé a dudar del estado mental de mis familiares.

Como a la una de la mañana, entraron asaltantes a la sala que estaba junto a la nuestra, donde había otro velatorio. Había mucha más gente allí. Le robaron todo a todos, y se fueron tan silenciosamente como habían llegado. Nosotros nos enteramos cuando vino la policía. No puedo entender cómo no escuchamos nada, ni la razón por la que no nos robaron a nosotros. Eso le puso algo de interés a la cosa. Trajo tema de conversación e hizo más amena la reunión, que para esa hora se limitaba a estar todos sentados mirándonos sin decir nada excepto un “alguien quiere un café?” que se escuchaba cada tanto.

Como a las ocho de la mañana llegó un señor que entró casi corriendo, se dirigió directamente al ataúd de mi mamá y se quedó parado allí en silencio. Todos los que allí estábamos con miramos entre nosotros haciendo gestos que significaban “lo conocés?” y todos negaban con la cabeza. Después de unos cuantos minutos, alguien (no recuerdo quien) finalmente fue hasta donde él estaba. Dijo entonces, sin dejar nunca de mirar a mi mamá, en voz muy baja “No es Roberto…” Obviamente, se había equivocado de sala, pero vaya uno a saber por qué, se había quedado parado allí durante cerca de diez minutos. Lo acompañamos hasta la puerta y se fue sin decir ni una palabra más.

Mas tarde llevamos la llevamos al cementerio donde fue sepultada sin mucha ceremonia. No creo que hallamos estado más de 15 minutos. Pobre viejita… tuvo un final gris, triste, intrascendente… tal como vivió. Tuvo una vida triste, enfermiza, sin cumplir jamás ninguno de sus sueños… Un día tenía a mi mamá y al siguiente sólo eran unas cuantas flores sobre la tierra… En fin… al menos pude darle un nieto y traté de devolverle todo el cariño que ella me dio siempre.

Será suficiente?

martes, 20 de abril de 2010

VIII - Hitos

Hay hitos en la vida de las personas. Eventos que van señalando el momento exacto en el que se abandona una etapa para ingresar en una nueva. Abandonar el biberón, dejar los pañales, comenzar a caminar, decir la primera palabra, marcan el momento en que se deja de ser un bebé para convertirse en un niño. Luego viene el comienzo de la escuela, el primer amor, el primer trabajo, el casamiento y ahí nos convertimos en adultos completos. De ahí en adelante, viene una época relativamente estable que ni siquiera la paternidad modifica. Todo debería permanecer así hasta más o menos la llegada de los nietos, no? 

Eso creía yo hasta hoy.

Salí de mi trabajo como todos los días y fui a hacer unas compras para la cena. Abordé luego el colectivo que habría de traerme de regreso a mi casa. Estaban todos los asientos ocupados. Había también algunas personas paradas. En uno de los asientos estaba esa chica… una linda muchachita de ¿cuántos? 17? 18 años? Noté inmediatamente que se había fijado en mí. Con un delicado movimiento de su cabeza y una leve sonrisa me llamó en silencio. Le devolví la sonrisa y con el pulso acelerado me acerqué lentamente... Antes de que yo pudiera decir una palabra, se paró y me dijo Por favor, señor… siéntese usted…

Todo mi mundo se cayó en pedazos. Esta niñita insolente acababa de darme mi diploma de anciano honoris causa. Consideré estrangularla inmediatamente, pero decidí rechazar amablemente su ofrecimiento “No gracias… bajo enseguida mientras rápidamente me aseguré que ningún conocido fuera testigo de mi desgracia.

