miércoles, 26 de diciembre de 2012

XXXIV - No quiero llegar a viejo

Una de las frases que más recuerdo de mi papá la pronunció con 81 años de edad. Dijo medio en broma, medio en serio "Yo no quiero llegar a viejo" Con el paso de los años cada vez creo entender mejor lo que quiso decir. Siempre dispuesto a aprender algo nuevo, jamás le faltó algún proyecto loco en mente, casi nunca pasaban de ser eso, pero ese era su sello personal.
 
Aunque haya comenzado a visitar más a mis médicos que a mis amigos, o critique en mi hijo las mismas cosas que yo hacía, o esté casi ciego sin sus anteojos cuando de joven tenía una vista perfecta, aunque los muchachos de hoy me miren espantados sin saber de qué hablo cuando menciono aquellos grupos de rock del siglo pasado... No importa que cada vez más seguido me ofrezcan el asiento en el tranporte público, que mi memoria a corto plazo falle cada vez más frecuentemente, que necesite una dentadura nueva o que la mayoría de mis fotografías de aquellos años sean en blanco y negro y de mil cosas más que me indiquen que estoy volviendo de mi viaje, tomaré prestada la frase de mi papá y haré lo posible por no llegar nunca a viejo. Afortunadamente, me sobran sueños. Felizmente, el 2012 está terminando sin que el fin del mundo dificultara excesivamente mis proyectos ni echara por tierra mis ilusiones. Ahora, ante la llegada del nuevo año puedo renovarlos confiadamente para los próximos cincuenta años, garantizando de esta manera una prolongada juventud.

 
 

domingo, 16 de septiembre de 2012

XXXIII - Mi viejo Winco


La música es para el alma lo que la gimnasia para el cuerpo. (Platón) 

Mi primer y definitivo contacto con la música lo tuve a través de mi viejo tocadiscos Winco allá en mi infancia en los años ’60. Creo que todavía no aprendía a leer, pero reconocía los discos ya sea por las tapas o el color de sus etiquetas. Era un enorme y pesadísimo aparato, aunque se suponía que fuera portátil.

Era una colección realmente muy variada. Creo que la mayoría eran anteriores a mi nacimiento. No sé cuál era el origen de los discos. No imagino a mi papá comparándolos, no era especialmente amante de la música y mi mamá no habría comprado una selección tan variada. Recuerdo especialmente una colección de discos de música clásica, “Gran Festival Ligero de los Clásicos”. Allí conocí a Beethoven, Tchaikovsky, Chopin bach, Verdi y tantos otros; pero esto no era todo. No faltaba el tango, el folklore, boleros, brasileña, rock, jazz (en discos de pasta de 78 RPM extremadamente delicados) y la música más popular de la época, especialmente en discos simples de 45 RPM, generalmente con cuatro temas como máximo. Pasaba muchas más horas con la música que con la televisión, cosa que no era habitual en chicos de mi edad.


Unos años después traté de estudiar piano, pero no tenía mucho talento, la verdad sea dicha. De todas formas, es de aquella época que proviene mi amor por la buena música. La disfruto hoy con el mismo placer que entonces. No importa de qué género se trate. Puede ser Carlitos Gardel, Astor Piazzolla, Los Beatles, Luciano Pavarotti, Louis Armstrong, J. M. Serrat, Pink Floyd, Leon Gieco, Frank Sinatra, Paco de Lucia, Kiss, Santana, Edith Piaf, Andrea Bocelli, Arthur Rubinstein o cualquier otro…

Todo gracias a mi viejo Winco “portátil”.  Después vendrían los grabadores con cinta abierta, los magazines, los cassettes, los CD's, los mp3 y la lista sigue, pero eso es otra historia.


viernes, 20 de julio de 2012

XXXII - Amistad


Amistad: 
del latín amicĭtas, por amicitĭa, de amicus, amigo, que deriva de amare, amar

Mucho se ha dicho sobre la amistad. Toneladas de papel y mares de tinta se han utilizado para reflexionar sobre este sentimiento. Qué podría agregar yo? No es mi intención descubrir nada en este aspecto.  Sólo quería contarles acerca de un par de amigos que he conocido. Merlín, un enorme y peludo viejo pastor inglés: El perro más fiel que uno pueda desear. Casi 45 kilos de puro amor. Tuve muchos antes que él y muchos después. Pero era único. Dicen que el perro es el mejor amigo del hombre. Todavía lo recuerdo recibiéndome a mi regreso del trabajo trayéndome mis pantuflas y tratando de colocarlas en mis pies sin antes quitarme los zapatos... pero tampoco es de eso de lo que quiero hablar…


Merlin y mi hijo Jonás - 1999

Milky era un gran gato gris. Algo excedido de peso y muy matón. No se asustaba con los perros. De hecho, los enfrentaba de igual a igual. Los perros callejeros del barrio, quienes evidentemente lo conocían bien, se apartaban de su paso respetuosamente cuando lo veían venir. Al enorme ovejero alemán de mi cuñado lo mandó al hospital, luego de darle una paliza fenomenal... Era un gatito mimoso en casa.  Nos demostraba su afecto acicalándonos el pelo. Nos dejaba la cabeza hecha un desastre, pero lo hacía con su mejor intención. Nos hacía compañía por las noches mirando la tele con nosotros, excepto durante esos dos o tres días en los que desaparecía para luego volver a casa en un estado lamentable producto de su vida social.  Era un buen amigo, pero no es de esa amistad de la que quiero contarles.

Milky - 1999

Milky y Merlín se conocieron cuando el cachorro llegó a casa. Por entonces, el gato era bastante más grande que él. El pobre minino soportó estoicamente que esa cosa peluda lo utilizara como juguete. Le encantaba morderle la cola y arrastrarlo y cosas así, lo que provocaba que maullara pidiendo nuestro auxilio, pero –tal vez por reconocerlo casi como a un bebé– jamás sacó sus uñas

Durante toda su etapa de cachorro Merlín tuvo a Milky como compañero de juegos. Era normal verlos corriéndose el uno al otro. Era especialmente gracioso ver a Merlín, ya con un tamaño importante, correr perseguido por un gato. Cuando este lo alcanzaba, se invertía la situación y perseguido se convertía en perseguidor. Para mi asombro, Llegué a la conclusión de que tenían noción del sentido del humor, ya que solían hacerse bromas el uno al otro. Uno de los chistes favoritos de Milky, era hacerse el dormido junto al perro cuando este dormía alguna siesta. Cuando estaba seguro de que estaba profundamente dormido y con una velocidad asombrosa, le daba una serie de varios golpecitos en la cabeza para inmediatamente volver a la misma posición en la que estaba. El perro se despertaba, veía al gato “dormido” y quedaba completamente desconcertado. Una vez incluso, llegó a la conclusión de que era yo el autor de la broma pesada y hasta me dedicó un gruñido algo malhumorado. Cuando comprendía quien era el verdadero responsable, metía la cabeza del gato dentro de su enorme boca un rato, sin morderlo, pero dejando claramente expresada su opinión sobre el asunto. Por otro lado, Merlín solía sentarse sobre el pobre felino únicamente para fastidiarlo. Simulaba no haberlo visto y no se daba por enterado de que estaba aplastando al gato. Comían juntos del mismo plato y cada noche dormían abrazados o directamente uno encima del otro (por suerte para el gato, a él le tocaba arriba)

Con los años, mi viejo gato, arruinado por la edad y por la vida licenciosa que llevó, que hizo que tuviera más cicatrices de las que podíamos contar, enfermó. Preparamos una camita para él tratando de que pasara sus últimas horas lo más confortablemente posible. El amable gigante peludo no se apartó de su lado hasta que murió. No sé si me creerán, pero les juro que lloró desconsoladamente cuando falleció. Durante días recorrió la casa llamándolo y llorando. Nos hizo llorar a todos…

Hoy, en el Día del Amigo quise recordarlos porque tenían perfecta noción del concepto de Amistad. Quiero también utilizar esta humilde historia como excusa para enviarle un gran abrazo a todos aquéllos a los que considero mis amigos y decirles que los quiero aunque no siempre se los diga…

martes, 22 de mayo de 2012

XXXI - Perdido!

No sé cuántas personas pueden presumir de haberse perdido en tantos lugares como yo lo hice. No hablo de extraviarme en un sentido accidental, algo que carece por completo de encanto y elegancia, sino hacerlo casi deliberadamente, de una manera calculada y sistemática.

Tantos años en la marina mercante me llevó a mil lugares alrededor del mundo, muchos de ellos increíbles, a los que recorrí visitando los sitios de interés más obvio –por ejemplo, uno no va a París y se vuelve sin haber visto la torre Eiffel– pero también, siempre que el tiempo me lo permitiera, recorrí los lugares completamente al azar, lo que hizo que más de una vez terminara perdido a pesar del mapa de la ciudad que siempre llevaba conmigo..

Eso casi nunca fue problema, estaba dentro de los cálculos. Después de todo, todo lo que necesitaba era llevar anotado en un papelito el lugar en el que estaba mi barco para eventualmente mostrárselo a un conductor de taxi.

A pesar de lo antedicho, hubo ciertas ocasiones en que la aventura se complicó un poco, como aquella vez que por seguirle el juego a mi compañero que quería ir a nosedónde para visitar una planta de Sony, abordamos un tren equivocado en Osaka (Japón) para acabar perdidos en otra ciudad. Cuando, con algo de espanto, comprendimos la situación, tratamos de obtener ayuda de los nativos. Ninguno parecía entender nada de lo que decíamos en nuestro espantoso inglés. Uno de ellos alcanzó a comprender que veníamos de Argentina y empezó a decir “Maradona, Maradona” lo que no resultó de gran ayuda. De alguna manera encontramos luego de algunas horas la estación de ferrocarril y nos subimos al primer tren que iba en dirección contraria. Conseguimos volver a Osaka, el resto fue más o menos fácil. Nunca llegamos a saber siquiera en cuál ciudad habíamos estado extraviados. En otras ocasiones, al menos podía leer los nombres de las calles y cosas así, pero en los países donde no se utiliza el alfabeto latino, era todo un problema. Como en Japón, otros lugares con inconvenientes similares fueron China, Korea y Rusia por ejemplo.

Ajá.... Creo que es para allá...
Una noche, tarde, comprendí que mi sentido de la orientación me había abandonado en Miami. Preocupado por mi seguridad en unas calles insólitamente desiertas, donde los taxis parecían no existir, encontré un auto de la policía estacionado. Me acerqué a él y traté de explicarle a uno de los policías mi problema. Estuve un largo rato revolcándome en mi espantoso inglés mientras me miraban en silencio. Luego de varios minutos, cuando ya estaba completamente resignado a continuar vagando esperando encontrar un taxi, dejé de hablar y algo en mi mirada provocó un brote de piedad en uno de los hombres de azul, porque comenzó a hablar en un perfecto español dándome todas las indicaciones que yo necesitaba. Quería matarlo…

La ocasión que más recuerdo la viví en Amberes, Bélgica. Allí me perdí completamente, incluso había extraviado el dinero que llevaba y el famoso papelito con las anotaciones del lugar donde estaba el barco para poder regresar. Parece que nadie habla inglés en ese bendito país, o tal vez era yo el que no lo hablaba… no sé… Luego de caminar en soledad durante horas, cuando ya la noche me caía encima junto con la lluvia y un frío increíble, cuando mi cansancio era absoluto, pasé por el frente de un café de cuarta categoría… miré hacia adentro y vi a unos hombres sentados alrededor de una pequeña mesa. Uno de ellos, el que estaba de espaldas hacia mí, levantó con aire triunfal un tres de espadas y lo puso sobre la mesa provocando cierta expresión de horror en sus contrincantes. La vista de ese naipe fue la visión más gloriosa que pudiera haber deseado. Entré al café y me dirigí a la mesa hablando español. En ella, dos españoles, un uruguayo y un argentino residentes allí fueron mi salvación.


Por supuesto, que seguí perdiéndome en cada puerto durante todos los años que estuve en los barcos. Conocí lugares que de otra forma jamás habría visitado. Si volviera a viajar, con toda seguridad que saldría con un papelito en el bolsillo de mi camisa para mostrárselo a algún conductor de taxi y saldría a vagar al azar, decidido a perderme, como antes…

martes, 27 de marzo de 2012

XXX - A cuarenta años de mi retiro del fútbol

  • El año: 1972 
  • El lugar: El predio conocido con el ingenioso nombre de “El Campito”, cerca de mi escuela primaria 
  • La ocasión: El gran desafío de 7º grado “A” frente al 7º grado “B” de esa misma escuela. 
  • El momento: El encuentro llegando a su fin. El empate en cero parecía definitivo.

En ningún momento ninguno de los equipos había prevalecido sobre el otro. Ambas defensas habían sido muy cerradas. Fue entonces que aquel chico que corría como una liebre pegado al costado llevaba la pelota. Adiviné su intención de patear al área, así que una fracción de segundo antes de que hiciera su disparo, yo salté en el salto más espectacular que haya hecho en mi vida. Eso me permitió darle un soberbio cabezazo a la pelota… Fue así que cambió su dirección, tomando un efecto bastante extraño, para acabar clavándose en el ángulo ubicado más lejos de nuestro arco, haciendo inútil el esfuerzo de nuestro arquero. Fue lo que se dice “un verdadero golazo” desde más de 15 metros de distancia.

El 1 a 0 fue definitivo. ELLOS ganaron por MI gol. De todas maneras, no era necesario que lo reconocieran tan explícitamente. Todos me felicitaron, me aplaudieron y me sacaron en andas de la cancha, ante las miradas cargadas de odio de mis compañeros. Nunca sentí como ese día el deseo de que la tierra me tragara…

Nunca, después de esa fatídica tarde, volví a jugar. Ese día decidí mi retiro definitivo de los estadios. Estaba absolutamente decidido, sin importar lo que pudieran decirme, nadie podría convencerme de lo contrario. Curiosamente, nadie trató de hacerlo... Me fui en silencio. Ni siquiera un partido homenaje me hicieron... Por otra parte, las glorias de Pelé, Maradona, Messi y otros grandes nunca estuvieron realmente en peligro.  Objetivamente hablando, yo estaba muy lejos de ser lo que llamaríamos un jugador habilidoso, así que el mundo no se perdió nada.


sábado, 10 de marzo de 2012

XXIX - Decisión impostergable

Yo siempre supe que esto iba a terminar así. Parece mentira, no? Tantos años… Todo empezó el sábado pasado cuando quise que me lavara algo de ropa y no hubo manera de conseguir que lo hiciera.

Las cosas que le dije!! Tal vez no se las mereciera, no tuve en el momento en cuenta todo lo que me brindó a través de los años, pero su absoluto silencio solo consiguió enfurecerme más.

No vayan a pensar que fue algo del momento, circunstancial… no… Fue un largo proceso. Los problemas empezaron hace mucho, pero yo siempre conseguía arreglar la cosa… pero al poco tiempo reaparecían.

Nadie sospechaba nada. Todos creían que era una verdadera maravilla, el alma de la casa… Pensar que mi suegra me hablaba maravillas de sus cualidades! Tal vez así haya sido hace muchos años, pero el desgaste del tiempo todo corroe. Sin embargo, nunca comenté con nadie mis dudas. Creo que es por eso es que ha sido toda una sorpresa para nuestro pequeño círculo de amigos y de familia.

No fue sólo porque haya que tenido que lavar mis camisas yo mismo. Era evidente que se había roto algo que no tenía arreglo. Esta vez no hubo forma de encontrar una solución, pero tomé una determinación definitiva y la he llevado hasta sus últimas consecuencias. No fue fácil decidirme, pero tengo claro que más temprano que tarde sería imposible cualquier otro curso de acción.

Esta es la historia de como resolví deshacerme de ese lavarropas de porquería y de como decidí comprar uno nuevo… ¡qué joder!


viernes, 27 de enero de 2012

XXVIII - Bajo el signo de Acuario


Cómo puede la ascendencia de Marte en el momento de mi nacimiento influir sobre mí, ni entonces ni ahora? Yo nací en una habitación cerrada, la luz de Marte no podía entrar. La única influencia de Marte que podía afectarme era su gravitación, sin embargo la influencia gravitatoria del tocólogo era mucho mayor que la influencia gravitatoria de Marte. Marte tiene mayor masa, pero el tocólogo estaba mucho más cerca.
Carl Sagan

Para los quienes lo ignoran, el 4 de febrero es mi 52º cumpleaños. Eso quiere decir que he nacido bajo el signo de acuario. Veamos qué me anuncia el horóscopo para hoy. Revisaremos algunos sitios en Internet, consultaremos algunas revistas especializadas… a ver…

Bueno… si resumimos un poco las visitas realizadas, he encontrado en mi horóscopo algunas cosas interesantes: Pensé que consultando distintas fuentes encontraría algunas contradicciones, pero no fue así. Sin embargo, tampoco encontré nada que no fueran referencias vagas a cuestiones indescifrables, imposibles de demostrar e inservibles para todo propósito práctico. Veamos este ejemplo, sólo uno de tantos similares:
Hoy: Si miras a tu alrededor descubrirás nuevas oportunidades. Sólo tendrás que poner más atención en las personas más cercanas.
Y sí… si llegaba a encontrar una “nueva oportunidad” (de qué?) hubiera dicho inmediatamente “¡Cómo acertaron estos del horóscopo! Qué maravilla esta gente…!” Como no encontré ninguna nueva oportunidad de nada, obviamente el problema es que no puse la debida atención…
Amor: Cultiva tus amistades. La vida social te va a resultar agradable en la medida que puedas compartir tus afectos cercanos con tu pareja.
Esto es toda una revelación. Gracias a estos estudiosos de los astros vengo a enterarme que si no puedo compartir mis afectos cercanos con mi pareja la vida social no será tan agradable…
Riqueza: Tendrás necesidad de ingenio y tacto para soslayar la influencia de algún superior.
Si hubiera contado con esta valiosa información más temprano, no hubiera insultado a mi jefe y me habría ahorrado un buen disgusto…
Bienestar: Te sentirías mucho mejor si llevaras una vida más sana. Los vicios no son buenos consejeros. Anímate a cambiar tu rumbo.
Otra revelación! Dos en el mismo horóscopo! ¡Si llevo una vida más sana me sentiré mejor! Tuvieron que alinearse los planetas para que esto saliera a la luz! De todas maneras, me resulta un poco extraño que esto sea válido solo para el día de hoy… Eso significa que mañana podré entregarme a toda clase de excesos sin peligro alguno?