Ya en casa, busqué un espejo. Me vi más o menos igual que ayer, sin embargo, mientras trataba de ahogar mis penas en mate amargo, supe con toda certeza que había alcanzado uno de esos hitos que marcan el fin de un capítulo en mi vida y que ya nunca volveré a acercarme a una linda muchachita de 17 ó 18 años que me sonría levemente.

domingo, 14 de marzo de 2010

VII - El Reloj

Me enojé cuando supe que mi viejo lo había vendido. Siempre había supuesto que alguna vez lo heredaría. A lo largo de tantos años había acumulado tantos recuerdos que no concebía la idea de que lo vendiera como si se tratara de un simple reloj. Cierto que era simplemente eso, pero con él crecí. Con él aprendí la hora, sus campanadas regían la actividad en casa… Hasta mi gato había aprendido que al sonar la campana de la una de la tarde, debía aparecer en la cocina para que mi mamá le diera de comer… Con las campanas de las siete de la mañana, él venía a despertarme para levantarme. Jamás conseguí hacerle entender que no debía hacerlo los fines de semana, pero hubiera sido demasiado pedir para un simple gato. A las ocho de la noche, nos avisaba que en menos de cinco minutos estaría mi viejo en casa llegando del trabajo… Era un buen reloj. Él nos garantizaba que todo marchaba bien en el Universo. Se lo había entregado don Díaz, el relojero que le alquilaba el local a mi papá, como parte de pago. Años después, cuando ya vivíamos en la Capital, los vecinos se llegaron a quejar del sonido de nuestro querido reloj. En las calurosas noches de verano, cuando dormíamos con las ventanas abiertas, el sonido de sus asombrosamente puntuales campanadas horarias sonaban por todo el edificio. Llegaron a decir que era el sonido más tétrico que pudieran imaginar. Hasta hubo alguien que dijo que sonaba a Muerte. Vino espantado a la mañana a decirnos que a la medianoche había escuchado TRECE! campanadas. Mi papá, con su habitual actitud, le dijo que seguramente pudo tratarse de alguna clase de eco en los largos pasillos del edificio. Por suerte, nadie murió ese día, de lo contrario me habría preocupado un poco. De todas maneras, yo me reía… Cómo podía resultar lúgubre ese sonido? Ese reloj era mi amigo. Jamás se detuvo ni una sola vez en alrededor de cuarenta años. Cómo pudo venderlo? Siempre creí, desde niño, que seguiría funcionando perfectamente mientras yo viviera y que en mi último día se detendría y que ningún relojero encontraría la falla jamás. Todavía lo creo.

miércoles, 3 de marzo de 2010

VI - Holando

Llevo ya tres días mal... me tienen adentro de la casa porque no quieren que esté con mis hermanitas, temen que yo les contagie mi enfermedad. Realmente me gustaría ir a jugar al patio, pero me siento muy mal... casi no puedo moverme de tan débil que estoy.. La tía María José se esfuerza mucho cuidándome. Me ha llevado al doctor, me limpia, me mima... trata de que esté cómodo, me hizo una camita con una bata de Jonás... Me pinchó muchas veces con una aguja, pero sé que lo hace para que me mejore... cada vez que lo hace, me siento un poco mejorcito por un rato... también el abuelo Sergio me ha pinchado varias veces, pero ya estoy muy cansado... Yo trato de hablarles, creía que no me entendían, pero puede ser que sí. Hace un rato le pedí a María José que no me dejara solito y me llevó con mi camita a la pieza donde está Jonás... quisiera jugar con él un ratito pero ya no tengo más fuerzas... también trajo a mi hermanita para que me visite, aunque la tiene en brazos para que no se acerque a mí. Ella también estuvo enfermita y todavía no está bien. quiero sentarme, pero no puedo... tengo mucho sueño... con gran esfuerzo levanto mi cabeza y los miro, pero ya no tengo más fuerzas. Tal vez si muevo mi colita sepan que estoy contento de estar con ellos... Ya no siento dolor... sólo quiero dormir... dormir y soñar que juego con mis hermanitas en el patio de casa...

Holando (30/11/2009 - 01/03/2010)

domingo, 28 de febrero de 2010

V - En blanco y negro

Tuvimos en casa uno de los primeros televisores de la cuadra. Allí yo veía al volver de la escuela y mientras tomaba la leche algunos programas inolvidables, aunque a los chicos de hoy les parecerían ridículos. De todas maneras, me acompañaron en mi infancia.