Llegado a este punto, comienzo a dudar de los horóscopos. Visto además la gran cantidad de sitios en los que debía pagar para obtener mis predicciones, comienzo a tener ciertas reservas sobre esta ¿ciencia? Milenaria. Me han dicho que los horóscopos no son de fiar, pero lo que importa son las características de cada signo. ¿A ver que dice de Acuario?
Acuario está asociado a la evolución de la humanidad, a todo proceso de cambio súbito, con tendencias futuristas y que siempre conlleva un toque de innovación y originalidad. Desde el día 19, el Sol, que es el regente de tu Casa VII, área de la vida que está vinculada al matrimonio, las sociedades, los socios, los contratos, los litigios, los enemigos conocidos, estará de tránsito por tu signo.
¿Necesitaré un abogado de Acuario? 
En principio, significará que tendrás un aumento de tu poder personal para tomar decisiones de cambio, en segundo término, éstas afectarán tu relación de pareja. Probablemente, los personajes de tu Casa VII, estén durante las próximas semanas, más interesados en satisfacer tus necesidades, por otra parte, llega el momento del año en el que debes consultar a tu asesor astrológico de confianza, para solicitarle un estudio de tu revolución solar, si lo haces estarás mejor informado de todas las cosas buenas que te depara éste nuevo ciclo solar. 
(Un buen asesor astrológico sólo me informará de todas las cosas buenas que me esperan. No dice nada de cosas malas, esto me indica, sin necesidad de pagarle a nadie, que se avecina un período excelente) 
Desde el día cuatro la luna y el sol tomarán posiciones dentro del sector de los enemigos, los miedos y el mundo del inconsciente. Si tienes alguna dificultad relacionada con tu pareja, el trabajo o la salud, debes atenderla a partir de esa fecha. 
(Bajo ninguna circunstancia intentar solucionar un problema antes de ese día, aunque se trate de un ataque cardíaco...)
Júpiter, en el sector de lo estudios, hermanos y viajes cortos, te permitirá realizar un movimiento expansivo, que afectará positivamente tus finanzas, sueños y proyectos luego del 23. Buen momento para hacer publicidad, obtener el favor de vecinos y parientes consanguíneos o para aprender algo nuevo. Este es un buen día para descansar. Necesitarás hacer un espacio en tu día para divertirte en compañía. Invita a un amigo íntimo a almorzar.
Buena idea. Nada como almorzar con un amigo íntimo mientras Júpiter transita por el sector de los estudios, hermanos y viajes cortos para sentirse mejor, no?) 
Comparte algunas de tus ideas y sueños. Te sentirás mejor al conectarte con alguien que te comprende. O podrías decidir pasar una velada en casa tranquilo con tu enamorada. 
(Según el párrafo anterior, la relación con mi pareja se verá afectada…)
Hagan cosas simples juntos. Miren una película, charlen y manténganse muy juntos.
No…  Esto tampoco es exactamente lo que buscaba… yo quería algo de las características del signo. Sigamos buscando…
Acuario: undécimo signo del zodíaco, simbolizado por el aguador que derrama el agua de su ánfora. Según los astrólogos, las personas nacidas entre el 20 de enero y el 18 de febrero pertenecen al signo de Acuario. Es un signo de aire y está bajo la influencia del planeta Urano.
Los astrólogos definen a los acuario como brillantes, visionarios, curiosos, tolerantes, originales, independientes y excéntricos. Aunque desapegados e independientes en el plano afectivo, los acuario son cordiales y sociables. Poseen un elevado sentido de la justicia social y a menudo se sienten atraídos por el activismo o las organizaciones políticas de carácter progresista.
Como ocurre con otros signos de aire, a los acuario les preocupan más las empresas intelectuales que las cuestiones prácticas o materiales. Se sienten a sus anchas en el mundo de las ideas; encuentran difíciles las situaciones que exigen respuestas emocionales, como por ejemplo las relaciones interpersonales. En opinión de los astrólogos los nacidos bajo el signo de Acuario tienen una intuición asombrosa y son capaces de captar de manera rápida los conceptos abstractos. Entre las profesiones relacionadas con este signo se encuentran los inventos, la investigación, la organización o el activismo social, la astrología, las comunicaciones, la informática y la electrónica. En la lista de acuarios célebres figuran entre otros Charles Dickens, Felipe de Borbón príncipe de Asturias (esto lo explica todo…), Andrés Segovia, Rubén Darío, Lewis Carroll, Galileo y James Dean.

Características generales: Opuesto a Leo, signo de la individualidad y de la vitalidad. Acuario sueña un mundo colectivo donde sus mil ideales puedan realizarse. Su personalidad es extremadamente abierta a toda nueva opción, sobre todo si ésta no merma su sed de libertad. La ductilidad, la curiosidad por todo aquello que no es tradicional, la disposición tanto material como intelectual son de hecho las características de este signo. El deseo de trascender la realidad humana convierte a menudo a Acuario en un individuo idealista, algo místico y deseoso de lo absoluto, de la fusión total del propio yo con el mundo entero. Él solamente puede verse a sí mismo a través de los demás, de ahí su elevado grado de sociabilidad, así como el deseo de experimentar continuamente.
Acuario corresponde a la undécima casa del Zodíaco, que es la de la afinidad, la de la relación con los demás, la de la tolerancia y la del equilibrio. Son individuos tendientes a los altos ideales de hermandad, deseosos de vivir más en el plano espiritual que en el práctico. Dotados de un gran sentido humanitario, están dispuestos a la entrega absoluta, olvidándose de sí mismos en favor del bien común. Su instinto es muy marcado. Audaces y dispuestos para todo tipo de cambios, su propia ductilidad los empujará a ir con los tiempos y a adaptarse a toda idea nueva o nueva corriente de pensamiento. El anticonformismo y el rechazo de las tradiciones, si no están apoyadas en unas ideas muy claras, pueden crear individuos violentos, peligrosos, veleidosos y con fuertes tendencias destructivas. 
Que lo parió! De lo que me vengo a enterar! Peligroso… violento… veleidoso... tendencias destructivas… ¡Soy una amenaza para la humanidad!

Yo solo quería contarles que dentro de poquito es mi cumple… espero recibir muchos obsequios de vuestra parte, o sabrán de lo que es capaz un acuariano cuando la ira lo domina.


viernes, 23 de diciembre de 2011

XXVII - Encuentro en Montevideo

1. “Pongo el GPS?” (viernes)

Después de los preparativos de rigor, iniciamos nuestro viaje a Montevideo en nuestro auto. Afortunadamente, nuestro buen humor era perfecto. Por ello reímos bastante cuando descubrimos que a poco de salir de casa y debido a que a la pregunta de Jonás le contesté que el GPS era innecesario, equivocamos la ruta y por ello, cuando apenas llevábamos un par de horas de viaje, ya nos habíamos desviado unos cuarenta kilómetros viajando equivocadamente por la ruta 8 rumbo a Chile... Una vez corregido el error, llegamos sin mayores problemas al paso fronterizo de la ruta 136 (Puerto Unzué – Fray Bentos)

Pasamos el control aduanero sin mayores problemas, aunque casi nos incautaron dos sanguchitos de salame y queso sobrantes del almuerzo. Estábamos allí cuando comenzó a llover con intensidad del lado uruguayo, mientras que del lado argentino no caía ni una gota, lo que se convirtió en un espectáculo bastante curioso.

Con la experiencia de unas horas antes y teniendo en cuenta que nunca habíamos hecho el viaje, uno pensaría que pusimos el GPS, pero no… Estábamos firmemente decididos a perdernos en cuanta oportunidad tuviéramos. De lo contrario, habríamos hecho el viaje por la ruta correcta y buena parte por autopista. Habríamos llegado mucho antes, pero no hubiera sido tan divertido.

En lugar de viajar por la ruta 2 hasta empalmar con la autopista que es la ruta 1, lo hicimos por rutas interiores que atravesaron montones de pueblitos rurales minúsculos. Visto en retrospectiva, fue una buena idea; hizo realmente interesante el viaje. Esa ruta estaba llena de curvas, de subidas, de bajadas… realmente un paisaje muy bonito. La lluvia que nos acompañó todo el viaje no molestaba, de hecho resultaba agradable, aunque no era muy buena para tomar fotos. La sensación de viajar por esa ruta tan bonita, con poco o nada de tráfico, escuchando a Andrea Bocelli era relajante.

De todas maneras, terminamos por encontrar la autopista y llegamos a Montevideo. Nos dedicamos entonces a buscar un alojamiento. Luego de buscar y buscar, lo más económico para nuestro flaco presupuesto fue un hostel donde querían cobrarnos 36 dólares por los dos, en una habitación con otras cuatro personas, con baño compartido. Ya estábamos resignados, cuando por pura casualidad encontramos un hotelito con dos estrellas en su puerta. Pregunté y la oferta era tan aceptable que me preocupó. Menos de U$S 50 para los dos, en una amplia habitación privada con aire acondicionado, televisión por cable, un baño privado muy cómodo y estacionamiento para nuestro cansado auto.

Luego de instalarnos, salimos a caminar un poco por la 18 de Julio, visitar un poco la Ciudad Vieja (Era la noche de los museos y estaba lleno de espectáculos al aire libre, un poco malogrados por culpa de la lluvia) y comer algo. Acabamos en un McDonald’s. Era cerca de las once de la noche y entró al lugar un matrimonio con un enorme mate y el termo bajo el brazo. “Ahora sí estoy seguro de que llegamos a Montevideo” le dije a Jonás que no se animó a tomarle una foto. Alrededor de la medianoche nos fuimos a descansar. Sólo cuando estuvimos en el hotel nos dimos cuenta de lo cansados que estábamos.


2. El encuentro (sábado)

Entre Argentina y Uruguay hay una hora de diferencia. Quise corregir la diferencia, pero por error, en lugar de adelantar la hora, la atrasé. Por ello, en lugar de sonar la alarma de mi teléfono celular a las ocho de la mañana, lo hizo a las seis. Aprovechamos el error para tener más tiempo para pasear. Seguía lloviendo, pero no por ello íbamos a dejar de recorrer la rambla. Para colmo, el pronóstico meteorológico que habíamos consultado antes de iniciar el viaje nos había asegurado una temperatura de 32 grados. Lluvia, frío y viento y yo con ropa de verano excepto por un saquito que guardé a último momento… en fin…

Cuando la lluvia se hizo más intensa, a Jonás se le ocurrió ir a visitar a un amigo que le había dicho que vive en Canelones. Fuimos para allá por la autopista 5. Era poco más de 40 kilómetros hacia el norte, ningún problema. Llegamos allá y recorrimos media ciudad antes de encontrar un teléfono que funcionara. Lo llamó entonces para pedirle la dirección exacta… El ataque de risa de Jonás cuando su amigo le explicó que su casa estaba en el departamento de Canelones pero no en la ciudad, fue de antología. Le explicó que estaba en Lagomar, cerca de Atlántida… Nos habíamos desviado poco más de 70 kilómetros. Lo más gracioso es que estaba a poco más de 20 kilómetros de Montevideo, sobre la costa. Habíamos iniciado el viaje a las diez de la mañana y llegamos cerca de las dos de la tarde. Cuatro horas para ir a un lugar que estaba a veinte kilómetros. Una vez allí almorzamos y luego volvimos a Montevideo con este amigo de Jonás para visitar a otros amigos en común. A la hora apropiada (o sea, tarde) corrimos hasta el hotel para cambiarnos e ir al club náutico de Punta Carretas donde se realizaría la esperada reunión familiar.

En algún momento pensé llevar un cuaderno para tomar notas. Debí hacerlo. Había alrededor de unas 70 personas, demasiadas presentaciones para recordar correctamente luego quién es quién. De todas maneras, fue una experiencia que no me decepcionó.

 Me encantó conocer a tantas personas que llevan mi apellido. Me sentía en casa. Luego de una presentación audiovisual que preparó el primo (de alguna forma debo llamarlo) Gustavo y otros miembros de la familia acerca de la historia de la familia y de cómo llegaron al Río de la Plata y alrededores, atacamos sin piedad a unas pizzas deliciosas, unos chivitos aun mejores y una variedad de postres, entre amenas charlas que solían empezar por preguntar a qué rama de la familia pertenecía cada uno. Entre todos los presentes, no pude dejar de asombrarme con el parecido de Néstor con mi papá… era mi viejo con bigotes. Asombroso.