Lo primero que viene a mi memoria es Rin Tin Tin, una serie que giraba en torno de un perro pastor alemán que siempre terminaba por salvar a los protagonistas. En la misma línea estaba Lassie, Creo que de aquélla época amo a los perros. Si tenía ganas de reir, nada mejor que Mr. Ed, el caballo parlante. Creo que los creadores de Alf deben haberse inspirado en este animal, especialmente en los enredos que provocaba usando el teléfono. Los Locos Addams, Los tres Chiflados, El Gordo y el Flaco, Abbott y Costello también formaban parte del abanico de posibilidades para reír con ganas. Había varios más, pero vayan solo estos a modo de ejemplo.



Alrededor de 1970 comencé a tomarle el gustito a la aventura. Por suerte no faltaban opciones. Meteoro y Astroboy primero y luego Viaje a las Estrellas, Los Invasores, Combate, Los Vengadores, Los Intocables. El fugitivo. El Santo, Tarzán, Daktari, El Túnel del tiempo y (cómo olvidarlo) el Cine de Súper acción los sábados por la tarde en canal once. Por supuesto, no puedo dejar de mencionar a El Zorro, El llanero Solitario (Dicho sea de paso... siempre me incomodó el título... Como podía ser "Solitario" si siempre estaba acompañado por su fiel amigo Toro?) También estaban los western y afines: Bonanza, El Gran Chaparral, El Hombre del Rifle, Bat Masterson, La Ley del Revólver... Mi menú de opciones era realmente extenso. La lista es mucho más larga, pero no es intención de esta crónica hacer un catálogo de programas de televisión de los años 60. Apenas es una mirada nostálgica. Mucho ha evolucionado la televisión en los años que siguieron, pero cómo extraño esas pobres imágenes en blanco y negro!

lunes, 22 de febrero de 2010

IV - A mis amigos

Oraldo: Mi gran compañero en la niñez. Qué habrá sido de él?

Juan Antonio: Más que un amigo, treinta y siete años de amistad incondicional. Aunque nos vemos poco, los dos sabemos que el otro está ahí nomás, para lo que haga falta. Juntos en la buenas y en las malas, como suele decirse.

Italo: Tano querido! Cuánto tiempo ha pasado! Cuantas ganas de verlo y qué lejos está!

Mary: Siempre la admiré por su valentía (o inconciencia) en una época en la que no era recomendable ser tan idealista… siempre enojada con todas las injusticias. Todo un honor tenerla como amiga.

Gabriel: A pesar de la diferencia de edad y de entorno, tal vez el que mejor me conoce. Él fue uno de los que me animó a escribir este blog, por lo que se lo dedico especialmente. Tal vez los kilómetros alguna vez desaparezcan y pueda darle un abrazo. Veremos si ese día se atreve a llamarme “anciano”...

y a todos aquellos que me soportan día a día, con su paciencia, con sus consejos, su alegría, sus oraciones y fundamentalmente con su cariño, que aunque no los nombre saben que hablo de ellos…

A todos, gracias por haberse cruzado en mi camino. La vida no sería lo mismo sin ellos.

sábado, 20 de febrero de 2010

III - El Desdémona

Extraño el mar...

Muchos años le dediqué a navegarlo. Muchos barcos me contaron entre su tripulación. Barcos grandes, chicos, viejos, nuevos... Más de cien puertos visité en decenas de países... Esto me dejó mil recuerdos, malos algunos, buenos la mayoría. 

Todo esto quedó atrás hace mucho ya, sin embargo, muchas veces sueño que estoy todavía en el océano yendo a algún exótico destino.



Entre todos esos barcos, recuerdo más que a ningún otro al "Desdémona". Era bastante pequeño, especialmente feo, muy ruidoso, lleno de problemas, lento, incómodo, completamente obsoleto, pero por alguna razón lo amaba. Navegar en él era verdaderamente una aventura, nunca se sabía que podía pasar en cualquier momento.