Finalizado el encuentro, tarde ya, volvimos al hotel. Mencioné que seguía lloviendo? Ahora que lo pienso, debería presentar una queja al respecto. Fue el único fallo en la organización del evento.

3. Volviendo a casa (domingo)

Abandonamos el hotel alrededor de las nueve de la mañana y dedicamos algunas horas a hacer algo de turismo.



No fue hasta que empezamos a regresar que apareció el sol. Eso fue cruel. Regresamos por el camino que deberíamos haber empleado para llegar, por lo que el viaje fue mucho más rápido.

Hicimos una parada en la ciudad de Rosario (Uruguay) junto a un pequeño río, para almorzar los últimos restos de nuestras provisiones (unas galletitas y un par de latas de paté) y luego hicimos el resto del recorrido de un tirón, a pesar del calor espantoso, para llegar a casa al final de la tarde.

Y esa es la historia de nuestra excursión al otro lado del charco. Nada extraordinaria, en realidad, pero sé que no la olvidaremos. Ya al día siguiente estaba Jonás hablando acerca de repetirla… Dejamos allá amigos y parientes que queremos volver a ver en esa ciudad que tan bien nos trató. Es absolutamente imposible sentirse extranjero en ese lugar, más bien nos sentimos como si fuéramos del barrio.

sábado, 26 de noviembre de 2011

XXVI - Cuando yo tenía tu edad...


Puedes creer, Jonás, hijo mío, que cuando yo tenía tu edad no existían los videojuegos? En aquellos tiempos nos divertíamos remontando barriletes que nosotros mismos hacíamos, o jugábamos al futbol, o corríamos carreras de bicicletas, o cosas así… Nosotros, igual que tú ahora, mirábamos televisión, pero no tenía color y desde luego no existían tantos canales como ahora… Por supuesto, nada se comparaba a un buen libro de aventuras!

Recuerdo haberle dicho cosas más o menos como estas muchas veces, cuando Jonás rondaba los diez años. 

Él me esperaba cada día al regreso de mi trabajo porque cumplíamos con un pequeño rito: Jugar Mortal Kombat conmigo en la PC o tal vez Street Fighter. Yo disfrutaba dejándole ganar por escaso margen las peleas, (no siempre, no fuera a resultar que lo notara). El caso es que escuchaba lo que yo le decía y me miraba con esa mirada que decía “Me estará hablando seriamente?” A esta altura del relato, debo aclarar que yo ya jugaba con computadoras antes de que él naciera. 

Compré mi primera Texas Instruments Ti99 en 1983 y tuve un par de MSX antes de comprar mi primera PC, una 386 en el año 1994, aproximadamente. 

El caso es que lentamente fui dejando de permitirle ganar, pero cada vez perdía más fácilmente. Los años fueron pasando, fuimos incorporando más juegos y continuamos compartiendo horas juntos llenos de risas y diversión en una relación inmejorable. Llegaba de mi trabajo y ¡a jugar! A veces yo ganaba, pero siempre sospeché que se debía a que él me lo permitía de vez en cuando, no fuera a resultar que yo lo notara. A veces, trataba de distraerlo con mis relatos prehistóricos y en ocasiones hasta lo conseguía.

Tantas cosas y personajes se perdió de conocer! La leche que cada mañana encontrábamos en la puerta de casa… el vendedor ambulante con su carro tirado por un apacible caballito que venía imposiblemente cargado con toda clase de cosas, el policía que se conocía los nombres de todos los chicos, los paseos en trolebús, los carritos de rulemanes, los juegos de escondidas que abarcaban medio barrio, las expediciones -inexorablemente condenadas al fracaso- al bosquecito para cazar pajaritos, los grandes juegos de canicas (o “bolitas” como las llamábamos por estas tierras), las intrincadas negociaciones de intercambio de figuritas para poder llenar el álbum, las tardes de domingo reunidos alrededor de una radio escuchando el partido más importante…

Si usted sabe de lo que estoy hablando, entonces es un viejo como yo. Al menos, eso es lo que hubiera dicho mi hijo por aquellos días… me ofendía un poco esa clase de comentarios pero la Justicia, aunque a veces se demore bastante, llega… Alguna vez mi hijo le comentará a su hijo de diez años que, cuando él tenía esa edad, no existía la Internet, por consiguiente no existían los juegos on line, el correo electrónico, el MSN ni nada parecido, tampoco (por absolutamente increíble que pueda sonar) existían los celulares, las cámaras digitales, los reproductores de mp3 (o mp4, 5, 6 o lo que sea que se use entonces) los televisores de LCD de 50”, las laptops… la lista es interminable. Espero poder ver ese día, para poder reír como no lo hice en mi vida. Mi venganza estará consumada.

O no… tal vez, sólo para fastidiarme, mi hijo le cuente a mi nieto cómo era su abuelo a los diez años a medidados del siglo pasado… 


domingo, 30 de octubre de 2011

XXV - Una vieja foto


Revolviendo papeles viejos encontré esta foto de 1969. Cuántos recuerdos vinieron a mi mente con ella!  Yo soy el tercero desde la izquierda en la fila de abajo. Recuerdo los nombres de casi todos los que están en ella, mis compañeros de cuarto grado!  


No quiero iniciar una polémica al respecto, pero qué diferente era todo entonces… íbamos a la escuela con camisa y corbata. No era nada especial, era una escuelita pública en las afueras de la ciudad de Buenos Aires. En aquéllos tiempos, habían otros conceptos acerca de la autoridad. Respetábamos a los mayores, nos respetábamos entre nosotros mismos… Recuerdo que nos horrorizaba que pudieran enviarnos a ver a la directora, aunque sólo fuéramos a llevar algún recado de nuestra maestra! No sé si era mejor o peor… pero si he de guiarme por las cosas que veo hoy, prefiero aquéllos años.

No pierdo de vista que mis viejos decían más o menos lo mismo. Para ellos, ya no teníamos respeto por nada, los valores se habían perdido… Sin embargo, fueron estas geneneraciones anteriores las que convirtieron a este mundo en un infierno... tan educaditos que eran... 

No sé… Tal vez mi hijo, dentro de veinte o treinta años llegue a pensar lo mismo.

lunes, 24 de octubre de 2011

XXIV - Elecciones

Una vez más fui convocado para actuar como Presidente de Mesa en estas elecciones. Ya no sé cuántas veces cumplí con esta función, pero debo andar en diez o más. Es una experiencia interesante, pero agotadora.

Si he de reconocerme un mérito propio, es que siempre he conseguido que las jornadas electorales, al menos en mi mesa, transcurran en un ambiente cordial. Sin importar de que partido sean los fiscales, jamás he tenido ni un solo problema. Todos contentos.

Una de las cosas que me gusta hacer, si bien soy conciente de que es una infracción, es permitir que entren al cuarto oscuro aquellos niños que vienen acompañando a sus padres. Me parece que es una experiencia enriquecedora más allá de todo lo que puedan enseñarles en la escuela.

Sin embargo, si supiera a quien elevarle mis quejas, le diría un par de cositas…

Pusieron las mesas en un pasillo pobremente iluminado, para la tarde los ojos se me caían, querían huir de allí. Las sillitas que hay en las escuelas son para niños. Son una verdadera tortura para cualquier adulto que trate de pasar en ellas diez horas sentado. Debería estar previsto un receso para el descanso. Los fiscales de los partidos son reemplazados cada tanto por un rato para que puedan hacer lo que deseen, ir al baño, a fumar al patio, tal vez comer algo, o simplemente ir a estirar las piernas. En todas las últimas elecciones, no conté con un suplente, lo que me impedía alejarme de mi lugar, no sólo porque la gente nunca deja de venir, sino porque se supone que no debo dejar la urna, ni el famoso sellito ni nada de eso.

Ayer, alguien armó unas bandejitas para las autoridades de mesa. Fue algo surrealista… tenía dos barritas de cereal, dos paquetitos minúsculos de galletitas ¡y mayonesa! También me dieron UN saquito de té, UN saquito de mate cocido y UN sobrecito de azúcar. De haber podido conseguir agua caliente, tal vez hubiera podido tomar un té y un mate cocido, pero sólo uno con azúcar (y poca…) La presencia del sobrecito de mayonesa me hizo sospechar que originalmente podría haber estado prevista la existencia de un sanguchito, pero tal vez alguien se comió el queso…..

Bueh… así pasó otro día de elecciones… Espero que las próximas les toquen a alguien más, o al menos, que nos traten como se debe.

jueves, 11 de agosto de 2011

XXIII - Sayuk

Eran 20 kilos de pura alegría. No tenía mucho cerebro, pero lo compensaba con un corazón enorme. Todo cariño, inocente, un poco atolondrado, siempre con ganas de jugar, de correr, de recibir afecto... Nada podrá reemplazar los "enojos" que nos provocaba cuando saltaba a toda carrera sobre nosotros estando en la cama y nos llenaba de lengüetazos que eran sus besos.... 

Sayuk se fue, pero no muy lejos. 
Siempre estará en nuestro corazón y en nuestra memoria, Nos seguirá provocando sonrisas cada vez que recordemos sus travesuras y su mirada llena de luz. Si tuviera que describir su expresión, juro que parecía lucir una eterna sonrisa.

Sayuk se fue, pero no muy lejos. 
Se llevó con él todo el cariño que recibió mientras estuvo con nosotros. Estoy seguro que fue un perro feliz.  Ahora debe estar corriendo en el verde campo destinado a los perros que supieron ganarse un lugar en el Cielo de los Perros, porque no me queda ninguna duda de que se lo merece. 

Sayuk se fue, pero no muy lejos. 
Estará siempre con nosotros, cerca de nuestros corazones.

viernes, 24 de junio de 2011

XXII -73!