Me llenó de pena enterarme de su triste final en una fría mañana del invierno de 1985. No porque el anciano buque llegara al final de sus días... esto se veía venir, pero creo que él hubiera deseado un fin más digno


Aburrido de tanta soledad el Desdémona duerme su sueño de navegante frustrado. En su cuna de arena, la lluvia, el sol y el viento le van corroyendo sin pena ni prisa sus entrañas de hierro rojizo. Perpetuamente varado en la playa del Cabo San Pablo, En Tierra del Fuego, verá pasar las horas lentamente hasta que ya nadie recuerde su nombre. Pero eso no ocurrirá mientras yo viva.

II - Lluvia

Normalmente, la gente se deprime con el mal tiempo. Parece que las cosas también se entristecen con la lluvia, los colores se diluyen, todo se pone gris… Pero yo no. Me gusta la lluvia. Me gusta mojarme, de hecho pocas veces uso paraguas. Me encanta el sonido del agua y el de los truenos. No me gusta tanto cuando hay viento, eso no… Nada más agradable que dormirse escuchando caer las primeras gotas que anuncian que lloverá toda la noche. O tal vez mirar por la ventana el espectáculo de los rayos y relámpagos mientras escucho algo de música, Chopin, por ejemplo…

Cuando era chico y hacía calor adoraba jugar bajo la lluvia, lo que provocaba las más enérgicas protestas de mi mamá, yo le preguntaba por qué era malo mojarse con la lluvia pero no ponía objeciones en que me mojara mucho más en la piscina que cierto amigo de la infancia tenía en su casa. Nunca me pudo dar una respuesta razonable. Ya no me lo pregunto. No me interesa saberlo. Si hace calor y llueve, salgo a la lluvia y me mojo como entonces. No debe tener nada de malo, nada especial me ha ocurrido. A nadie de los que conozco le gusta la lluvia. Todos dicen que prefieren el sol… me dicen que el mal tiempo se relaciona con la tristeza. También me gustan los días lindos, con el cielo azul, los pájaros cantando y todos los colores ante mis ojos, pero son los días lluviosos los que estimulan mi imaginación, los que me invitan a soñar… Como hoy, por ejemplo. Hoy no me importa ninguno de mis problemas, los sueños más bellos invaden mi conciencia.


Cómo llueve!!

miércoles, 17 de febrero de 2010

I - Frente al espejo

El conocimiento de la verdad me llegó de pronto, mientras me afeitaba. Estaba mirándome desde el otro lado del espejo, justo frente a mis ojos. Cincuenta años, ¡todos juntos! Estaba afeitándome con los anteojos puestos ya que de no hacerlo no veo nada. Yo, que siempre presumí de mi vista perfecta... allí estaba mi imagen, con mi escaso cabello, unas cuantas canas desparramadas, varios kilos de más, varios dientes de menos y algunas arrugas en mi rostro.
Qué pasó? Cómo llegué hasta aquí? Por alguna razón Se me presentó la imagen de mi viejo afeitándose, lo vi claramente pasando su brocha con la crema de afeitar Gillette. Yo me preguntaba como era posible que, siendo la crema de un color verde claro, hiciera una espuma tan blanca... Lo veía armando su maquinita con esas hojas de afeitar con filo en ambos lados y luego afeitarse con una velocidad asombrosa. Yo me maravillaba con la destreza con la que deslizaba esos filos por su rostro sin herirse. Mi viejo era lo más grande que pudiera existir. Superman no le llegaba a los talones... Un rato más tarde lo veia irse a su trabajo impecablemente vestido, siempre con camisa blanca y traje oscuro. Me quedaba entonces esperando su retorno a la noche. Yo lo esperaba con ansiedad, ya que sabía que lo primero que haría al llegar sería alzarme y me cantaría una canción. Pobre viejo... qué mal cantaba! y siempre la misma canción! No podía aprender otra? Por suerte, solo duraba un par de minutos. Luego jugábamos... Ha pasado mucho tiempo desde aquellos días, ahora soy yo quien se está afeitando antes de ir a trabajar, sin embargo, aquélla melodía en mi cabeza continúa acompañándome.