Cuenta la leyenda que hace mucho, a fines del siglo XIX, En Estados Unidos hubo un operador de telégrafos del ferrocarril que seguía trabajando el día en que cumplía 73 años. Los demás operadores de la red, quienes lo respetaban muchísimo, querían saludarlo, pero eso en la práctica no era posible, porque eran tantos que hubiera llevado mucho tiempo hacerlo y eso hubiera entorpecido mucho el tráfico telegráfico. Solucionaron el problema transmitiendo solo el número 73. El saludo y el respeto quedaba implícito. Desde aquel día, el “73” se fue imponiendo entre todos los telegrafistas del mundo como saludo respetuoso, no solo en los ferrocarriles, sino en todos los servicios. No sé si la historia será cierta, pero el hecho es que hasta el día de hoy se sigue utilizando, especialmente entre los radioaficionados que parecen ser los últimos en negarse a abandonar completamente este tradicional sistema de comunicarse.


Mi viejo empezó a trabajar en el Ferrocarril Urquiza de joven. Sin instrucción formal, sin haber hecho más que la escuela primaria, empezó como peon, tendiendo los cables del telégrafo. Perfecto autodidacta, les juro que se compró un libro para aprender a nadar, lo leyó, se tiró al agua y salió nadando… Llegó a jubilarse siendo el jefe del departamento comunicaciones del ferrocarril, con un ejército de ingenieros bajo su mando. Como radioaficionado, construía sus propios equipos, sabía más que nadie sobre televisión allá por los años 60, cuando recién estaba en sus inicios…. En fin, él me enseño mucho de lo que llegué a saber, pero fundamentalmente fue el mejor amigo que tuve. Todavía recuerdo nuestras excursiones de pesca, que comenzaban mucho antes de salir de casa, cuando preparábamos el equipo con una gran dedicación. Dueño de un sentido del humor exquisito, que afloraba especialmente en los momentos más críticos, estoy seguro de que les habría agradado.

Siempre me alentó en todo, incluso me acompañaba cuando en realidad no estaba de acuerdo. Por ejemplo, cuando a los 22 años le dije que quería irme a vivir solo, al ver que era una decisión firme la mía, me acompañó a ver departamentos para alquilar y me aconsejaba sobre cuál era a su entender la mejor opción. Su idea de “educación” era muy simple: honradez, trabajo, respeto a los demás… defensor extremo del derecho de los demás a vivir diferente y pensar diferente, sin importar cuánto de diferente fuera de sus ideas.

Hasta el fin estuvo dispuesto a absorber cosas nuevas. Compró su primera PC a los 80 años, y luego de desarmarla completamente para entender como funcionaba, se dedicó a inventar cositas controladas por la PC, de las cuales no funcionó bien ninguna, pero eso no es importante. Enamorado de internet, nunca olvidó su primer amor: la radiotelegrafía. Alguien me dijo cuando falleció en el año 2000, que seguramente estaba armando gran alboroto en el cielo intentando hacer innovaciones en el sistema celestial.

Mi viejo… cómo saludarlo en este Día del Padre, como expresarle todo mi cariño y mi respeto de una manera que él la entienda? Ah… ya sé….

73, papá

viernes, 20 de mayo de 2011

XXI - Sudestada

Un buen amigo, Gabriel Payares, seguramente inspirado en la tercera entrada en este humilde blog, (febrero 2010 "El Desdémona") escribió un muy bonito cuento que con su permiso reproduzco aquí (Aunque no me pidió permiso para declararme muerto en el principio del cuento). Es el cuento con el cual este joven que considero parte de mi familia y que conocí originalmente como amigo de mi hijo Jonás, ganó la quinta edición del Premio de Cuentos Policlínica Metropolitana para Jóvenes Autores, fallado el pasado 9 de mayo en Caracas, Venezuela. El jurado destacó "la trabajada sencillez de su desarrollo accional, su tono reposado y su escritura impecable, a través de los cuales logra ofrecer sin embargo una mirada poética a la decadencia de la vida moderna".

SUDESTADA
Fuente: Prodavinci.com

para Sergio Chifflet
…y ya mis ojos son barro en la inundación
Bersuit Vergarabat

No recuerdo de qué manera me percaté de su presencia en la ventana, asomados hacia adentro con la curiosidad de un niño en la vidriera de una tienda. Era un miércoles, estoy seguro, pues cada miércoles del mes nos convocan, con cruel puntualidad, a mí y a mis dos o tres compañeros a una reunión con el departamento de publicidad en el piso de abajo; una asamblea incómoda y exigente en la que pretendemos estimular con vasitos de café negro los cerebros agotados de quienes llevamos demasiado tiempo trabajando en este periódico. Esas ocasiones constituyen para mí un verdadero horror, en el que confrontamos en vivo y directo el creciente abismo que nos separa de las generaciones venideras. Aunque a decir verdad me hacen también algo de gracia: reuniones en las que el silencio es nuestro aporte más sustancial al reciente modelo de propaganda, al atrevido diseño de nuestros logotipos o a todas esas cosas de las que se ocupa la gente que piensa en términos como urbano pero juvenil, dinámico, con garra, fresco y con punch. Nosotros, encargados de la parte más embrutecedora del negocio, escuchamos aquella alharaca como quien se duerme viendo una película en otro idioma, y al final asentimos antes de levantarnos, la mayoría de las veces sin haber entendido ni querer entender una sola palabra. A menudo tengo la impresión de que cada miércoles envejecemos un par de años, como muñecos de papel remojándose en café negro, y esa sola imagen gobierna mi cabeza durante la hora y media que compartimos con nuestros diseñadores y “creativos”: gente rápida, llena de aretes y tatuajes, que mi padre sin pensarlo mucho habría tildado de maricas y faloperos. Por eso, cuando todo termina, regreso a mi escritorio con una sonrisa tan tímida y contradictoria, casi una mueca, que pareciera más bien estar sufriendo un retortijón en los intestinos. A veces algún compañero me lo señala, y yo ignoro sus comentarios con amabilidad: no sabría explicarle lo que siento, pero si fuese posible, me reiría con ganas y a todo pulmón en el medio de la oficina.

En todo caso: un miércoles cualquiera, poco después de la reunión, aparecieron aquellas dos siluetas negras en la ventana. Hacían contraste sobre el fondo nublado del cielo de la tarde, y me produjeron una fascinación inmediata. Pájaros: parecían dos agujeros profundos e irregulares en el vidrio que separa el aire acondicionado de nuestra oficina del aire desacondicionado de nuestra ciudad. Los observé durante un rato, de pie junto a mi escritorio y con mi taza de café en la mano, mientras ellos parecían detallarlo todo alrededor del ventanal: primero se ubicaron a los lados del jefe y espiaron con desvergüenza las imágenes de su computadora; de espaldas a ellos e inverosímilmente concentrado, él ni siquiera notó la extraña visita; pero sí pareció teclear más frenéticamente mientras sostuvo sus miradas sobre los hombros. Los avechuchos se aburrieron de él bastante pronto –no puedo culparlos por ello– y se movieron con discreción a lo largo del vidrio, fijándose con interés en todos los que pasaban cerca. Exceptuándome, nadie pareció notarlos siquiera; y si alguien más lo hizo, no le resultaron merecedores de chiste o de comentario. Tal vez su tamaño discreto –casi de roedor pequeño– les haya servido de camuflaje, o tal vez todos en la oficina estaban demasiado ocupados para siquiera mirar. Eso ocurre a menudo. Seguí su trayectoria, hipnotizado, hasta verlos detenerse en un punto cualquiera del ventanal y luego cruzar con los míos sus ojos redondísimos y brillantes, pintados con una mezcla extraña de colores. Le di entonces un sorbo a mi café. En apenas unos segundos, la escena que hasta ese instante me había movido a una sonrisa cobró un cariz marcadamente siniestro. No hubo complicidad alguna en sus miradas, que se mantuvieron fijas sobre mí; graves y distantes, casi orgullosos, sus rostros de pájaro me recorrieron con paciencia, no sé si ofendidos por el peso de mi cuerpo, por mi enorme gravedad y por el hecho de que estuviese suspendido a la altura de un décimo piso.
No sé cuánto tiempo sostuvimos aquella exploración mutua, cuyo fin sentenció el chillido del teléfono sobre mi escritorio. Atendí con lentitud y distracción, intentando coger el auricular sin perderlos de vista. Ellos parecieron haber esperado ese momento, pues hacían brevísimos amagos de huida, preparándose para un vuelo sorpresivo que no lograban finalmente concretar. Atendí la llamada en silencio, con la creciente sensación de que la bocina me traería el sonido vivo de fuera de la ventana: el ronquido cariñoso del viento confundiéndose con el sonido íntimo y lejano a la vez de sus graznidos, o de algún breve silbido, quizás, con el que compartirían una revelación misteriosa, deseo inconcluso o relato olvidado en algún rincón de mi memoria, depositándolo con un leve entreabrir de sus picos diligentes en mi oído y en mi cerebro para siempre.
– ¿Jonás? –dijo la voz del otro lado. Sus picos permanecían cerrados.
– ¿Sí? –contesté, inmóvil, apenas un susurro.
– ¿Jonás? ¿Por qué no me contestas? ¡¿Hola?!
Gritó por teléfono la voz de mi mujer.
El hechizo se hizo pedazos contra el piso, bañándome los zapatos de café caliente y obligándome a dar un ridículo saltito sobre mi escritorio; un poco más y habría ido a parar al suelo. Sobre la alfombra, los trozos blancos de la taza parecían dientes arrancados en una pelea; una pelea que estaba por venir.
– ¿Qué coño estás haciendo? ¡¿Jonás?!
– Sí, sí, ya estoy –contesté con aire resignado. –Tuve un pequeño accidente acá. ¿Qué pasa?
– ¿Qué va a pasar? Es tu hijo, que acaba de llegar del colegio. Hoy salían temprano y tenías que haberlo buscado hace horas, Jonás. Suerte que unos compañeros viven a unas cuadras y pudieron dejarlo cerca, que si no…
– ¿Ah, era hoy? –me llevé las manos a la frente. Esto iba a ser desagradable. Mi mujer era un ser normalmente razonable: alguien con quien se puede vivir en relativa paz, sin mucha efusividad pero sin grandes altercados; pero eso sí, cuando el tema en discusión era nuestro único hijo, aquello podía tornarse una verdadera tormenta. Para ella no existían puntos medios en la educación de lo que, a todas luces, era ya un joven capaz de valerse por sí mismo: era a su manera, o a la carretera.
– ¡Claro que era hoy, Jonás! ¡No se puede contar contigo para nada, todo se te olvida!
– Bueno, bueno, lo lamento, de verdad. Igual ya él es un chico grande. Yo a su edad ya trabajaba, vamos.
– ¿Y qué? ¿Entonces tiene él que pasar por las mismas penurias que tú? ¡Pero qué buen padre!
– ¿Cuáles penurias? –la interrumpí, casi suplicante. Si algo detesto de las discusiones telefónicas es que, haga lo que haga, uno siempre luce como peleando consigo mismo. – ¡Si todos los adolescentes se van solos a casa! ¡Seguro que sus otros amigos se van solos a casa!
– Ya, déjalo. Eres imposible. Ya verás qué le dices cuando llegues a casa.
– Vale, vale, ya veré qué le digo.
– Adiós.
Colgué con un gesto de fastidio, y mis ojos buscaron de inmediato a los intrusos de la ventana: no estaba ninguno. Solté un chasquido de fastidio y recogí pieza a pieza mi taza de la alfombra. Me gustaba aquella taza, solía tener un paisaje marítimo impreso: palmeras, mar, atardecer, un barquito. Ahora no tenía nada. Y la mancha de café en la alfombra semejaba un charco de sangre. Decidí irme a casa temprano.

Llegué al hogar a hora usual, casi de noche, después de dejar ir un par de trenes en la estación. No sé si por miedo, fastidio o alguna razón secreta, deambulé por los recodos del enorme edificio ferroviario, leyendo una y otra vez las carteleras de información, viendo aquí y allá a la gente llegar y despedirse. La estación es un lugar misterioso, en donde miles de vidas se cruzan sin saberlo y sin que les importe lo más mínimo, en su frenética carrera hacia el final de cada día. ¿Los esperaría a cada uno una mujer furiosa y un hijo indiferente? ¿Cuántos de ellos tendrían un trabajo monótono y sin perspectivas? ¿Cuántos leerían el periódico que yo corregía desde hacía años, y después lo echarían sin remordimientos a la basura o lo pondrían en el suelo para que el perro lo orine? Ninguno disponía del tiempo para contestar a mis preguntas, y claro que a ninguno me atreví a formulárselas. Los cuarenta son una década incierta, límite entre el ánimo confiado de la juventud y el inicio de esa antesala al retiro que llamamos “la edad madura”; y a mí, en el fondo, no me interesaba demasiado preservarme joven, ni convencerme de que los mejores tiempos estaban aún por venir. Muchos años viviendo junto a las vías del ferrocarril enseñan a tener presente el sentido de la oportunidad, y uno termina acostumbrándose a tomar siempre el tren que viene después; las oportunidades están siempre repletas y nunca hay lugar para sentarse. 


La cena me esperaba solitaria en la mesa, como luciría una fiesta sorpresa a la que el cumpleañero no se presente. Le di algunos bocados fríos antes de devolverla a la nevera y calentar el agua para un té. Madre e hijo se habían puesto de acuerdo en mi ausencia, internados cada uno en la pantalla del televisor de sus cuartos. Seguramente habrían comido así, cada uno en un canal diferente. El de ella fue un saludo gélido, que interrumpí con la excusa de “ir a hablar con el chico”, sin darle oportunidad de añadir una sola palabra. Peón toma reina, jaque al rey.
El cuarto de mi primogénito es constante en su estado de desorden. El volumen del televisor estaba altísimo, y la pantalla exhibía un programa de humor bastante popular entre los chicos, con el que yo jamás había podido pactar más allá de alguna breve sonrisa. El divertimento consistía en un show de concursos chino o japonés, en el que los participantes caían en pozos de barro, de crema pastelera o de tomates molidos y emergían con una sonrisa avergonzada. Las voces originales habían sido dobladas con chistes y frases crueles, a menudo aludiendo al arroz, al color amarillo o a los ojos rasgados de los concursantes, y el resultado final era un frankenstein de cuarenta minutos con risas grabadas. No era gracioso. Nunca me han gustado los chinos, ni me han parecido gente graciosa, ni mucho menos amable, ni particular en nada, incluso si están cayendo de cabeza en un pozo de crema pastelera. Además, nadie le ofrecía al espectador una mínima explicación sobre qué premio esperaba a los concursantes al final del trayecto, ni en qué imaginario específico se ambientaba el show original, y esa intriga me acompañaba, las pocas veces que había intentado verlo, durante los cuarenta minutos de programa.

Escuchaba a mi hijo reír sin parar, echado sin zapatos sobre su cama y absorto en la contemplación del show; lo hacía obedientemente cada vez que el televisor así se lo indicaba. Él no necesitaba explicaciones. Entonces me apoderé en silencio de una esquina del cuarto y esperé; estoy seguro de que tardó varios instantes en advertir mi presencia. Su mirada inicial fue de desconcierto, como si esperase algún tipo de reprimenda que no lograse siquiera imaginar. Yo permanecí en silencio por un rato, estrategia para captar su atención que empleaba a menudo. Era casi cruel dejarlo que aguardase lo inesperado, como una gallina enfrentando un crucigrama, pero era un método preferible, dijera lo que dijera su madre, a las brutalidades con las que ella y yo habíamos sido criados. Finalmente, el muchacho rompió el embrujo y asumió sin tapujos la derrota.
– ¿Qué pasa, viejo?
– Nada, nada. –Respondí, intentando sonreír. Odiaba que me llamara “viejo”, porque así le decía yo a mi propio padre cuando estábamos disgustados. Su atención sobre mí no duró más de algunos minutos: los de la pausa comercial. – Tu madre quería que viniera a hablar contigo.
– Ah, ya. ¿Sobre qué?
– Sobre lo de hoy y el colegio, ya sabes.
– Ah, ya… ¿Qué cosa del colegio? –Estaba tan sumergido en la pantalla como uno de los chinos en una piscina de lodo. Suspiré. Combatir el televisor era una empresa titánica. Pero a fin de cuentas, no había nada nuevo e importante que decirle.
– No, nada, nada. Lo de siempre.
– Ah, ya… ¿Qué cosa?
– Nada, nada. Te dejo que sigas viendo la tele.
 Una carcajada vino a confirmarme que él estaba de acuerdo. Demoré unos segundos más del lado de afuera de la puerta y me dirigí a la cocina: había una olla de agua a punto de hervir y dos bolsitas del té que más me gusta a su lado. Estiré el cuello hacia el cuarto: la luz se encontraba apagada. Me habían perdonado. Bebí dos o tres tazas del té en la sala, mientras esperaba que el sueño sumergiera la casa en el silencio. Sólo entonces me fui a dormir, casi a la medianoche, sintiéndome una especie de vencedor insomne que le hubiese arrebatado un tiempo extra a las horas del día. En la mañana, paradójicamente, saldría tarde al trabajo, quién sabe si incluso perdería el tren; mi mujer me lo reprocharía durante el desayuno y me diría que no duermo lo suficiente. Y dormir para qué, pensaría yo en el camino, si igual no es mucho con lo que puedo ya soñar.
El resto de la semana transcurrió por debajo de la mesa, como los ratones, pues así se le escapan a uno los días después de alcanzar una cierta edad: huyendo en silencio después de haberse comido las migas del pan o algún pedazo de queso abandonado. Andando así por la semana, a tontas y a ciegas, tropecé de nuevo con un miércoles y con una convocatoria a la consabida reunión. Puntos a discutir: “Estrategia de respaldo comunicacional de nuestros aliados financieros”. Ajá. ¿No era esa la minuta de la semana pasada? Debí haber hecho la pregunta en voz alta, ya que al instante una voz me ofreció la respuesta:
– Quedaron dos puntos por discutir en la reunión anterior, ¿recuerdas? –yo, la verdad, no recordaba siquiera los puntos sí discutidos.
– No demasiado, pero qué importa.
La voz pertenecía a Laura, la más cercana de mis compañeras de oficina, quien visitaba a menudo mi escritorio con ese aire gatuno que tuvo desde que entró a trabajar con nosotros. Venía de otro periódico, y en ese entonces era más joven, más guapa y no se había casado con el troglodita que hoy en día le amarga la existencia. Es gracioso: al principio, Laura solía darme consejos sentimentales, ideas para mejorar mi matrimonio, ese tipo de cosas; hasta que un romance furtivo comenzó a insinuarse entre nosotros y yo, francamente entusiasmado por la perspectiva de vivir una aventura, lo arruiné todo sin querer y sin entender todavía cómo. No sabría explicar de qué manera ocurrió todo aquello, que no llegó siquiera a concretarse en un insignificante beso, pero sé que mis intentos posteriores por acercarme terminaron siempre en el más absoluto rechazo. Finalmente la dejé ir, en silencio, y aprendí a conformarme con sus esporádicas apariciones, con verla hurgar entre las cosas de mi escritorio y abrir con falsa curiosidad mi carpeta siempre obesa de asuntos pendientes. Después de tanto tiempo, Laura era algo similar a una amiga cercana, o algo así. No estoy muy seguro.
– ¿Y cómo te ha ido? –pregunté al notar lo insistente de su presencia.
– Nada, en lo mismo –esquivó con un ronroneo. Creo que aplicaba conmigo las mismas estrategias que yo con mi único hijo. –¿Terminaste de corregir los anuncios que te pasó el jefe?
– Ya casi, necesitaban mucho trabajo.
– ¿Muchas vocales fuera de sitio?
– Esa es una manera de ponerlo.
– La semana pasada lo escuché quejarse de que sobrecorregías.
Levanté la cabeza y la abordé de reojo, escondido tras la pantalla del computador.
– ¿Quién?
– El jefe, tonto.
– ¿Yo sobrecorrijo?
– Eso dijo él.
– Qué hijo de puta.
– Ah, no sé. En eso no me meto –se irguió como un ave que da una voltereta antes de volar y me tendió con amabilidad un recorte de papel periódico. – Vine a traerte esto. Sé que te gustan los barcos, ¿no?
Asentí.
– Papá era marinero.
– Bueno, ahí tienes, querido. A lo mejor puedes irlo a visitar.

El artículo pertenecía, curiosamente, al diario de la competencia; algo que no me sorprendió demasiado. Podía imaginar a Laura comprando perfectamente varios periódicos a la vez y leyéndolos tranquilamente en nuestra sala de redacción. Las letras negras del encabezado anunciaban la muerte mecánica de uno de los barcos más antiguos de la flota mercante nacional, justo debajo de una enorme fotografía en blanco y negro: “El Desdémona descansará en paz en la ribera”. La nota era breve y llena de generalidades, escrita seguramente a último minuto. La fotografía, en cambio, era más que impresionante: las gigantescas aspas de una hélice se ofrecían a la mirada como huesos expuestos en una fractura, mientras la panza del barco formaba un cielo tosco y oxidado dentro del recuadro de la foto, y hacía pensar en que estuviese a punto de caer una lluvia de tornillos. El periodista afirmaba que el futuro de la nave era incierto: las autoridades se debatían entre el museo y el desguazadero. El Desdémona había sido construido a principios de siglo, pero estaba tan pobremente conservado que lucía incluso más viejo que eso, todo un dinosaurio mercante. Recién terminaba de leer la descripción, cuando ya mi padre se me venía a la cabeza. ¿Qué habría dicho al respecto de estar vivo? Seguro le habría reprochado al mundo, con ese tono adolorido con el que hablan los argentinos, su empeño por sentenciar el pasado a las fauces del orín, como un soldado herido en plena batalla contra el tiempo. Estuve incluso tentado a imitar su voz, para escucharlo vivo de nuevo a través de mi garganta, pero me habría expuesto a las miradas de todos en la oficina y sobre todo a la de Laura, que se mantenía aún de pie frente a mi escritorio, registrando mis reacciones como lo hacen las madres de hijos únicos al momento de abrir los regalos de navidad.
– Gracias, Laura –respondí, más para que se marchara que por un genuino agradecimiento. – Lo leeré bien en un rato.
– No, de nada. Lo vi y me acordé de ti.
Le obsequié una sonrisa mientras ella volvía a su puesto, y mis ojos se zambullían de nuevo en la fotografía. Se me ocurrió que mi padre tendría más o menos mi edad –quizás un poco más joven, no lo sé– cuando abandonó la marina mercante para dedicarse a su familia y a su único hijo, quien apenas si conocía. El cambio fue tan radical como doloroso: del cuarto de máquinas pasó al escritorio, de los sextantes y la brújula a los sellos de caucho y las fotocopias. Y tras ser un padre ausente, un héroe lejano con bolsillos repletos de objetos maravillosos, devino un acostumbrado garabato de sí mismo. En un par de años nada más, su nueva ocupación le había domesticado el espíritu, y como las aves en cautiverio, comenzó entonces a envejecer. Su bigote endureció y perdió el color, su pulso se hizo errático e inconstante, y sus ideas enlentecieron hasta anquilosarse. Supongo que mi padre era como El Desdémona: una vez anclado en la ribera, su cuerpo empezó rápidamente a oxidarse.

El correo electrónico me recordó, con un gemido alegre y una alarma anaranjada, que ya era hora de acudir a la reunión. Arrancado de mis pensamientos, acuñé el artículo de prensa bajo el teclado del computador, justo a tiempo de pescar por el rabillo del ojo a una silueta agazapada en la ventana. Y ahí estaban de nuevo: dos pájaros negros intrigados por la oficina, espías furtivos del reino animal. Uno primero y el otro después se asomaron contemplándome con reservas, con cierta desgana, a lo mejor resentidos conmigo por haberlos sorprendido de nuevo. Pude entonces detallarlos mejor: los recordaba mucho más pequeños, aunque en realidad eran de buen tamaño y de formas familiares, que pronto bauticé como alcatraces. Tenía años sin ver un alcatraz, veinte o veinticinco tal vez, desde la última vez que acompañé a mi viejo a la playa; aquellas eran aves de mi propia prehistoria. “¿Y ustedes?”, les pregunté en voz alta, sobresaltado por mi propio tono, que pareció brotar enmudecido, surgiendo debajo del agua o desde el interior de un barril de madera. “¿Nosotros qué?” respondieron sus graznidos en mi cabeza, “¿es que no piensas ir a la reunión?”.


Pero esa era la voz de Laura, de nuevo, que se atravesaba en el camino de mi mirada y me extraía de mis delirios. Me incorporé, asintiendo como un resorte y tomando un lapicero y una libreta, antes de echar un vistazo hacia la ventana de fondo. Ya no había nada que ver, más allá de la ciudad sucia y aburrida. Nada digno de comentario. Como tampoco lo hubo en la reunión. Mis hojas regresaron en blanco.


Esa noche cenamos tan sólo mi mujer y yo, porque el chico se quedaba en casa de algunas amigas. Su madre parecía realmente creer que aquello tendría el aire de una inocente pijamada; yo, sin saber cómo disimular un súbito arrebato de envidia, me lo imaginé en un tipo muy distinto de reunión. No supe si sentirme orgulloso de que no se repitieran en él las mismas torpezas de su padre, o si resentir el hecho de que jamás me hubiese pedido un consejo amoroso. Movido por las sensaciones, se me ocurrió insinuar en voz alta que la presencia de nuestro retoño, de no ser por su televisor eternamente encendido, apenas si se habría hecho sentir entre nosotros. Me gané una mirada de advertencia: Careful with that axe, Eugene. Pisé entonces el freno a toda velocidad y previendo el inminente estallido, alabé la comida y agradecí la oportunidad poco frecuente de estar a solas y de compartir. Ella ablandó la mirada, pues me conocía lo suficiente para valorar aquel gesto en su justa dimensión; a veces no está tan mal eso de acostumbrarse al otro por completo. Esa noche hicimos el amor despacio y con gusto, aunque ya no duráramos tanto como antes. Sabíamos en dónde tocar, y el resto era cortejo por compromiso. Terminamos, ella primero y yo poco después, y nos dormimos casi de inmediato.
Durante la madrugada estuve soñando conmigo mismo. Me veía en mi puesto de trabajo, sentado sobre el escritorio porque el suelo había empezado a inundarse. En el más absoluto silencio, la oficina se convirtió en una pecera tranquila y apacible, en la que todo flotaba en su lugar. Y aunque tuve todo el rato la respiración contenida, en ningún momento sentí el apremio de huir desesperado. Por el contrario, caminé –¿por qué no nadaba?– hasta el enorme ventanal frente a mi escritorio y abrí con calma el cerrojo. En ese momento la gigantesca presión del agua hizo estallar en pedazos la ventana y arrojó la oficina entera hacia el vacío: mobiliario, papeles húmedos, sillas reclinables, teclados ergonómicos de computadora e incluso yo mismo, todo salía despedido por los aires, y mi única preocupación, a medida que me precipitaba hacia la nada, era haber dejado adentro el recorte de periódico que Laura me había dado en la mañana.
– ¿Y estas ventanas se abren? –me descubrí preguntándole a un compañero días después, en plena pausa para el café, inspeccionando el mismo ventanal de mis sueños.
– Creo que no –fue la respuesta. –¿Para qué las quieres abrir? Se va a salir todo el aire acondicionado.
– No, no, para nada –dije, sintiéndome un extraterrestre. –Curiosidades de uno, ya sabes.

Esas mismas curiosidades mantuvieron el sueño vivo en mi cabeza durante los días siguientes, en los que dediqué preciosos minutos de trabajo a la contemplación del recorte de prensa. Me sorprendí pensando que si aquel edificio fuese un poco más alto, y si la ventana diese hacia el lado contrario, probablemente podría ver al Desdémona, esperando por sus verdugos como una gran ballena comatosa. Quizá, de tener más tiempo libre, habría incluso subido a la azotea a comprobar mi teoría. Pero por otro lado confiaba en que, dado el interés que había demostrado por la noticia, Laura me informaría si llegaba a anunciarse el destino del pobre barco. De todas formas, y por si acaso, decidí invertir algunas monedas diarias, durante mi viaje de regreso a casa, en comprar el periódico competidor, leerlo de cabo a rabo y dejarlo abandonado en el asiento del tren cual flagrante prueba del delito. Esa pequeña traición se repitió y repitió hasta hacerse costumbre, durante cada día que pasaba de mi angustiosa espera.


Confieso no saber cómo llegó a ocupar El Desdémona un porcentaje tan amplio de mis pensamientos, pero antes del miércoles siguiente ya había pensado en dos o tres rutas posibles para ir a visitarlo en la ribera: quizás pudiese organizar un viaje familiar –aunque a mi querido retoño costaría un mundo convencerlo–, o tal vez pudiese fugarme de la oficina un par de horas antes y visitarlo a toda prisa; esto último requería algo más de tiempo y planificación, pues llegaría a mi hogar mucho después de lo acostumbrado, y no tenía ganas de lidiar con sospechas de infidelidad. Pero no era ese el principal inconveniente: el viaje, por encima de todos los contratiempos, precisaba de algún tipo de propósito, algún punto cardinal que lo orientara dentro de las acciones de mi vida. A partir de cierta edad uno no desaparece así nomás, sin tener una excusa creíble –o increíble– preparada, pues ciertos imperativos rutinarios, morales, familiares o no sé de qué tipo terminan imponiéndose a la libertad y convirtiéndola, en el mejor de los casos, en recuerdo de una antigua sensación. Al final estamos más atrapados en nosotros mismos que en cualquier cárcel o prisión del universo. Anclado a mis propios razonamientos, me convencí de seguir esperando un poco más.


Y así lo hice, al menos hasta la noche. Después de la cena, en esos brevísimos minutos antes de que el chico abandonara la mesa y se escabullera sagazmente hacia su cuarto, asomé la noticia del Desdémona, fingiendo haberme enterado de ello esa misma mañana. Con una sonrisa ilusionada, le conté a madre e hijo el dolor que aquella escena hubiera desencadenado en mi padre de estar vivo, y repetí un par de frases suyas para acompañar mi performance, momentáneamente poseído por su espíritu de marinero sureño. Podría jurar que durante un segundo, tal vez dos, hubo un chispazo de entusiasmo en la mirada de mi familia: una llamita débil, quizá, pero suficiente para hacerme sentir lo que el primer cavernícola en lograr encender una fogata. Pero siempre hay vientos más fuertes, y a medida que el hilillo de atención de mi primogénito era absorbido por los chillidos de su teléfono móvil, mi mujer me propinaba una mirada amorosa, cargada de piedades. Al final, dejé morir mi anécdota sobre la mesa con asqueada resignación.
– ¿Quieres un té? –me ofreció mi señora a modo de consuelo, llenando de agua la ollita acostumbrada. Yo asentí en silencio, oyendo el eco de una sonrisa desvanecerse. Y entonces añadió:
– No te pongas así. Algún día recordará tus historias.
– …Si apenas las escucha, mujer.
– Es un chico, Jonás. Tú también tuviste su edad.
– Yo a su edad amaba las historias de mi padre.
– Porque apenas si lo conocías.
– ¿Y él sí me conoce a mí?
– Ay, Jonás, no empecemos.
– No, dime. ¿Me conoce?
– ¡Como si hubiera mucho de ti que conocer!
– Joder, mira lo que dices. A veces actúas como una bruja.
– Mira, Jonás, no fastidies, ¿sí?
– ¿Yo?
–  Sí, tú.
– Buf, ya comenzaste.
–Lo digo en serio, Jonás: no me fastidies. ¿Está claro?

Un amargo silencio da por terminado mi intento de aventura familiar. Añadir una palabra más a aquel duelo de espadas habría equivalido a hacer malabares con granadas. Así que enterré el hocico en la taza de té durante los minutos que tardé en quedarme a solas, y hallé de pronto en mí la determinación de los que han sido totalmente derrotados. Hurgué en el enorme revistero de periódicos viejos y folletines de propaganda hasta dar con la guía telefónica en el fondo; tendría un par de años de vencida, pero era perfecta para mis fines. Abrí sus últimas páginas y di con el plano sectorizado de la ciudad, en el que luego tracé con el dedo mi ruta de huída hacia la ribera, considerando diversos posibles escenarios. Con apenas tomar el subterráneo, o en su lugar un par de autobuses, podría llegar en más o menos cuarenta minutos al extremo este de la ciudad, en donde nacía el río que la atraviesa, hijo debilucho de uno más amplio y caudaloso. Allí, justo en ese cruce de intensidades, El Desdémona aguardaba impaciente mi visita. Viajaría solo, pues incluso así estaría más acompañado que en mi propia cocina, y cuando volviese de mi aventura personal, de esa ruta trazada por mis dedos sobre la guía, demostraría finalmente la enorme riqueza del mundo que sólo yo era capaz de contemplar y que ninguno de mis seres queridos se dignaba a compartir. Al contrario de mi padre, que escogió el camino del encallamiento, yo regresaría liberado de mí y de todos, aunque nadie más en el mundo lo supiera. Esta vez no estropearía la aventura, no dudaría en el momento preciso de tomar a la vida por las mejillas –esas mejillas siempre rubicundas de Laura– y estamparle un beso, para después darle la espalda y continuar como si nada, porque así son los valientes: inexplicables, incomprendidos, silenciosos. Afiebrado por el ritmo de mis propios pensamientos, desprendí las páginas de la guía con sigilo y las inserté en un bolsillo de mi billetera. Ya tenemos un plan, amigo mío. Pase lo que pase, ya tenemos un plan.
Esa noche apenas si pude dormir. Una vieja angustia me revoloteaba entre el pecho y la barriga, y ni siquiera el lento aguacero de la madrugada logró arrullarme por completo. Finalmente el cansancio pudo más: cerré los ojos un instante y al siguiente ya era de día. La claridad insinuada entre las persianas me dijo que aún era temprano, y que el despertador estaba aún por sonar: podía sentirlo tomar aire antes de dar el campanazo. Mi mujer también dormía, y de pronto esos minutos se me antojaron de una calma pasmosa e inmortal, como si estuviésemos posando sin saberlo para alguna fotografía: esa idea fue de algún modo reconfortante. Giré hacia ella con calma, minimizando el roce sobre las sábanas y le pasé un brazo por la cintura, como solía hacer de novios, cuando dormíamos juntos en la estrechísima cama individual de un cuarto en el centro de la ciudad, con sus padres fingiendo dormir del otro lado de la pared. Ella recibió la caricia sin despertar, con ese ademán dulce que aún conservaba, a pesar de que la vida nos hubiera agriado poco a poco el carácter. Tal vez en sus sueños aún estuviésemos allí, en ese cuarto abarrotado de sus cosas, soñando juntos el tramposo porvenir. Me pareció criminal arrebatarle esos instantes despertándola a una realidad desgastada de tanto uso; más bien intenté dormir de nuevo y acompañarla en aquella fuga maravillosa. Alguien debería enseñarnos al nacer, reflexioné, a escoger con mucho cuidado los eventos que vayamos a vivir: estaremos soñando con ellos durante el resto de nuestra existencia. No pude volver a dormir, pero permanecí inmóvil hasta que el despertador inició su odiosa cantaleta. Entonces cerré los ojos, mientras un temblor parecía sacudir a mi mujer, incorporándola por partes, y ella se libraba de mi abrazo sin apenas notarlo; me pareció que despertaba y a la vez se quedaba dormida. Esperé a solas un tiempo prudencial, como un niño retrasando el momento de ir a la escuela, antes de levantarme y marchar a paso lento hacia el cuarto de baño.

Esa vez no perdí el tren de la mañana: mi plan exigía puntualidad y destreza. Opté por el tren, luego subterráneo y finalmente un autobús, estrategia que me permitiría fugarme y volver al trabajo justo en la hora de almuerzo. Llamé a la oficina desde un teléfono público en la estación, para decirle a Laura que había amanecido indispuesto y me reincorporaría en la tarde. Alegué dolencias intestinales: vómitos y mareos. Nada grave, algo me habrá caído mal. Menos mal, hombre. Sí, menos mal. ¿Llegarás a la reunión de publicidad? Seguro, en la tarde estaré en mi puesto. Perfecto, yo le aviso al jefe, que te mejores. Gracias, Laura. La ventaja de no faltar nunca al trabajo es que cuando por fin lo haces, nadie duda de la veracidad de tus excusas. Colgué el teléfono público y me apresuré hacia el andén, con el periódico de la competencia ya bajo el brazo; me sentí el protagonista de alguna vieja película de espías, sentado en el tren con un periódico ensombreciendo mis facciones, atento a la remota posibilidad de ser descubierto. Una genuina emoción de aventura me condujo de pronto a una sonrisa.

La enorme caverna del subterráneo me arrojó al aire denso cercano a la ribera, cargado del olor del diesel sobre las aguas. Me sorprendió orientarme con celeridad en un sector de la ciudad que hacía años no visitaba. Esperé el autobús durante minutos interminables, antes de ceder a la impaciencia y decidirme a caminar: según mis cálculos pocas cuadras me separaban del río mismo, y una vez en el muelle, no sería difícil acercarme al coloso de metal lo más que me fuera permitido. De cualquier manera, me dije con cierta tristeza, el mejor de los casos me otorgaría una visión lejana y aburrida del barco; una crueldad semejante a obsequiarle una postal a quien anhela viajar por el mundo. Tras minutos de caminata, la cúpula enorme del carguero apareció ante mis ojos. Al principio el marrón oxidado de su casco se confundió con las aguas pardas del río, como si en vez de una nave anclada a pocos metros de la costa, se tratase de una ola enorme y sucia que pretendiese la orilla. Pero a medida que me aproximaba al amplio malecón turístico, sus letras blancas y lucidas lo recortaron del paisaje: El Desdémona me mostraba finalmente su inmensidad, sus múltiples tonos de arcoiris ferroso, fraguados unos por el hombre y otros por el paso del tiempo. El espectáculo era enternecedor y lastimero, y desde la barandilla que finalmente sostuvo mi peso, muchos transeúntes lo escudriñaban con binoculares, lo fotografiaban o hablaban de él señalándolo a lo lejos. De todos los que nos hallábamos recostados de la baranda, pensé empapado de sudor, solamente yo veía en el Desdémona algo que me perteneciese. Mientras todos observaban fascinados su aliento de barco fantasma, yo le ofrecía una mirada tierna, de juguete recuperado; un gesto dulce que había visto años atrás en la cara recién nacida de mi único hijo, heredero temprano y atolondrado de mis pocos relatos. Un hijo es un extraño desdoblamiento: un espejo diminuto en el que empezamos a mirar la propia vejez, como un catalejo dirigido hacia las estrellas; y esa es una visión que pocos soportan sin derramar al menos una lágrima por sí mismos, y por sus sueños que ya nunca se cumplirán. En realidad empezamos a morir en cuanto nace nuestro primer descendiente.

La brisa me trajo unas primeras gotitas de lluvia y pensé en volver. Estuve a punto de dar la espalda a la ribera, al barco abandonado y a la aventura sin sentido en que me había metido de cabeza, esta cabeza aburrida de sí misma y aburrida de su propio aburrimiento. Me dispuse a volver a la oficina, a dormitar despierto las reuniones los miércoles por la tarde, a decirme frente al espejo del baño que aún queda tiempo, que no debo pensar en la muerte, a constatar el abismo entre las cosas y yo, a las tibias caricias de mi mujer, a recordar con ironía mis planes de vida a los veinte y a los treinta; pensé en volver, sí, pensé incluso en el viaje de regreso, a sabiendas de que no había ya retorno posible, de que todo regreso es la parte visible de un espiral. Pero en lugar de retroceder, agucé la vista: dos figuras sombrías me distrajeron de mis propios pensamientos. Dos pelícanos, enormes como niños pequeños, parecían hacerme señales con su aleteo marrón desde la cubierta del Desdémona. Casi lucían como parte del barco, gárgolas oxidadas en vida, abanicando el aire con sus alas densas; pero también parecían satisfechos, o esa fue la impresión me dieron en la distancia. Pelícanos: hacía décadas que no veía uno de cerca, ni siquiera suele haberlos por estos lares.

La lluvia cobró densidad en cuanto di el primer paso hacia la playa. Una pequeña escalera de concreto me alejó del barullo de los turistas, conduciéndome poco a poco hacia la arena negruzca del río. Sobre ella abandoné el maletín, y me dejé la chaqueta puesta y los zapatos; cuando sentí el agua chapotear a mi alrededor, cerré los ojos y respiré muy hondo: podía oler al Desdémona a lo lejos, con su invitación abierta a lo desconocido, a lo absurdo. Entonces sentí el primer manotazo de las olas, y su violencia me hizo entender que no había sentido en el viaje sin en el extravío propio de la aventura; así que cogiendo el máximo de aire, di las primeras brazadas en medio del rugido venidero de la tormenta.
En la orilla, sacudiéndose bajo el peso de cuero del maletín, el diario de la competencia me aleteaba una despedida.

Sus páginas advertían la inminente y brutal sudestada.